martes, septiembre 30, 2008

La escritura

               

LA ESCRITURA

 

Dije que venía a escribir. Pero teclear  en la computadora,  sentarme a poner palabras negras sobre fondo blanco, la escritura en sí, es  el principio del  último 10 por ciento que implica el acto de escribir. Me explico.  Pongo una palabra enfrente de otra, con alguna cordura,  cuándo más o menos sé lo que quiero decir y cómo hacerlo. Para llegar ahí  se requiere    de investigación, lectura,   silencio, reflexión, diálogo, observación, hallazgo, quietud: eso es el 90%  que sostiene cada palabra y le da raíz, lo que hará  armónico y coherente el texto. Eso es, finalmente,  lo que diferencia la palabrería  de la literatura.

    Cuando me iniciaba en el oficio de escritora  escuché una entrevista a Carlos Fuentes donde explicaba que se le dificultaba trabajar en México, que prefería  escribir  en no sé qué otro lugar del mundo. Qué sangrón, pensé.  A  casi 20 años de haber tomado la carrera  entiendo.   Mesas  hay por doquier, cuatro horas para  sentarse a la computadora se roban  tres o cuatro mañanas  a la semana. ¿Pero  dónde, en medio de la vida cotidiana, se encuentra el tiempo y el espacio para  cultivar el 90% que sostendrá la  escritura? No es que no se pueda, pero es mucho más complicado. Y sin embargo es en el contacto con la gente, en la vorágine de todos los días, en la observación de un hecho, en la captura de una frase, donde están las semillas de lo que un día se convertirá en tejido de palabras. 

   Cuando vengo a una residencia artística encuentro las posibilidades para  que exista el 100% del proceso:  leer, estar a solas, reflexionar, dialogar, meditar, observar, investigar, ampliar horizontes y teclear.  Entonces, quiero decir que aunque diga que vengo a escribir, más bien  me dejo escribir por todo lo que hay aquí, abro el espacio para que se inscriba en mí.  Hay días que estoy frente a la máquina, en absoluta hora nalga, como hoy;  y otros en los que leo, conozco nuevos parajes, paseo, veo películas de arte, averiguo el trabajo de otros artistas,  me dejo sentir y llevar por lo que crece adentro.  Si el texto no está listo para salir, lo sigo cultivando; si está a punto enciendo el botón  de la computadora.  

  Las crónicas de viaje son  el digestivo  para la experiencia, una escritura paralela,  de entrenamiento y entretenimiento,  que me lleva al objetivo que me trajo. El texto literario a veces a parece pronto, otras no.

   El teléfono rojo es el pretexto que me trajo.  En la búsqueda de ese cuento encontré otros cuatro  (muy bonitos, dice su mamá muy orgullosa) que no había  imaginado: el trabajo nuevo con  que regreso. Dos de ellos traducidos al inglés con la ayuda de mis colegas escritoras.  También corregí  Letras para sanar el libro que escribí en el verano.  Todo ello producto de lo que amo, lo que me duele, lo que rezo: lo que recibo con las manos abiertas y  con ellas me dispongo a darlo.   Y así con palabras nuevas y otras en el tintero, con ganas de más textos y lecturas, con el corazón lleno del otoño y la maravilla de un pájaro tras la ventana,  cierro este ciclo y con conciencia empiezo otro.  Amén.

 

sábado, septiembre 27, 2008

Últimos días

                ULTIMOS DIAS

 

Estoy a unos días de finalizar esta residencia: agradecida, conmovida, queriendo exprimirme el último cuento del cerebro,  también con calma. Saco la maleta  para poco a poco guardar lo mío: dejé varios paquetes de libros, me llevo otros. Qué cosa esta de viajar con tanto escrito ahora que las aerolíneas cobran cada kilo  extra como si fueran dietistas estrictos.

  A estas alturas del partido un par de días PuebloQuieto se ha convertido, milagrosamente, en pueblo bonito; me gustaría arreglar un granero y hacer de él un lugar para vivir: abajo la casa y arriba el estudio; las actividades culturales de PuebloQuieto me parecen bastas y fascinantes (no tanto); y estar lejos de los amados gracias al skype y al mail se me ha hecho menos pesado.  Así que aunque ya le agarré el modo a bañarme diario en tina, estuve a punto de compararme un patito,  medio tolero el sabor del agua del Misisipi cuando me lavo la boca (para beber compro de manantial, ni modo),  y mis compañeros de residencia son mis   amigos, estoy casi  lista para regresar  aunque signifique no escribir en meses y entrar a la vorágine de los cursos,  los viajes y el trabajo. Quiero una cena de amigas y risas hasta la madrugada, una comida con la familia toda junta, un día y una noche seguidos bajo el brazo de mi amado, tocar la panza  de mi amiga y  saludar al  bebé que viene.  Ya ansiaré de nuevo  volver  a los días de encierro donde sólo hay silencio y Dioses que me dictan las palabras. 

  Mientras esto sucede me animo y veo  si hay otro cuento, alguno, que quiera ser escrito por mis manos y las abro.

 

Últimos días

                ULTIMOS DIAS

 

Estoy a unos días de finalizar esta residencia: agradecida, conmovida, queriendo exprimirme el último cuento del cerebro,  también con calma. Saco la maleta  para poco a poco guardar lo mío: dejé varios paquetes de libros, me llevo otros. Qué cosa esta de viajar con tanto escrito ahora que las aerolíneas cobran cada kilo  extra como si fueran dietistas estrictos.

  A estas alturas del partido un par de días PuebloQuieto se ha convertido, milagrosamente, en pueblo bonito; me gustaría arreglar un granero y hacer de él un lugar para vivir: abajo la casa y arriba el estudio; las actividades culturales de PuebloQuieto me parecen bastas y fascinantes (no tanto); y estar lejos de los amados gracias al skype y al mail se me ha hecho menos pesado.  Así que aunque ya le agarré el modo a bañarme diario en tina, estuve a punto de compararme un patito,  medio tolero el sabor del agua del Misisipi cuando me lavo la boca (para beber compro de manantial, ni modo),  y mis compañeros de residencia son mis   amigos, estoy casi  lista para regresar  aunque signifique no escribir en meses y entrar a la vorágine de los cursos,  los viajes y el trabajo. Quiero una cena de amigas y risas hasta la madrugada, una comida con la familia toda junta, un día y una noche seguidos bajo el brazo de mi amado, tocar la panza  de mi amiga y el bebé que viene.  Ya ansiaré de nuevo  volver  a los días de encierro donde sólo hay silencio y Dioses que me dictan las palabras. 

