miércoles, septiembre 24, 2008

La naturaleza

LA NATURALEZA

Me encantan las grandes ciudades, el teatro, el cine, las exposiciones magníficas de arte. Me gusta más  estar cerca de los árboles, los animales, levantarle la falda al mar; ver lejos: mucho cielo, las curvas naturales de la tierra, al aire pasearse muy campante.

   Desde que iba a aterrizar el avión abrí bien los ojos. Sabía que no estaría en  un lugar cosmopolita: apenas  cuando me aceptaron  en la residencia supe que Minnesota está en la esquina con Canadá, que ahí vive la famosa Clínica Mayo, que una amiga había corrido el maratón de la ciudad, que las  Twin City tienen su encanto. Sabía, y eso era lo que más me daba emoción,  que en este estado nace el Misisipi. En el coche, apenas dejamos el aeropuerto,  fue apareciendo un panorama que no había visto en vivo y en directo: granjas de caballos que pastan libres, una casa gris de una sola planta cerca del granero rojo en alto; después de extensiones amarillas y verdes, delimitadas por cercas blancas, asoma otra granja ahora de vacas o puercos; sembradíos de trigo y mostaza, campos completos de maíz;  árboles caídos en el camino, huella del tornado último,  y más planicie y campos. En la carretera, también son parte del paisaje, se multiplican enchamarrados de cuero  sobre enormes motocicletas Harley.

   El Centro Anderson está a espaldas de uno de los muchos parques del estado,  zonas estrictas con el cuidado  de la naturaleza: animales, humedales, ríos, pastizales. Muchas veces me he preguntado por qué los mexicanos no tenemos ese respeto por la naturaleza. Quizá porque no la vemos transformarse año tras año, supongo mientras me envuelve el crujido del otoño. En mi país las variaciones climáticas, de flora y fauna, son menores. No vemos padecer a los árboles  bajo la nieve, casi muertos, ni su esfuerzo de florecer de nuevo; no atestiguamos los ciclos de metamorfosis vegetales ni animales. Por tanto el mundo está ahí,  casi fijo, más o menos verde, sin gran cambio. Para qué hacerle caso.

   Atrás de la casa pasa la ruta de la  “Valey trail” para bicicletas y patines en esta época  o para cross contry en los meses nevados.  Caminarla  y andarla en bici se ha convertido en peregrinación diaria: miro el cambio del follaje, me maravillo con los animales, avanzo literal y metafóricamente en mi escritura, paso a paso. En las orillas descansan  mesas y bancas para días de campo.  Justo en este mes comienzan las migraciones:  en las tardes veo enjambres de monarcas  a medio jardín en su ruta a México,  o a medio día parvadas de gansos en formación de ve  a donde sólo ellos saben. 

     El letrero a la entrada a la pista anuncia venado, pato, tortugas, serpientes, mapaches, liebres, ranas, águilas y una gran variedad de aves de nombres científicos impronunciables. Una mañana vi dos pájaros del rojo de las hojas;  una tarde un grupo de liebres retomaron  por donde venían --nada más oír la rueda de la bicicleta se escabulleron y vi su redonda cola blanca perderse entre el verde--; otra tarde vi un guajolote salvaje, caminando muy campante  sin saber que se acerca el Día de gracias.  Otro día, cerca del río, el aleteo de dos patos casi me detiene el corazón.  Me detuve por completo la mañana que  topé con dos pequeñísimas tortugas de tierra sobre  el pavimento.  Estuve a punto de alzarlas para llevarlas al otro lado del camino,  pero monté a la bici riéndome de mí misma y mis pretensiones.  ¿Qué me hace creer, a veces,  que sé más que la naturaleza sobre ritmos y equilibrios? Respetar el paso de tortuga de otros, literalmente, implica honrar lo que no somos. 

   La vecina del Centro  tiene cuatro caballos que saca al corral en las mañanas. Me presentó con dos de ellos, María y Ed, ambos excompetidores de carreras que ahora se dedican a otras gracias, y con quienes a veces hablo español:  son los únicos que lo entienden por acá.  En las noches he visto pequeñísimas ranas, grillos, saltamontes. Ardillas rojas y grises brincotean a todas horas y en cada esquina; en el roble fuera de la casa una muy trabajadora  ha apilado ya un centenar de nueces para el invierno. Se ven tan lindas y contentas, aunque Robert ha dicho que en Noviembre tendrán que eliminar a algunas porque cada año deciden hibernar en el ático y a pesar de  trampas siguen lastimando el techo y ya no puede gastar más en reparaciones.  

    Lo que más me gusta es ver los árboles, las plantas, sus hojas. Una madrugada me despertó un golpe seco, asomé a la ventana y   percibí otro sonido igual: eran manzanas que caían del árbol.   Guau. Estoy atenta a los cambios de colores, al tapete que van dejando las hojas sobre el suelo (una camita para la nieve que viene), al aire que los mece.  Ver tanta magnificencia hace dejar de verme a mí y mis pequeñeces, bendito sea Dios, y poner los ojos en el milagro de la naturaleza, en los ciclos, en las enormes extensiones de cielo gris, en el aire frío, y es ahí, de esa manera, donde poco a poco aparecen las revelaciones.

 

No hay comentarios.: