lunes, noviembre 10, 2008

La escritura

               

LA ESCRITURA

 

Dije que venía a escribir. Pero teclear  en la computadora,  sentarme a poner palabras negras sobre fondo blanco, la escritura en sí, es  el principio del  último 10 por ciento que implica el acto de escribir. Me explico.  Pongo una palabra enfrente de otra, con alguna cordura,  cuándo más o menos sé lo que quiero decir y cómo hacerlo. Para llegar ahí  se requiere    de investigación, lectura,   silencio, reflexión, diálogo, observación, hallazgo, quietud: eso es el 90%  que sostiene cada palabra y le da raíz, lo que hará  armónico y coherente el texto. Eso es, finalmente,  lo que diferencia la palabrería  de la literatura.

    Cuando me iniciaba en el oficio de escritora  escuché una entrevista a Carlos Fuentes donde explicaba que se le dificultaba trabajar en México, que prefería  escribir  en no sé qué otro lugar del mundo. Qué sangrón, pensé.  A  casi 20 años de haber tomado la carrera  entiendo.   Mesas  hay por doquier, cuatro horas para  sentarse a la computadora se roban  tres o cuatro mañanas  a la semana. ¿Pero  dónde, en medio de la vida cotidiana, se encuentra el tiempo y el espacio para  cultivar el 90% que sostendrá la  escritura? No es que no se pueda, pero es mucho más complicado. Y sin embargo es en el contacto con la gente, en la vorágine de todos los días, en la observación de un hecho, en la captura de una frase, donde están las semillas de lo que un día se convertirá en tejido de palabras. 

   Cuando vengo a una residencia artística encuentro las posibilidades para  que exista el 100% del proceso:  leer, estar a solas, reflexionar, dialogar, meditar, observar, investigar, ampliar horizontes y teclear.  Entonces, quiero decir que aunque diga que vengo a escribir, más bien  me dejo escribir por todo lo que hay aquí, abro el espacio para que se inscriba en mí.  Hay días que estoy frente a la máquina, en absoluta hora nalga, como hoy;  y otros en los que leo, conozco nuevos parajes, paseo, veo películas de arte, averiguo el trabajo de otros artistas,  me dejo sentir y llevar por lo que crece adentro.  Si el texto no está listo para salir, lo sigo cultivando; si está a punto enciendo el botón  de la computadora.  

  Las crónicas de viaje son  el digestivo  para la experiencia, una escritura paralela,  de entrenamiento y entretenimiento,  que me lleva al objetivo que me trajo. El texto literario a veces a parece pronto, otras no.

   El teléfono rojo es el pretexto que me trajo.  En la búsqueda de ese cuento encontré otros cuatro  (muy bonitos, dice su mamá muy orgullosa) que no había  imaginado: el trabajo nuevo con  que regreso. Dos de ellos traducidos al inglés con la ayuda de mis colegas escritoras.  También corregí  Letras para sanar el libro que escribí en el verano.  Todo ello producto de lo que amo, lo que me duele, lo que rezo: lo que recibo con las manos abiertas y  con ellas me dispongo a darlo.   Y así con palabras nuevas y otras en el tintero, con ganas de más textos y lecturas, con el corazón lleno del otoño y la maravilla de un pájaro tras la ventana,  cierro este ciclo y con conciencia empiezo otro.  Amén.

 

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