 

miércoles, septiembre 24, 2008

La naturaleza

LA NATURALEZA

Me encantan las grandes ciudades, el teatro, el cine, las exposiciones magníficas de arte. Me gusta más  estar cerca de los árboles, los animales, levantarle la falda al mar; ver lejos: mucho cielo, las curvas naturales de la tierra, al aire pasearse muy campante.

   Desde que iba a aterrizar el avión abrí bien los ojos. Sabía que no estaría en  un lugar cosmopolita: apenas  cuando me aceptaron  en la residencia supe que Minnesota está en la esquina con Canadá, que ahí vive la famosa Clínica Mayo, que una amiga había corrido el maratón de la ciudad, que las  Twin City tienen su encanto. Sabía, y eso era lo que más me daba emoción,  que en este estado nace el Misisipi. En el coche, apenas dejamos el aeropuerto,  fue apareciendo un panorama que no había visto en vivo y en directo: granjas de caballos que pastan libres, una casa gris de una sola planta cerca del granero rojo en alto; después de extensiones amarillas y verdes, delimitadas por cercas blancas, asoma otra granja ahora de vacas o puercos; sembradíos de trigo y mostaza, campos completos de maíz;  árboles caídos en el camino, huella del tornado último,  y más planicie y campos. En la carretera, también son parte del paisaje, se multiplican enchamarrados de cuero  sobre enormes motocicletas Harley.

   El Centro Anderson está a espaldas de uno de los muchos parques del estado,  zonas estrictas con el cuidado  de la naturaleza: animales, humedales, ríos, pastizales. Muchas veces me he preguntado por qué los mexicanos no tenemos ese respeto por la naturaleza. Quizá porque no la vemos transformarse año tras año, supongo mientras me envuelve el crujido del otoño. En mi país las variaciones climáticas, de flora y fauna, son menores. No vemos padecer a los árboles  bajo la nieve, casi muertos, ni su esfuerzo de florecer de nuevo; no atestiguamos los ciclos de metamorfosis vegetales ni animales. Por tanto el mundo está ahí,  casi fijo, más o menos verde, sin gran cambio. Para qué hacerle caso.

   Atrás de la casa pasa la ruta de la  “Valey trail” para bicicletas y patines en esta época  o para cross contry en los meses nevados.  Caminarla  y andarla en bici se ha convertido en peregrinación diaria: miro el cambio del follaje, me maravillo con los animales, avanzo literal y metafóricamente en mi escritura, paso a paso. En las orillas descansan  mesas y bancas para días de campo.  Justo en este mes comienzan las migraciones:  en las tardes veo enjambres de monarcas  a medio jardín en su ruta a México,  o a medio día parvadas de gansos en formación de ve  a donde sólo ellos saben. 

     El letrero a la entrada a la pista anuncia venado, pato, tortugas, serpientes, mapaches, liebres, ranas, águilas y una gran variedad de aves de nombres científicos impronunciables. Una mañana vi dos pájaros del rojo de las hojas;  una tarde un grupo de liebres retomaron  por donde venían --nada más oír la rueda de la bicicleta se escabulleron y vi su redonda cola blanca perderse entre el verde--; otra tarde vi un guajolote salvaje, caminando muy campante  sin saber que se acerca el Día de gracias.  Otro día, cerca del río, el aleteo de dos patos casi me detiene el corazón.  Me detuve por completo la mañana que  topé con dos pequeñísimas tortugas de tierra sobre  el pavimento.  Estuve a punto de alzarlas para llevarlas al otro lado del camino,  pero monté a la bici riéndome de mí misma y mis pretensiones.  ¿Qué me hace creer, a veces,  que sé más que la naturaleza sobre ritmos y equilibrios? Respetar el paso de tortuga de otros, literalmente, implica honrar lo que no somos. 

   La vecina del Centro  tiene cuatro caballos que saca al corral en las mañanas. Me presentó con dos de ellos, María y Ed, ambos excompetidores de carreras que ahora se dedican a otras gracias, y con quienes a veces hablo español:  son los únicos que lo entienden por acá.  En las noches he visto pequeñísimas ranas, grillos, saltamontes. Ardillas rojas y grises brincotean a todas horas y en cada esquina; en el roble fuera de la casa una muy trabajadora  ha apilado ya un centenar de nueces para el invierno. Se ven tan lindas y contentas, aunque Robert ha dicho que en Noviembre tendrán que eliminar a algunas porque cada año deciden hibernar en el ático y a pesar de  trampas siguen lastimando el techo y ya no puede gastar más en reparaciones.  

    Lo que más me gusta es ver los árboles, las plantas, sus hojas. Una madrugada me despertó un golpe seco, asomé a la ventana y   percibí otro sonido igual: eran manzanas que caían del árbol.   Guau. Estoy atenta a los cambios de colores, al tapete que van dejando las hojas sobre el suelo (una camita para la nieve que viene), al aire que los mece.  Ver tanta magnificencia hace dejar de verme a mí y mis pequeñeces, bendito sea Dios, y poner los ojos en el milagro de la naturaleza, en los ciclos, en las enormes extensiones de cielo gris, en el aire frío, y es ahí, de esa manera, donde poco a poco aparecen las revelaciones.

 

sábado, septiembre 20, 2008

Hacer para otros

HACER PARA OTROS

 

Quedaban sólo 45 minutos, la feria de libro infantil estaba por terminar y yo no había podido integrarme a ninguna actividad lúdica.  Corrí a la mesa más vacía, una pancarta  anunciaba “Libro  túnel”.  Había tarjetas, tijeras, recortes de colores, lápices,  adhesivo,  papeles con texturas (todos  materiales favoritos) y un instructivo de cómo hacer  una especie de  portarretratos  con un acordeón a los lados. Un viaje contraíble y expandible (el túnel)  a través del doblez de una hoja, entre la primera  y la segunda dimensión (el libro).  Puse manos a la obra más pronto que  tarde.

   Elegí  papeles combinables y sin mucho pensar ni mayor exigencia empecé a doblar y pegar. Cuando vi mis dedos presionar para que un recuadro se adhiriera a otro,  me vino a la mente una imagen, en blanco y negro, que he visto en mi álbum de fotos de niña. Ahí estoy, pegando una alita de fieltro anaranjado al cuerpo amarillo de un pato de trapo: preparaba  el regalo del día de las madres en el kínder: un alfiletero que se murió de viejo en el costurero de mamá.    Así me sentí entonces, contenta como en la infancia al hacer manualidades, pero de pronto creció una duda ¿cuándo deje de hacer cosas para otros y empecé a hacerlas para mí?

