jueves, septiembre 11, 2008

La cena

LA CENA

 

La cena es la única  actividad diseñada para compartir entre artistas. Los otros alimentos, lo que suceda en horas de trabajo, es opcional y libre. La cita es a las 18.30 y se alarga hasta las 20.30, las 21, a lo más.   Nos encontramos en la cocina, alguien ya descorchó una botella de tinto que compramos en comunidad,  otro saca  algo para picar mientras llega el cocinero de nombre Dan, quien ha preparado los alimentos en la cafetería y los lleva a la casa en un portaviandas térmico.  La conversación comienza con nimiedades como los lugares descubiertos en alguna exploración, maneras de preparar  distintos aderezos, algún hallazgo en el trabajo, el nombre de un artista, y de pronto cae en un punto interesante que no podemos soltar.  Entonces  la cena se convierte en el alimento central  no sólo porque es el más vasto sino porque incluye la reflexión en comunidad y cada quien descubre su mundo al otro. 

    Somos cinco artistas, tres mujeres escritoras de distintos géneros  y dos hombres artistas visuales. Entre los cinco cubrimos  décadas de los 30 a los 70 y sin embargo estamos en el mismo tiempo, el favorito, concentrados en crecer nuestros talentos por medio del trabajo.   Ellos cuatro son norteamericanos, han vivido en distintos estados, creado distintas obras, con diferentes historias de raza y fe,  y un  universo común al que soy ajena.

     Una noche,  pintor y escultor hablaron de ejercicios de dibujo propuestos a sus alumnos. El pintor, que aprovecha su año sabático en residencias varias, maestro de figura humana en la universidad,  narró la manera de romper  con el modelo inmóvil  y los alumnos copiando. Cuando creen que dominan  las diferencias entre el cuerpo femenino y el masculino invita a un travesti para que puedan  plasmar  las diferencias sutiles de las formas; otras veces invita boxeadores profesionales, y en medio del sonido del contacto de sus cuerpos los alumnos deben captar el gesto en movimiento. El escultor, que hoy trabaja con fotografía digital, explicó que parte de una  base: el dibujo es la marca  de algo en una superficie, generalmente del carbón sobre el papel. La primera clase los invita a llevar  de tarea algún dibujo hecho sin papel ni tela ni tinta ni carbón ni color. Sólo deben recordar que un dibujo es una marca, un registro. Una alumna llevó una hoja de metal que golpeó sobre un tronco de madera  y dibujó así una serie de líneas que agrupadas daban una imagen armónica; otra alumna dejó un pedazo de unisel sobre la carretera y con el trazo de las llantas y tinta de café que vertió  sobre la superficie logró, también, un ejercicio interesante. Entonces hablamos de lenguajes distintos, de la innovación, si existe, de la experimentación, del trabajo formal, de los artistas visuales que hoy trabajan con nanología, a nivel subatómico (dicen ellos), de artistas quienes manipulan genéticamente seres vivos, de porqué  se les llama hoy artistas y no científicos, de dónde  está la línea, de si es una tomada de pelo y entonces alguien recuerda que Monet fue considerado una payaso.  Las escritoras explicamos de las imágenes que se hacen con palabras, de trabajar sólo con letras, de géneros. Y cuando cada quien habla de su perspectiva y de su labor, probablemente como me sucede, descubrimos la  propia voz siguiendo una reflexión. Nos  damos cuenta de fundamentos y preguntas, pensamos juntos  sobre cosas muy menores y otras que son disparadores. La poeta, la otra noche, explicaba la diferencia entre la sonoridad de las palabras  y de la música, de la tridimensionalidad de la música y la bidemensionalidad  de la literatura, cosas que  no habían pasado por mi cabeza.  El escultor tiene video clips  con el registro del proceso de esculturas monumentales y otra noche nos maravilló con las imágenes.

         Cuánta dicha me provocan estas pláticas y reuniones que  parecen inútiles y ampulosas para otros, pero  que  son las vitaminas  por las que venimos y viajamos a una residencia, estos intercambios en épocas densas de trabajo.  Dejar casa y los amados adquiere más sentido, las incomodidades del nuevo espacio y los ajustes valen la pena.    También discutimos asuntos prácticos como quién recoge los platos o se encarga de cerrar puertas y apagar luces, un viaje a PuebloQuieto en grupo; ni modo de no hablar de política a dos meses de las elecciones;  yo aparto las nueve de la noche para usar el skype, en caso de que haya internet;  las escritoras fantaseamos con hacer un cuento colectivo, acordamos en ir a una clase de yoga,  quedamos en que  un domingo prepare un  desayuno mexicano con tortillas y frijoles que consigue el cocinero: la complicidad femenina finalmente.

   Un par de noches hemos cenado fuera: una de ellas  nos organizaron una ida a una granja en medio de la nada, donde los martes en la noche hacen pizzas,  un fenómeno incluso para los locales que asisten de millas a la redonda a “pizza heaven”. Sirven, como su sombre indica, pizzas al horno de leña mientras los niños corretean a las cabras y las gallinas, las vacas pastan a lo lejos  y las familias tienden un mantel sobre el pasto.

   A pesar de que el desayuno y el lunch fueron  removidos  de las actividades comunes porque algunos somos diurnos y otros noctámbulos, a veces coincidimos durante el día  y de nuevo volvemos a la charla breve antes de perdernos las horas en nuestros estudios. Pero  es al filo de la noche,  la primera semana en la terraza y las siguientes en el interior de la casa, que salimos de nuestra madriguera, asomamos al mundo del otro y  construimos el regalo delicioso de la amistad.

 

No hay comentarios.: