viernes, septiembre 14, 2007

Pinos rojos

Los pinos rojos

 

Pensé que  el otoño se había adelantado  cuando miré  de lejos la montaña. Es lo que más ilusión  me daba de venir en esta temporada:  el cambio de las hojas. Suspiré frente a la  alfombra verde con manchones marrón. Ahí estaba, según yo, ese tránsito que en  México es casi imperceptible.

    Mi estudio está rodeado de pinos, desde la ventana miro sus troncos grises y tengo que alzar los ojos para asomarme a su punta  que contrasta con un cielo azul.  Hay follaje verde y rojo.  Los veo bailar  la danza altísima del aire, no los  sabía  tan flexibles.  Bajo la mirada  hasta su base  y me detengo ante la cinta plástica  amarilla  que  señala a unos  y a otros no.  Investigo:  los pinos rojos son los marcados. Me acerco a leer:  pest zone.  Empiezo  a sospechar del otoño y la hermosura de los tonos.

       No sólo el follaje es diferente, la corteza  es notablemente distinta, en color, textura,  en el dibujo de sus  formas. Pienso que son árboles enfermos pero si están rojos es que ya están muertos.  Vive en ellos una plaga de  escarabajos descortezadores que se nutren de su savia. Los gorgojos necesitan proteger los huevecillos del frío y los  instalan entre la madera y la corteza donde se convierten en larvas, crisálidas, luego escarabajitos que buscarán un sitio donde hacer nido.

      Los pinos rojos están muertos de pie, me doy cuenta que la mitad del bosque es una tumba. Panteón sólo para los  pinos, reflexiono, es el hábitat idóneo para otro tipo de vida. La madera  sin  utilidad humana  es altamente rica en nutrientes para la tierra que absorberá cuando el árbol caiga en uno o en cien años.

   Conozco  a un pintor  canadiense,  ése es su tema de trabajo: el registro de los pinos rojos en  su país. Para él es metáfora de la enfermedad  social y el espacio que ocupa.  Con el calentamiento global los escarabajos, sin frío, viven más tiempo. Los enfermos, con medicina, también.  Pasamos varias tardes hablando  de ello. Pensamos en la agonía del árbol, el año que  tarda de pasar del verde al amarillo, al rojo. En silencio ambos tememos el dolor que eso implicaría en nuestras vidas, ¿dolerá a los árboles? Infierno para unos, incubadora para otros. Mientras hace sus cuadros y pasea en el bosque lee  La divina comedia de Dante. Quizá un infierno sobre la tierra y no debajo, dice.   Nos impresiona la belleza de la muerte,  el intercambio de una forma de vida por la de otros. ¿Un sacrificio  sin religión o la invasión de las especies?

       La plaga está expandida por el continente americano, pasó de ser emergencia nacional a  emergencia internacional.   No hay plaguicida  que acabe con el bicho y los bosques de coníferas están seriamente amenazados.   Las autoridades  locales harán una quema controlada de 7,900 hectáreas para impedir que siga avanzando. Hay más de  tres mil millones de pinos infectados.

     --Es como el sida de los árboles –digo a Eric, el pintor. Sus ojos azules no tienen fondo.

    -- La pregunta que me hago es qué tanto influye el hombre en ello. No hay manera de saber porque  como civilización no llevamos más de 150 años estudiando los bosques y quizá esto ha sucedido muchas veces miles de años antes en los eternos ciclos de regeneración de la naturaleza.

     --Influye pero no determina, supongo.

     --El problema de  creer que influenciamos es creer que lo podremos arreglar, esa prepotencia humana es horrible --dice él mientras miramos el bosque tras el ventanal. Las uñas de sus manos tienen restos de pintura.

      Me explica que pronto sucederá el cambio de las hojas, será visible un par de semanas, una  luz amarilla bañará  la montaña.  

    --Lo que sí es que estando ahí te pasan y sientes cosas  --dice aludiendo a sus estancias en el bosque.

    --Un lugar sagrado para los nativos.

    --¿Un lugar sagrado y enfermo o un lugar sagrado en renovación?

       Hay más preguntas que respuestas.  Alzamos la ceja. Somos tan pequeños frente a estas cosas. Volvemos a  mirar la montaña y cada quien se pierde en el silencio.  Pienso en la enfermedad y los enfermos en mi vida, el cambio de sus hojas  han sido grandes lecciones: dolorosamente han dimensionado mi paisaje con la belleza del otoño.  No sé qué piense él.

 

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