   De niña, todas las manualidades en la escuela tenían  dos destinatarios: mamá y papá. Dibujábamos para ellos, hacíamos huellas de yeso para sus paredes,  cubiertas de cerillos para sus escritorios.  Incluso, cuando llevaban galletas especiales para el recreo yo me aseguraba de guardar un par en los calzones (no había lugar más seguro) para compartirlas con mamá.  Mis hermanos y yo, cada uno  y durante la misma mañana, hacíamos el desayuno a papá. El pobre se atragantaba ocho huevos fritos, reventados, salados, mal cocidos, en atención a nuestra gana de querer halagarlo. No ubico, por más que trato, de encontrar ese momento en que las cosas empezaron a tener otro destinatario: mimi de yoyo: mi desayuno, dibujos para mi cuarto, mi blusa, tener mis libros, mis discos, mi propio radio. ¿Cuándo fue que la flecha cambió de sentido y en vez de proyectarse hacia afuera se dirigió hacia mí y sin querer empezó a lastimar mi centro? Quizá cuando tuve un reloj de pulsera y me quise adueñar de las horas y empecé a hablara de MI tiempo. Luego, para remachar, aprendí un discurso  fracturado: hacer las cosas por uno mismo y no por otros, encontrar el sentido del trabajo en el origen y no en el receptor. Así viví muchos años, muchos, pensando que estaba en el centro de lo correcto, que era generosa por compartir el conocimiento y  mis cosas (menos mi  saturado tiempo) y sonreír a cualquiera.

         Salí de la casa familiar para casarme con un hombre tan egoísta (él, no yo), para después divorciarme  y aprender a vivir sola en un mundo tan egoísta (él mundo, yo nunca), y toparme con gente de toda  (egoístas ellos porque yo soy perfecta,  de eso nadie tiene duda) y evitar cualquier cosa que fuera mi espejo.  Las temporadas que pasaba con familia,  amigos  y algún novio, yo era  encantadora: daba a cada quien su espacio (porque no podía compartir el mío) y sonreía a cualquiera, tan linda  yo.  Pero entonces esa ilusión se quebró con un golpe duro como son los que rompen los cristales, y me dejó expuesta  a esa versión mía tan distante  como mi primer marido, tan ajena de otros como las injusticias del mundo,  tan incapaz de relacionarme profundamente con el corazón y las necesidades de otros. Guau, esa  no tan bonita también soy yo, me dije mientras escogía los papeles para el libro túnel y decidía qué hacer con la obra.

    Mientras  doblaba las hojas,  me atoraba con las tijeras pequeñas en los dedos, me di cuenta que soy mejor persona  y más constante cuando hago las cosas por y para otros: si me pongo a dieta para verme mejor es más fácil que la rompa a que si la hago por acompañar a alguien en su curación; si escribo un texto para  el uso de un hospital, es  probable que lo termine antes de lo pensado; si escribo un libro para honrar a otros es más factible que encuentre  editor a que si lo hago para recibir  un reconocimiento efímero;  si me despierto para decir buenos días, mi amor, el día es mucho más pleno que cuando lo hago en silencio.

     Recordé mi infancia, el corazón abierto de hace 40 años, y decidí dirigir dos manualidades para  quienes  debo  mi agradecimiento y cariño: mamá y papá, sin cumpleaños cerca ni onomástico; nada más porque venir a la vida siendo su hija es llegar con la mitad del camino hecho y ganado.

   Y así, a media tarde de un sábado en las orillas de PuebloQuieto, sin esperarlo, ya con la gente mirándome para levantar la mesa y yo con  lágrima viva, supe desde el centro de mi cuerpo, que es que mejor hacer para otros que para uno, más amplio. Lo difícil, el reto que sigue para siempre, es aplicarlo.

 

jueves, septiembre 18, 2008

Gracias a Dios

GRACIAS A JESÚS, BUDA, VISNHU, LA MADRE TIERRA, EL PATRIARCA ABRAHAM  Y EL GODSPELL

 

¿Cómo viajar para dejar el mundo  cotidiano del caos sin salirme de mí? ¿Cómo hacer para estar fuera de México y no perderme en lo interesante de los parajes ajenos, el turismo y la gente nueva? ¿Cómo nutrirme del exterior  para llegar adentro?

   La razón de cualquier viaje mío, con pretexto de trabajo  o placer,  es descubrir algo interno que sólo afuera  puedo encontrar: descanso, lucidez mental,  aislamiento,  alianzas, revelaciones.  Hay que salir, sí, pero para llegar. Y la única manera de no perderme en nuevos horizontes y a la vez alimentarme de ellos,  de mantener el centro, es a través de la oración como contemplación y rezo. Así que viajo con un libro de oraciones diarias llamado Conectarse con Dios, que  reviso todas las mañanas, después del ángel de la guarda, invocar la luz del Cristo interno y dar gracias por un día perfecto; eso sin salir de cama. Ya afuera lavo  manos y  cara para quitarme la negatividad del sueño,  me raspo la lengua  y  lavo  la boca pidiendo alejar las palabras malvadas de ella.  Esa es la base  del día  que aunque suena larga se hace en  menos tiempo de lo que dura el baño y el arreglo,  que incluye usar de pulsera  un rosario budista.

    De ahí en adelante hay que ver cómo pinta el clima y la cultura. Si es posible , y Vishnu lo permite, voy a la clase de yoga más cercana, que es para mí una  manera de rezar  con el  cuerpo. En medio de las posturas más torcidas la claridad acierta ruta y emerge un entendimiento, una idea, una sensación de paz, que no visualiza de ninguna otra manera. Si alguna iglesia tiene las puertas abiertas entro a encender una vela por los que no están y a saludar a Jesús, la primera forma divina que conocí.  Si es una estadía larga, en mi habitación construyo un altar de cuatro elementos: agua, aire, fuego y tierra, con materiales locales para honrar la  madre tierra; lo anterior  generalmente  incluye  usar una banda que regaló un chamán, que uso para escribir, y el péndulo.  En los últimos meses he incorporado a la maleta un tomo del Zohar, el libro  cabalista para romper la reactividad y conectarse con la luz, que en cualquier momento del día escaneo  para  que mi alma respire ese alimento.  Todo esto que suena enloquecido y vario lo que hace es darme centro, ponerle intención y presencia a mis actividades: recuerdo a lo que vine y para qué, entonces estar fuera empieza a ser  la vereda para caminar hacia  adentro. Si a eso se le suma  estar en la naturaleza al experiencia es fantástica.

