domingo, septiembre 07, 2008

Lo encuentro

LO ENCUENTRO

Lo sentí la mañana del viernes cuando salí en bicicleta  y tomé la ruta hacia la izquierda: el aire frío en la cara, el río  con sus meandros a la derecha; los colores de las hojas del verde al rojo, un conejo gris a media vereda (hoy de bicicleta y patines,  mañana de cross contry), el aire soplando  el amarillo de la foresta.  No es un escritorio o una esquina lo que indagaba, sino algo adentro mío cuando finalmente estoy presente toda yo en un lugar, conmigo, en mí.  Había intentado la biblioteca donde existe la única computadora con internet, en el escritorio de mi cuarto, en la sala de lectura del segundo piso, en una de las bancas del jardín.  En el invernadero no hay  mesa de trabajo y en la parte más alta de la torre  siento frío, pero no era ahí, no era eso lo que realmente estaba buscando, sino un lugar interior.

   Pensaba  en amati y en el scio, la gente, el dinero, mi ausencia, mamá;  en los pagos que debo a Banamex y american express; en el calendario de los próximos cuatro meses, con  más viajes que días en casa; en la dieta y en las tallas; en la salud de la familia y las noticias por venir; en que pronto seré tía; en los premios que no he  recibido y en los que todavía no dan el fallo; en el rechazo de mi ponencia en un congreso;  en si  la ropa que traje será lo suficientemente caliente; en los hábitos de las iguanas, porque suponía que esa sería la mascota de uno de mis personajes; en si la manipulación genética es arte; en… Así, no importa dónde esté físicamente: ningún lugar es bueno. En todos encontraba el ruido de mi cabeza en lugar del silencio del corazón, que es ahí, en ese lugar central y cálido que me toco de vez en vez cuando tecleo,  donde está el  escritorio perfecto.

    Esa mañana que me levanté más tarde por el frío escuché el aire  y percibí  el tono de los humedales.  Estoy aquí, me dije, lo sentí en la garganta. Cuando guardé la bicicleta en la base de la torre vi había un manzano con algunos frutos inmaduros en el suelo. Decidí que la mascota sería una tortuga, como la del estanque de la casa,  y que se llamaría Newton como el hombre que encontró la ley de la gravedad bajo un árbol.  Poco después me di un baño ya sin pelear con la tina de cerámica  blanca y coloqué en mi mesa de trabajo  tres manzanas y una piedra sobre hojas de roble que el camino regaló. Una especie de altar empieza a formarse  junto a la postal de Cezzane que obsequió  la poeta. Entendí  entonces que ése era, es, mi escritorio: el lugar donde he sido puesta para florecer. De inmediato arranqué dos pelos de mi cabeza y bajé a sembrarlos al pie del manzano: quería ofrecerle algo mío en un básico intercambio de lo que esta tierra y sus frutos comienzan a darme.

    Creo que lo encuentro: el silencio necesario: el cuarto ya es mi cuarto, el escritorio ya es mi escritorio. Atrás todavía percibo el murmullo de las cosas que supongo  me dan identidad pero que aquí no sirven de nada, quizá en ningún lugar.  Aquí no soy esa, vengo a ser esta, la que puede poner una palabra tras  otra, con suerte salidas del corazón, y que  poco a poco empieza a aparecer.

 

No hay comentarios.: