miércoles, septiembre 03, 2008

Estoy aquí

Estoy aquí.

Estoy aquí, a dos aviones,  dos aeropuertos y una carretera de distancia; exactamente a dos pestañazos  que duraron los  vuelos,  ocho horas de viaje desde que salí de casa  y llegué al Anderson Center. Estoy aquí, en la habitación número cinco, en la esquina del segundo piso de la casa que alguna vez habitaron los Anderson, la ventana junto a mi cama individual da a la torre de agua (el emblema del lugar); por la ventana frente al escritorio, donde ahora escribo, entran el jardín, la lluvia y la luz de los estudios para pintores. Estoy aquí  aunque anoche me instalaron en la habitación dos, pero como la poeta norteamericana tiene una discapacidad muscular le va mejor aquel cuarto porque tiene baño privado, está juntito a la escalera, e  hicimos cambio. Ahí, en el cuarto más bonito de la casa, pasé la primera noche y un susto enorme: mi computadora se trabó y  a pesar de que intenté botones varios  sólo decía Windows no responde.  Justo después de que me cambié de cuarto, ayudé a la chava con sus cosas, moví  tierra para que viniera un técnico y dije Que sea lo que Dios diga, la computadora ( Shiva se llama ella por aquello de su marca) operó un milagro  y abrió todos los sistemas.  Y digo que es un milagro porque anoche hice todo lo posible para destrabarla, era tal mi desesperación que  hasta pensé en comprar otra para llevar a cabo el cometido de este viaje ya que no sé escribir  a mano, en libreta, algo más que no sean notas.  Pero cuando me cambié de cuarto sin chistar, feliz de hacer un servicio por alguien, sin querer activé esa ley que dice “Tú ve por otros que Dios verá por ti”  y de pronto, nada más picando un botón ya repetido,  pude empezar a escribir esta nota, la primera de esta travesía. El problema siguiente era  qué  decirle al técnico cuando viniera de PuebloQuieto, a quien llamé de manera extra urgente,  a  la punta más lejana  de PuebloQuieto, donde estoy.  Y con mi carita de No me lo va usted a creer, conté la historia y el posible culpable de todo: la nueva cámara que instalé el día antes de partir y desinstalé cuando empezaron los problemas. El joven, muy amable, revisó mi compu, volvió  a instalar a la supuesta culpable y ya todo quedó bien. Además no me  cobró.

     Ayer me recibió en el aeropuerto  Kim, un hombre enorme  con una pierna de prótesis, que hace las veces de chofer  y que habló todo, literalmente, todo el camino.  Ya en el centro Robert, el encargado de la fundación,  estrechó su mano;  es nieto del mismísimo Alexander Anderson,  inventor del arroz inflado, que dejó tanta lana y gente comprometida con las artes que hoy duermo en lo que fue su casa.  Ayer, también, conocí a mis compañeros de residencia, cada uno merece un capítulo aparte,  (seguramente pensaron lo mismo de mí cuando me vieron inflar la pelota de pilates con la que viajo, uso de asiento, y que no pude cerrar  porque olvidé el tapón sobre el escritorio de casa  --si a las mensas también dan residencias--). Somos cinco en total y estaremos  bajo el mismo techo todo septiembre. Luego fue el desaguisado de la compu, luego la noche inquieta, la mañana con un paseo en bicicleta previa oración y demás rezos, el desayuno a solas, repartí un par de regalos y un juego de libros para la biblioteca, después  el milagro. 

 Estoy aquí, entonces,  ya escribiendo, en un lugar sin internet inalámbrico porque en el edificio de junto hay una escuela y  lo tienen prohibido para que los estudiantes no  la pasen navegando. Sólo hay una computadora con internet disponible pero no funciona porque hace unos días hubo un tornado, el último de la temporada – esperan--  y se cayó el sistema.  Yo que me quejaba de India, donde al menos había sirvientes que hicieran el cuarto diario.  Aquí limpian la casa  una vez por semana y sirven una comida al día entre semana. Lo demás ellos proveen y uno se prepara, Como en casa, dijeron. ¿Para qué recordarles que en México hay servicio y que Doña Lola, la señora que me ayuda, es una maravilla?   Así que aunque la Shiva traiga  guaierles (wireless),  tenga cargado skype, messanger, y e-mail, sólo podré conectarme conmigo (dije que a eso venía ¿no?) y a veces con el mundo que dejé cuando vaya a PuebloQuieto a un par de cafeterías donde hay conexión libre o cuando arreglen el sistema. Para ir a Redwing, el verdadero nombre de PuebloQuieto,   puedo tomar un camión, pedir un taxi, o ir en bicicleta a 35 minutos de distancia.  Cuando reciban este correo ya les contaré cómo es que llegué a enviarlo.

    Decía entonces que estoy aquí, en mi mismo cuerpo, dentro de la misma piel, sólo cambia el contexto,  a unos metros de donde nace el legendario río Misisipi –no cosa menor--, y a pesar de eso la hora es la misma que en casa, donde están mis amados, donde hablo mi idioma y  está la raíz de esta que soy. Pienso en el naranjo que por primera vez da fruto en la maceta de mi departamento, en el hombre que amo, en mi familia, especialmente en mi hermano  y cómo gran parte del aire que entra tranquilo por mis pulmones depende de su aire, evoco el perro que ya no tengo, a mis amigas adoradas, y así con todo eso, con todos ellos, apenas llego, apenas empiezo a estar aquí.

  

 

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