  Como estoy en tierra protestante y este grupo no ha  hecho más que dividirse en no sé cuántas sectas: cuáqueros, adventistas,  calvarios , cristianos y otros grupos innombrables  (siete iglesias distintas en la misma cuadra de PuebloQuieto) no sabía a cuál entrar. La solución la dio mi compañera de residencia, Sandra, que es negra, e iba a ir  a honrar a Dios durante un concierto.  Muy vestidas un domingo en la tarde  nos paramos  en un templo multi credo al que llegó la familia de un tal Pastor McSwain. Su esposa, madre de 13 hijos, con una cantidad enorme de nietos, bisnietos y tataranietos, era la maestra de ceremonia.   Presentó  a su familia en modalidades de coro, duos, solos, y otras combinaciones posibles. Entre todos,  con la voz viva y el ritmo encendido,  nos dimos a la tarea de alabar  a Dios. Ahí estaba yo, aplaude y aplaude, baile y baile, cantando aleluyas y salmos, gritando Amén.    Cuánta dicha  la oración festiva, las voces privilegiadas, el ritmo;  cuánto gozo saber que en todos esos momentos de alegría, no importa la  forma, se encuentra Dios: la fuente de todas las cosas que existen.  De vuelta a casa aprecié mejor la tonalidad del otoño, la sonrisa de un compañero, la cena que el escultor preparó, y un ritual pagano al que nos animamos  para atraer dinero. Cuánta magnificencia, me dije, y esa noche me fui a dormir dando  gracias a Jesús, Buda, Visnhu, la Madre Tierra, el Patriarca Abraham  y el Godspell, en medio del sonido de las hojas que empiezan a caer.

 

¿No le gusta el país en el que vive?

Nos invito a todos a la reflexión.

Cariño desde Minnesota

Edmée

 

 


 

 

¿No le gusta el país

en el que vive?

¡¡Cámbielo usted mismo!!

Y si no participa....

¡NO SE QUEJE!!

 

¿Encuentra absurdo el robo de camiones de carga, a veces hasta con asesinatos de los camioneros?

Solución: Exija la factura en todas sus compras.

   

¿Usted encuentra absurdo el desorden causado por los vendedores ambulantes?

Solución: Nunca compre nada a ellos. La mayor parte de sus mercaderías son productos robados, falsificados o contrabandeados.

    

¿Usted encuentra absurdo el enriquecimiento ilícito?

Solución: No lo admire, ni lo practique; repúdielo y no de mordidas ni pequeñas ni grandes.

 

¿Usted encuentra absurda la cantidad de mendigos en los semáforos y/o en las calles, y/o en cada esquina?

Solución: Nunca les dé NADA. Canalice su ayuda solidaria directamente a las instituciones de su confianza. (PERO, SI NO CUMPLE CON LO SEGUNDO, NO SE SIENTA BIEN HACIENDO LO PRIMERO, NO SIRVE PARA JUSTIFICARSE, SEA HONESTO CONSIGO MISMO)

 

¿Usted encuentra absurdo que las lluvias inunden la ciudad?

Solución: Solamente tire papelitos y basura, EN LOS CANASTOS DE BASURA, barra su banqueta y si construye, no eche la basura en las coladeras...

 

¿Usted encuentra absurdo que haya revendedores de entradas para espectáculos?

Solución: No les compre, aunque eso signifique perderse el evento. Mejor trate de comprar con oportunidad.

 

¿Usted encuentra absurdo el tránsito en su ciudad?

Solución: Nunca cierre el paso; respete las normas; estacione en los lugares habilitados, practique la técnica de paso 'uno por uno'.

 

¿Usted Considera alarmante el índice de criminalidad en este país?

Solución: invierta en México si es empresario; trabaje con calidad si es empleado y ambos paguen sus impuestos. No sea aviador, ni lo permita.¡Produzca con calidad y pague sueldos de dignidad! Con ello, podrán darles una educación de calidad a sus hijos y evitar la formación de delincuentes. Educación plena y familia NO producen criminales.

 

¿Usted Encuentra terrible el problema de la drogadicción?

Solución: únicamente atienda bien a sus hijos y ni siquiera tendrá que vigilarlos.

 

SI USTED CONSIDERA QUE NINGUNA DE LAS COSAS ANTERIORES MEJORARÍA EL PAÍS, ENTONCES USTED ES PARTE DEL PROBLEMA Y NO DE LA SOLUCIÓN. ¡PÍENSELO! Y FORME PARTE DE LA SOLUCIÓN , NO DEL PROBLEMA QUE AQUEJA A LA NACIÓN.

 

LA SOLUCIÓN INICIA CONMIGO Y CONTIGO.

Y si no participa....

¡NO SE QUEJE!!

 

Estamos pasando por una etapa de falta de cultura ciudadana y de patriotismo.

Necesitamos cambiar nuestro comportamiento para que podamos vivir en un país donde tengamos el orgullo de decir: YO SOY MEXICANO.

Estando quieto, Usted no contribuye con nada; por lo tanto, no puede reclamar.

Practique los puntos con los cuales Usted concordó e intente practicar también aquellos con los cuales no concordó.

Y, sobre todo, divulgue este mensaje, (por lo menos entre sus amigos), pues así estará contribuyendo para un México mejor.

Necesitamos mejorar nuestro país.

Vamos todos a vivir con ÉTICA y eso tiene que comenzar con cada uno.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

domingo, septiembre 14, 2008

Escritores para niños y diversidad

ESCRITORES  PARA NIÑOS Y DIVERSIDAD

 

Todavía es un misterio para mí el que ahora esté tan de lleno en la literatura infantil. Yo, que he escrito las escenas más adultas y adúlteras, que no tuve hijos, que no fui una lectora infantil. Y sin embargo las vueltas de la vida con sus torcidas más intensas, los sobrinos e hijos de mis amigos,  el gozo que hay dentro de esos libros,  quizá el destino, me trajeron de volada a estos parajes. De hecho, el propósito de este viaje  es escribir  un cuento de esa naturaleza titulado El teléfono rojo, parte  de un proyecto mayor Botón silencio, cuentos para niños de las cosas que no se hablan y que tomará (probablemente) los próximos dos años de mi vida.

