sábado, septiembre 20, 2008

Hacer para otros

HACER PARA OTROS

 

Quedaban sólo 45 minutos, la feria de libro infantil estaba por terminar y yo no había podido integrarme a ninguna actividad lúdica.  Corrí a la mesa más vacía, una pancarta  anunciaba “Libro  túnel”.  Había tarjetas, tijeras, recortes de colores, lápices,  adhesivo,  papeles con texturas (todos  materiales favoritos) y un instructivo de cómo hacer  una especie de  portarretratos  con un acordeón a los lados. Un viaje contraíble y expandible (el túnel)  a través del doblez de una hoja, entre la primera  y la segunda dimensión (el libro).  Puse manos a la obra más pronto que  tarde.

   Elegí  papeles combinables y sin mucho pensar ni mayor exigencia empecé a doblar y pegar. Cuando vi mis dedos presionar para que un recuadro se adhiriera a otro,  me vino a la mente una imagen, en blanco y negro, que he visto en mi álbum de fotos de niña. Ahí estoy, pegando una alita de fieltro anaranjado al cuerpo amarillo de un pato de trapo: preparaba  el regalo del día de las madres en el kínder: un alfiletero que se murió de viejo en el costurero de mamá.    Así me sentí entonces, contenta como en la infancia al hacer manualidades, pero de pronto creció una duda ¿cuándo deje de hacer cosas para otros y empecé a hacerlas para mí?

   De niña, todas las manualidades en la escuela tenían  dos destinatarios: mamá y papá. Dibujábamos para ellos, hacíamos huellas de yeso para sus paredes,  cubiertas de cerillos para sus escritorios.  Incluso, cuando llevaban galletas especiales para el recreo yo me aseguraba de guardar un par en los calzones (no había lugar más seguro) para compartirlas con mamá.  Mis hermanos y yo, cada uno  y durante la misma mañana, hacíamos el desayuno a papá. El pobre se atragantaba ocho huevos fritos, reventados, salados, mal cocidos, en atención a nuestra gana de querer halagarlo. No ubico, por más que trato, de encontrar ese momento en que las cosas empezaron a tener otro destinatario: mimi de yoyo: mi desayuno, dibujos para mi cuarto, mi blusa, tener mis libros, mis discos, mi propio radio. ¿Cuándo fue que la flecha cambió de sentido y en vez de proyectarse hacia afuera se dirigió hacia mí y sin querer empezó a lastimar mi centro? Quizá cuando tuve un reloj de pulsera y me quise adueñar de las horas y empecé a hablara de MI tiempo. Luego, para remachar, aprendí un discurso  fracturado: hacer las cosas por uno mismo y no por otros, encontrar el sentido del trabajo en el origen y no en el receptor. Así viví muchos años, muchos, pensando que estaba en el centro de lo correcto, que era generosa por compartir el conocimiento y  mis cosas (menos mi  saturado tiempo) y sonreír a cualquiera.

         Salí de la casa familiar para casarme con un hombre tan egoísta (él, no yo), para después divorciarme  y aprender a vivir sola en un mundo tan egoísta (él mundo, yo nunca), y toparme con gente de toda  (egoístas ellos porque yo soy perfecta,  de eso nadie tiene duda) y evitar cualquier cosa que fuera mi espejo.  Las temporadas que pasaba con familia,  amigos  y algún novio, yo era  encantadora: daba a cada quien su espacio (porque no podía compartir el mío) y sonreía a cualquiera, tan linda  yo.  Pero entonces esa ilusión se quebró con un golpe duro como son los que rompen los cristales, y me dejó expuesta  a esa versión mía tan distante  como mi primer marido, tan ajena de otros como las injusticias del mundo,  tan incapaz de relacionarme profundamente con el corazón y las necesidades de otros. Guau, esa  no tan bonita también soy yo, me dije mientras escogía los papeles para el libro túnel y decidía qué hacer con la obra.

    Mientras  doblaba las hojas,  me atoraba con las tijeras pequeñas en los dedos, me di cuenta que soy mejor persona  y más constante cuando hago las cosas por y para otros: si me pongo a dieta para verme mejor es más fácil que la rompa a que si la hago por acompañar a alguien en su curación; si escribo un texto para  el uso de un hospital, es  probable que lo termine antes de lo pensado; si escribo un libro para honrar a otros es más factible que encuentre  editor a que si lo hago para recibir  un reconocimiento efímero;  si me despierto para decir buenos días, mi amor, el día es mucho más pleno que cuando lo hago en silencio.

     Recordé mi infancia, el corazón abierto de hace 40 años, y decidí dirigir dos manualidades para  quienes  debo  mi agradecimiento y cariño: mamá y papá, sin cumpleaños cerca ni onomástico; nada más porque venir a la vida siendo su hija es llegar con la mitad del camino hecho y ganado.

   Y así, a media tarde de un sábado en las orillas de PuebloQuieto, sin esperarlo, ya con la gente mirándome para levantar la mesa y yo con  lágrima viva, supe desde el centro de mi cuerpo, que es que mejor hacer para otros que para uno, más amplio. Lo difícil, el reto que sigue para siempre, es aplicarlo.

 

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