jueves, septiembre 04, 2008

Donde has sido sembrado

Donde has sido sembrado

Llegué el lunes a media tarde,  ahora  casi es la noche del jueves. Han pasado tres días, poco en términos de horas, pero es 10% del tiempo de residencia y todavía no encuentro mi lugar para escribir los cuentos que vine a hacer. Las crónicas de viaje son una escritura más epidérmica, una impresión más que un proceso, un vistazo más que una digestión.  Puedo contar, por ejemplo,  que el Centro Anderson es mucho más que la casa  que generosamente me hospeda  durante un mes para trabajar. Empezaré por describir  el corazón de la propiedad.

    A orillas de la carretera --hoy la 61, antes una avenida de tierra--  se abre una barda a media altura. Un camino angosto, entre árboles y pasto, dirige a la puerta de la casa  de ladrillo rojo con su porche de columnas de cemento: cuadrada, de dos pisos, con el techo de cuatro aguas anaranjado por las tejas, ventanas blancas que se accionan hacia arriba, un tiro de chimenea, parece una construcción  normal de estilo georgiano (acabo de leer que así se llama, ajá, muy parecido al de las casas de los sustos que hemos visto en parques de diversiones y películas), de principios del siglo pasado; 1916 para ser exactos.  Tiene cuatro puertas de entrada: la principal que da a la sala de donde arrancan las escaleras de madera que crujen a cada paso; la trasera que mira al invernadero; la de la cocina que abre a la terraza donde comemos; y otra lateral.  No sólo es una casa  con su encanto  por la edad, los objetos y su historia,  sino que tiene en tercera dimensión palabras que sólo conocía en el diccionario.  Ahora, por ejemplo, estoy en el ático.  Por fuera, el ático (sólo escribir la palabra me da emoción) parece el techo: por dentro una escalera lateral sube a una habitación casi del tamaño de la planta donde hay unas ventanas monísimas y desde una de  ellas recibo el viento de la tarde. Esta casa también tiene sótano, no se ve desde el exterior,  pero otra escalera lateral baja a una extensión donde viven las lavadoras de ropa y que funciona como refugio en caso de tornado. Lo particular de este sótano es que está conectado a  cuatro  túneles que llevan a otros sitios de la propiedad: el invernadero, la torre de agua, el laboratorio y el granero. Durante los días de nieve y frío, que son muchos, no es necesario salir a la inclemencia del tiempo para ir a  otros lugares.   La torre,  74 escalones son precisos  para llegar al mirador,  es  centinela desde donde puede verse los enormes pastizales a la redonda. Fue, en su tiempo, el tinaco que alimentaba no sólo la casa sino el laboratorio, además del emblema que da nombre a la calle: Tower view drive.  El invernadero (¿podré escribir ahí?), el sitio que más me gusta,  tiene  entrada de cemento pero  todo lo demás es  estructura de vidrio y metal. Todavía funcionan los calentadores y humidificadores de antaño y no sólo crecen ciertas especies de plantas sino que  peces y tortugas de la fuente exterior pasan el invierno dentro. Cuando vivían los Anderson, proveía el 90%  de los vegetales que consumían en invierno. El laboratorio, al que no puedo entrar porque lo ocupan ciertas oficinas, es la construcción perpendicular a la casa que data de la misma época y estilo;  fue la oficina del inventor Alexander P. Anderson, piedra angular de la cultura local,  donde  descubrió la manera de inflar los granos de arroz y trigo (entre  otros 15 000 mil experimentos registrados con su mano), lo que da origen a los famosos ricecrispies y otros cereales, cuya fórmula  Quaker  compró. Parece que ese lugar fértil para la inteligencia  cobijó a  algunos de los científicos que trabajaron, en su momento,  en  el Proyecto Manhattan, aquel de donde surgió la bomba atómica en Nuevo Laredo.

    En la parte superior de la casa hay cinco recámaras, tres baños completos, una biblioteca. El piso es de madera, hay tapetes de todos los tamaños  y estilos cada tres pasos.  La planta baja cuenta con otra recámara,  cuarto con baño, comedor,  sala con chimenea, cocina enorme con alacena,  mini biblioteca que fue  cuarto de planchado, y más pasillos y closets. En cada esquina y baño hay un calentador de esos antiguos, como acordeones de metal,  que hasta se ven bonitos por el trabajo de herrería.  Los baños son de mosaico blanco, pequeño, hexagonal, y sólo dos tienen regadera.  La tina era lo que predominaba entonces y hoy usamos teléfono y jícara para ducharnos.

       La casa, que ya fue vendida, abandonada, recuperada, restaurada, conserva algunos muebles originales y en casi todas sus paredes sostiene fotos de la familia.  A.P. Anderson, así le dicen, de origen sueco, fue granjero hasta los 29 años, luego entró a la universidad a estudiar botánica y después se convirtió en el inventor Anderson.  En las fotos se ve guapo,  certero, necio,  grandote. Casó con una mujer de nombre Lydia,  de caballera libre para la época,  tuvieron cinco hijos, uno de los cuales murió en el camino. El día que nacieron  cada uno de sus hijos sembraron un árbol alrededor de la propiedad. Así que Robert, nieto de  Lydia y Alexander,  poeta y funcionario quien está al cargo de la fundación, puede ver la energía de su madre  ya muerta en el roble de la esquina.   A.P. Anderson también es autor de un libro titulado El octavo lector,  que reúne poesía y prosa que el inventor se dio tiempo  de escribir en sus ratos de ocio. El volumen está dedicado a Lydia, quien en alguna foto lo mira con un gesto tan dulce.   Las fotos de la propiedad  con nieve y en verano son imágenes completamente distintas de una estación a otra: lo que es verde y rojo se convierte en una planicie blanca con un puntito rojo.

     El centro Anderson consta de 330 acres, que no sé cuánto es eso en español,   está inscrito  en los anales de los registros  norteamericanos como lugar histórico, e incluye sembradíos, bosque, escuela y galería (éstos son edificios nuevos), parque de esculturas, estudios en renta, imprenta artesanal, centro de educación ambiental,  las oficinas, la torre, el invernadero, el laboratorio, los graneros,  el cuarto de hielo (ahí lo guardaban para servir a la nevera los días de calor), y por supuesto la casa que es residencia seis meses del año. Los otros seis meses se renta a particulares y ayuda con los gastos de la fundación.

    Desde 1995 que  la familia recuperó la propiedad  y se transformó en el Anderson center, también se convirtió en el  corazón cultural de Red wing, Minnesota, un lugar hoy  alejado de Dios,  antes famoso por estar cerca del yacimiento del río Missisipi y  que a principios del siglo pasado fue el puerto más importante de  exportación de trigo y arroz. 

   Así que en esta tierra estoy, donde los tornados suenan las sirenas de alarma durante el verano,  donde la inteligencia de un hombre determinó la forma de desayunar de gran parte de la población mundial, y donde su nieto poeta, un tipo ojiazul, de unos 60 años, honra y enaltece a su familia con mantener la tradición y las artes.  Y aquí, en medio del silencio y el otoño que empieza a sentirse, todavía no encuentro  ese sitio  perfecto donde escribir, danzo con la Shiva para arriba y para abajo.  Recuerdo un separador de libros que hace poco regalé a una amiga, decía “Donde has sido sembrado es donde has de florecer”,  así que eso espero, eso quiero, no sólo en la escritura sino en las áreas de mi existencia  que cuestan trabajo, con la gente que a veces me dificulta el día, en cada lugar y momento donde la vida me ponga para agradecerle la generosidad de darme aliento y energía.

 

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