   El día que llegué al Centro Anderson avisaron que durante mi estancia tendrían lugar dos ferias  de mi interés: la novena celebración  de autores e ilustradores  para niños de Minnesota: una de las tres ocasiones   al año que el lugar se abre al público en general; y la feria de arte para  la diversidad en parque central. ¿Así o más clarito quiero que me hable la vida?

   Que el tema que me ocupa sea la enfermedad  (aquí es parte de este grupo  llamado diversidad porque incluye ciegos, enanos,  minusválidos niños sin hogar y con cáncer) me sorprende menos porque El primo Javier, alias Morir de amor, fue la primera novela publicada en México sobre sida (ejem, ejem) y la ponencia con la que fui a Leeds se llamó El imaginario de la enfermedad en las escritoras nacidas en los 60; eso más las historias familiares que siempre ayudan. Así que aquí,  en PuebloQuieto donde aparentemente no sucede nada, la vida me  regaló dos festivales  muy importantes para mi trabajo. 

   Días antes  de la feria de libros para niños que sería  el  Anderson Center,  mi casa en Minnesota, el centro adoptó el aire  previo a una boda: las  sillas cambiaron de disposición,  carpas aparecieron en el jardín,   mesas para  autores y  editoriales ocuparon la galería,  señalizaciones por doquier.  El sábado en la mañana había ruido desde temprano: llegaron  los cuenta cuentos, las asociaciones, los globos, las mesas de manualidades, los muñecos de trapo, el músico con su banjo (es la primera vez que escucho en vivo y en directo ese instrumento), los autores, los ilustradores y montonales de niños.  ¿De dónde salió toda esta gente si PuebloQuieto es también Pueblopequeño?   La feria es la más importante de estado, explicaron, y la gente viaja para venir a ella.

   En un lugar sucedían las conferencias de ilustradores, en otro la de los autores y en la torre se contaban cuentos. Organicé mis visitas de acuerdo con las recomendaciones de Robert, el fundador del centro, aunque tenía ganas de subirme a los zancos,  pintármela cara, aplaudirle al mago,  hacer un dibujo  con tinta en los dedos,  jugar a las canicas, pero me porté como escritora que soy y fui a ver los libros,  a presentarme  con colegas, a recoger las mayor información posible. Qué maravilla conocer el proceso de quienes hacen las imágenes de una historia que no es suya, cuyo autor el 99% de las veces no conocen, y de la que también serán creadores.  Si un libro con puro texto tarda en editarse, un libro con imágenes tarda el doble o el triple, y es que son dos libros en uno y tres procesos creativos que incluye el de editarlos. Qué sorpresa escuchar a los autores y sus retos de escritura, la concisión y la poesía, el sentido del humor en casi todos. Los escuchas éramos adultos pero sobre todo niños boquiabiertos.  Lo que me sucede con los textos infantiles, más que con otro género, es que las historias me dejan en un estado de dicha frágil, conmovida, abierta. 

    La feria de diversidad incluía todo aquello que no es oficial, blanco y mayoritario.  Así que había mesas de artistas, homosexuales, derechos humanos, distintos credos,   apoyo a  madres adolescentes, a jóvenes con depresión. Ahí supe que es más probable que en Estados Unidos un menor de 18 años muera por suicidio que por homicidio y otras cifras alarmantes que evidencian la falta de sustancia y exceso de aderezo de este pueblo.    

  De ambas ferias  salí entusiasmada, inspirada, agradecida por las sincronías y con ellas, lista para seguir trabajando en lo que todavía es un misterio que salga de mis manos.

 

Pd,  las crónicas anteriores a ésta están en el blog de www.edmeepardo.com

 

 

jueves, septiembre 11, 2008

La cena

LA CENA

 

La cena es la única  actividad diseñada para compartir entre artistas. Los otros alimentos, lo que suceda en horas de trabajo, es opcional y libre. La cita es a las 18.30 y se alarga hasta las 20.30, las 21, a lo más.   Nos encontramos en la cocina, alguien ya descorchó una botella de tinto que compramos en comunidad,  otro saca  algo para picar mientras llega el cocinero de nombre Dan, quien ha preparado los alimentos en la cafetería y los lleva a la casa en un portaviandas térmico.  La conversación comienza con nimiedades como los lugares descubiertos en alguna exploración, maneras de preparar  distintos aderezos, algún hallazgo en el trabajo, el nombre de un artista, y de pronto cae en un punto interesante que no podemos soltar.  Entonces  la cena se convierte en el alimento central  no sólo porque es el más vasto sino porque incluye la reflexión en comunidad y cada quien descubre su mundo al otro. 

    Somos cinco artistas, tres mujeres escritoras de distintos géneros  y dos hombres artistas visuales. Entre los cinco cubrimos  décadas de los 30 a los 70 y sin embargo estamos en el mismo tiempo, el favorito, concentrados en crecer nuestros talentos por medio del trabajo.   Ellos cuatro son norteamericanos, han vivido en distintos estados, creado distintas obras, con diferentes historias de raza y fe,  y un  universo común al que soy ajena.

     Una noche,  pintor y escultor hablaron de ejercicios de dibujo propuestos a sus alumnos. El pintor, que aprovecha su año sabático en residencias varias, maestro de figura humana en la universidad,  narró la manera de romper  con el modelo inmóvil  y los alumnos copiando. Cuando creen que dominan  las diferencias entre el cuerpo femenino y el masculino invita a un travesti para que puedan  plasmar  las diferencias sutiles de las formas; otras veces invita boxeadores profesionales, y en medio del sonido del contacto de sus cuerpos los alumnos deben captar el gesto en movimiento. El escultor, que hoy trabaja con fotografía digital, explicó que parte de una  base: el dibujo es la marca  de algo en una superficie, generalmente del carbón sobre el papel. La primera clase los invita a llevar  de tarea algún dibujo hecho sin papel ni tela ni tinta ni carbón ni color. Sólo deben recordar que un dibujo es una marca, un registro. Una alumna llevó una hoja de metal que golpeó sobre un tronco de madera  y dibujó así una serie de líneas que agrupadas daban una imagen armónica; otra alumna dejó un pedazo de unisel sobre la carretera y con el trazo de las llantas y tinta de café que vertió  sobre la superficie logró, también, un ejercicio interesante. Entonces hablamos de lenguajes distintos, de la innovación, si existe, de la experimentación, del trabajo formal, de los artistas visuales que hoy trabajan con nanología, a nivel subatómico (dicen ellos), de artistas quienes manipulan genéticamente seres vivos, de porqué  se les llama hoy artistas y no científicos, de dónde  está la línea, de si es una tomada de pelo y entonces alguien recuerda que Monet fue considerado una payaso.  Las escritoras explicamos de las imágenes que se hacen con palabras, de trabajar sólo con letras, de géneros. Y cuando cada quien habla de su perspectiva y de su labor, probablemente como me sucede, descubrimos la  propia voz siguiendo una reflexión. Nos  damos cuenta de fundamentos y preguntas, pensamos juntos  sobre cosas muy menores y otras que son disparadores. La poeta, la otra noche, explicaba la diferencia entre la sonoridad de las palabras  y de la música, de la tridimensionalidad de la música y la bidemensionalidad  de la literatura, cosas que  no habían pasado por mi cabeza.  El escultor tiene video clips  con el registro del proceso de esculturas monumentales y otra noche nos maravilló con las imágenes.

         Cuánta dicha me provocan estas pláticas y reuniones que  parecen inútiles y ampulosas para otros, pero  que  son las vitaminas  por las que venimos y viajamos a una residencia, estos intercambios en épocas densas de trabajo.  Dejar casa y los amados adquiere más sentido, las incomodidades del nuevo espacio y los ajustes valen la pena.    También discutimos asuntos prácticos como quién recoge los platos o se encarga de cerrar puertas y apagar luces, un viaje a PuebloQuieto en grupo; ni modo de no hablar de política a dos meses de las elecciones;  yo aparto las nueve de la noche para usar el skype, en caso de que haya internet;  las escritoras fantaseamos con hacer un cuento colectivo, acordamos en ir a una clase de yoga,  quedamos en que  un domingo prepare un  desayuno mexicano con tortillas y frijoles que consigue el cocinero: la complicidad femenina finalmente.

   Un par de noches hemos cenado fuera: una de ellas  nos organizaron una ida a una granja en medio de la nada, donde los martes en la noche hacen pizzas,  un fenómeno incluso para los locales que asisten de millas a la redonda a “pizza heaven”. Sirven, como su sombre indica, pizzas al horno de leña mientras los niños corretean a las cabras y las gallinas, las vacas pastan a lo lejos  y las familias tienden un mantel sobre el pasto.

   A pesar de que el desayuno y el lunch fueron  removidos  de las actividades comunes porque algunos somos diurnos y otros noctámbulos, a veces coincidimos durante el día  y de nuevo volvemos a la charla breve antes de perdernos las horas en nuestros estudios. Pero  es al filo de la noche,  la primera semana en la terraza y las siguientes en el interior de la casa, que salimos de nuestra madriguera, asomamos al mundo del otro y  construimos el regalo delicioso de la amistad.

 

domingo, septiembre 07, 2008

Lo encuentro

LO ENCUENTRO

Lo sentí la mañana del viernes cuando salí en bicicleta  y tomé la ruta hacia la izquierda: el aire frío en la cara, el río  con sus meandros a la derecha; los colores de las hojas del verde al rojo, un conejo gris a media vereda (hoy de bicicleta y patines,  mañana de cross contry), el aire soplando  el amarillo de la foresta.  No es un escritorio o una esquina lo que indagaba, sino algo adentro mío cuando finalmente estoy presente toda yo en un lugar, conmigo, en mí.  Había intentado la biblioteca donde existe la única computadora con internet, en el escritorio de mi cuarto, en la sala de lectura del segundo piso, en una de las bancas del jardín.  En el invernadero no hay  mesa de trabajo y en la parte más alta de la torre  siento frío, pero no era ahí, no era eso lo que realmente estaba buscando, sino un lugar interior.

   Pensaba  en amati y en el scio, la gente, el dinero, mi ausencia, mamá;  en los pagos que debo a Banamex y american express; en el calendario de los próximos cuatro meses, con  más viajes que días en casa; en la dieta y en las tallas; en la salud de la familia y las noticias por venir; en que pronto seré tía; en los premios que no he  recibido y en los que todavía no dan el fallo; en el rechazo de mi ponencia en un congreso;  en si  la ropa que traje será lo suficientemente caliente; en los hábitos de las iguanas, porque suponía que esa sería la mascota de uno de mis personajes; en si la manipulación genética es arte; en… Así, no importa dónde esté físicamente: ningún lugar es bueno. En todos encontraba el ruido de mi cabeza en lugar del silencio del corazón, que es ahí, en ese lugar central y cálido que me toco de vez en vez cuando tecleo,  donde está el  escritorio perfecto.

    Esa mañana que me levanté más tarde por el frío escuché el aire  y percibí  el tono de los humedales.  Estoy aquí, me dije, lo sentí en la garganta. Cuando guardé la bicicleta en la base de la torre vi había un manzano con algunos frutos inmaduros en el suelo. Decidí que la mascota sería una tortuga, como la del estanque de la casa,  y que se llamaría Newton como el hombre que encontró la ley de la gravedad bajo un árbol.  Poco después me di un baño ya sin pelear con la tina de cerámica  blanca y coloqué en mi mesa de trabajo  tres manzanas y una piedra sobre hojas de roble que el camino regaló. Una especie de altar empieza a formarse  junto a la postal de Cezzane que obsequió  la poeta. Entendí  entonces que ése era, es, mi escritorio: el lugar donde he sido puesta para florecer. De inmediato arranqué dos pelos de mi cabeza y bajé a sembrarlos al pie del manzano: quería ofrecerle algo mío en un básico intercambio de lo que esta tierra y sus frutos comienzan a darme.

    Creo que lo encuentro: el silencio necesario: el cuarto ya es mi cuarto, el escritorio ya es mi escritorio. Atrás todavía percibo el murmullo de las cosas que supongo  me dan identidad pero que aquí no sirven de nada, quizá en ningún lugar.  Aquí no soy esa, vengo a ser esta, la que puede poner una palabra tras  otra, con suerte salidas del corazón, y que  poco a poco empieza a aparecer.

 

jueves, septiembre 04, 2008

Donde has sido sembrado

Donde has sido sembrado

Llegué el lunes a media tarde,  ahora  casi es la noche del jueves. Han pasado tres días, poco en términos de horas, pero es 10% del tiempo de residencia y todavía no encuentro mi lugar para escribir los cuentos que vine a hacer. Las crónicas de viaje son una escritura más epidérmica, una impresión más que un proceso, un vistazo más que una digestión.  Puedo contar, por ejemplo,  que el Centro Anderson es mucho más que la casa  que generosamente me hospeda  durante un mes para trabajar. Empezaré por describir  el corazón de la propiedad.

    A orillas de la carretera --hoy la 61, antes una avenida de tierra--  se abre una barda a media altura. Un camino angosto, entre árboles y pasto, dirige a la puerta de la casa  de ladrillo rojo con su porche de columnas de cemento: cuadrada, de dos pisos, con el techo de cuatro aguas anaranjado por las tejas, ventanas blancas que se accionan hacia arriba, un tiro de chimenea, parece una construcción  normal de estilo georgiano (acabo de leer que así se llama, ajá, muy parecido al de las casas de los sustos que hemos visto en parques de diversiones y películas), de principios del siglo pasado; 1916 para ser exactos.  Tiene cuatro puertas de entrada: la principal que da a la sala de donde arrancan las escaleras de madera que crujen a cada paso; la trasera que mira al invernadero; la de la cocina que abre a la terraza donde comemos; y otra lateral.  No sólo es una casa  con su encanto  por la edad, los objetos y su historia,  sino que tiene en tercera dimensión palabras que sólo conocía en el diccionario.  Ahora, por ejemplo, estoy en el ático.  Por fuera, el ático (sólo escribir la palabra me da emoción) parece el techo: por dentro una escalera lateral sube a una habitación casi del tamaño de la planta donde hay unas ventanas monísimas y desde una de  ellas recibo el viento de la tarde. Esta casa también tiene sótano, no se ve desde el exterior,  pero otra escalera lateral baja a una extensión donde viven las lavadoras de ropa y que funciona como refugio en caso de tornado. Lo particular de este sótano es que está conectado a  cuatro  túneles que llevan a otros sitios de la propiedad: el invernadero, la torre de agua, el laboratorio y el granero. Durante los días de nieve y frío, que son muchos, no es necesario salir a la inclemencia del tiempo para ir a  otros lugares.   La torre,  74 escalones son precisos  para llegar al mirador,  es  centinela desde donde puede verse los enormes pastizales a la redonda. Fue, en su tiempo, el tinaco que alimentaba no sólo la casa sino el laboratorio, además del emblema que da nombre a la calle: Tower view drive.  El invernadero (¿podré escribir ahí?), el sitio que más me gusta,  tiene  entrada de cemento pero  todo lo demás es  estructura de vidrio y metal. Todavía funcionan los calentadores y humidificadores de antaño y no sólo crecen ciertas especies de plantas sino que  peces y tortugas de la fuente exterior pasan el invierno dentro. Cuando vivían los Anderson, proveía el 90%  de los vegetales que consumían en invierno. El laboratorio, al que no puedo entrar porque lo ocupan ciertas oficinas, es la construcción perpendicular a la casa que data de la misma época y estilo;  fue la oficina del inventor Alexander P. Anderson, piedra angular de la cultura local,  donde  descubrió la manera de inflar los granos de arroz y trigo (entre  otros 15 000 mil experimentos registrados con su mano), lo que da origen a los famosos ricecrispies y otros cereales, cuya fórmula  Quaker  compró. Parece que ese lugar fértil para la inteligencia  cobijó a  algunos de los científicos que trabajaron, en su momento,  en  el Proyecto Manhattan, aquel de donde surgió la bomba atómica en Nuevo Laredo.

    En la parte superior de la casa hay cinco recámaras, tres baños completos, una biblioteca. El piso es de madera, hay tapetes de todos los tamaños  y estilos cada tres pasos.  La planta baja cuenta con otra recámara,  cuarto con baño, comedor,  sala con chimenea, cocina enorme con alacena,  mini biblioteca que fue  cuarto de planchado, y más pasillos y closets. En cada esquina y baño hay un calentador de esos antiguos, como acordeones de metal,  que hasta se ven bonitos por el trabajo de herrería.  Los baños son de mosaico blanco, pequeño, hexagonal, y sólo dos tienen regadera.  La tina era lo que predominaba entonces y hoy usamos teléfono y jícara para ducharnos.

       La casa, que ya fue vendida, abandonada, recuperada, restaurada, conserva algunos muebles originales y en casi todas sus paredes sostiene fotos de la familia.  A.P. Anderson, así le dicen, de origen sueco, fue granjero hasta los 29 años, luego entró a la universidad a estudiar botánica y después se convirtió en el inventor Anderson.  En las fotos se ve guapo,  certero, necio,  grandote. Casó con una mujer de nombre Lydia,  de caballera libre para la época,  tuvieron cinco hijos, uno de los cuales murió en el camino. El día que nacieron  cada uno de sus hijos sembraron un árbol alrededor de la propiedad. Así que Robert, nieto de  Lydia y Alexander,  poeta y funcionario quien está al cargo de la fundación, puede ver la energía de su madre  ya muerta en el roble de la esquina.   A.P. Anderson también es autor de un libro titulado El octavo lector,  que reúne poesía y prosa que el inventor se dio tiempo  de escribir en sus ratos de ocio. El volumen está dedicado a Lydia, quien en alguna foto lo mira con un gesto tan dulce.   Las fotos de la propiedad  con nieve y en verano son imágenes completamente distintas de una estación a otra: lo que es verde y rojo se convierte en una planicie blanca con un puntito rojo.

     El centro Anderson consta de 330 acres, que no sé cuánto es eso en español,   está inscrito  en los anales de los registros  norteamericanos como lugar histórico, e incluye sembradíos, bosque, escuela y galería (éstos son edificios nuevos), parque de esculturas, estudios en renta, imprenta artesanal, centro de educación ambiental,  las oficinas, la torre, el invernadero, el laboratorio, los graneros,  el cuarto de hielo (ahí lo guardaban para servir a la nevera los días de calor), y por supuesto la casa que es residencia seis meses del año. Los otros seis meses se renta a particulares y ayuda con los gastos de la fundación.

    Desde 1995 que  la familia recuperó la propiedad  y se transformó en el Anderson center, también se convirtió en el  corazón cultural de Red wing, Minnesota, un lugar hoy  alejado de Dios,  antes famoso por estar cerca del yacimiento del río Missisipi y  que a principios del siglo pasado fue el puerto más importante de  exportación de trigo y arroz. 

   Así que en esta tierra estoy, donde los tornados suenan las sirenas de alarma durante el verano,  donde la inteligencia de un hombre determinó la forma de desayunar de gran parte de la población mundial, y donde su nieto poeta, un tipo ojiazul, de unos 60 años, honra y enaltece a su familia con mantener la tradición y las artes.  Y aquí, en medio del silencio y el otoño que empieza a sentirse, todavía no encuentro  ese sitio  perfecto donde escribir, danzo con la Shiva para arriba y para abajo.  Recuerdo un separador de libros que hace poco regalé a una amiga, decía “Donde has sido sembrado es donde has de florecer”,  así que eso espero, eso quiero, no sólo en la escritura sino en las áreas de mi existencia  que cuestan trabajo, con la gente que a veces me dificulta el día, en cada lugar y momento donde la vida me ponga para agradecerle la generosidad de darme aliento y energía.

 

miércoles, septiembre 03, 2008

Estoy aquí

Estoy aquí.

Estoy aquí, a dos aviones,  dos aeropuertos y una carretera de distancia; exactamente a dos pestañazos  que duraron los  vuelos,  ocho horas de viaje desde que salí de casa  y llegué al Anderson Center. Estoy aquí, en la habitación número cinco, en la esquina del segundo piso de la casa que alguna vez habitaron los Anderson, la ventana junto a mi cama individual da a la torre de agua (el emblema del lugar); por la ventana frente al escritorio, donde ahora escribo, entran el jardín, la lluvia y la luz de los estudios para pintores. Estoy aquí  aunque anoche me instalaron en la habitación dos, pero como la poeta norteamericana tiene una discapacidad muscular le va mejor aquel cuarto porque tiene baño privado, está juntito a la escalera, e  hicimos cambio. Ahí, en el cuarto más bonito de la casa, pasé la primera noche y un susto enorme: mi computadora se trabó y  a pesar de que intenté botones varios  sólo decía Windows no responde.  Justo después de que me cambié de cuarto, ayudé a la chava con sus cosas, moví  tierra para que viniera un técnico y dije Que sea lo que Dios diga, la computadora ( Shiva se llama ella por aquello de su marca) operó un milagro  y abrió todos los sistemas.  Y digo que es un milagro porque anoche hice todo lo posible para destrabarla, era tal mi desesperación que  hasta pensé en comprar otra para llevar a cabo el cometido de este viaje ya que no sé escribir  a mano, en libreta, algo más que no sean notas.  Pero cuando me cambié de cuarto sin chistar, feliz de hacer un servicio por alguien, sin querer activé esa ley que dice “Tú ve por otros que Dios verá por ti”  y de pronto, nada más picando un botón ya repetido,  pude empezar a escribir esta nota, la primera de esta travesía. El problema siguiente era  qué  decirle al técnico cuando viniera de PuebloQuieto, a quien llamé de manera extra urgente,  a  la punta más lejana  de PuebloQuieto, donde estoy.  Y con mi carita de No me lo va usted a creer, conté la historia y el posible culpable de todo: la nueva cámara que instalé el día antes de partir y desinstalé cuando empezaron los problemas. El joven, muy amable, revisó mi compu, volvió  a instalar a la supuesta culpable y ya todo quedó bien. Además no me  cobró.

     Ayer me recibió en el aeropuerto  Kim, un hombre enorme  con una pierna de prótesis, que hace las veces de chofer  y que habló todo, literalmente, todo el camino.  Ya en el centro Robert, el encargado de la fundación,  estrechó su mano;  es nieto del mismísimo Alexander Anderson,  inventor del arroz inflado, que dejó tanta lana y gente comprometida con las artes que hoy duermo en lo que fue su casa.  Ayer, también, conocí a mis compañeros de residencia, cada uno merece un capítulo aparte,  (seguramente pensaron lo mismo de mí cuando me vieron inflar la pelota de pilates con la que viajo, uso de asiento, y que no pude cerrar  porque olvidé el tapón sobre el escritorio de casa  --si a las mensas también dan residencias--). Somos cinco en total y estaremos  bajo el mismo techo todo septiembre. Luego fue el desaguisado de la compu, luego la noche inquieta, la mañana con un paseo en bicicleta previa oración y demás rezos, el desayuno a solas, repartí un par de regalos y un juego de libros para la biblioteca, después  el milagro. 

 Estoy aquí, entonces,  ya escribiendo, en un lugar sin internet inalámbrico porque en el edificio de junto hay una escuela y  lo tienen prohibido para que los estudiantes no  la pasen navegando. Sólo hay una computadora con internet disponible pero no funciona porque hace unos días hubo un tornado, el último de la temporada – esperan--  y se cayó el sistema.  Yo que me quejaba de India, donde al menos había sirvientes que hicieran el cuarto diario.  Aquí limpian la casa  una vez por semana y sirven una comida al día entre semana. Lo demás ellos proveen y uno se prepara, Como en casa, dijeron. ¿Para qué recordarles que en México hay servicio y que Doña Lola, la señora que me ayuda, es una maravilla?   Así que aunque la Shiva traiga  guaierles (wireless),  tenga cargado skype, messanger, y e-mail, sólo podré conectarme conmigo (dije que a eso venía ¿no?) y a veces con el mundo que dejé cuando vaya a PuebloQuieto a un par de cafeterías donde hay conexión libre o cuando arreglen el sistema. Para ir a Redwing, el verdadero nombre de PuebloQuieto,   puedo tomar un camión, pedir un taxi, o ir en bicicleta a 35 minutos de distancia.  Cuando reciban este correo ya les contaré cómo es que llegué a enviarlo.

    Decía entonces que estoy aquí, en mi mismo cuerpo, dentro de la misma piel, sólo cambia el contexto,  a unos metros de donde nace el legendario río Misisipi –no cosa menor--, y a pesar de eso la hora es la misma que en casa, donde están mis amados, donde hablo mi idioma y  está la raíz de esta que soy. Pienso en el naranjo que por primera vez da fruto en la maceta de mi departamento, en el hombre que amo, en mi familia, especialmente en mi hermano  y cómo gran parte del aire que entra tranquilo por mis pulmones depende de su aire, evoco el perro que ya no tengo, a mis amigas adoradas, y así con todo eso, con todos ellos, apenas llego, apenas empiezo a estar aquí.