lunes, septiembre 17, 2007

MOntañas

 

Las montañas

 

Las montañas me cautivan. Las veo  con la sorpresa de quien  nunca antes las ha visto. Siento su presencia en mi cuerpo, escucho su aire, no hay sesgo en que pueda  evitarlas. La luz juega en sus ángulos, marcan perfiles caprichosos en el  cielo. Ahí están, imponentes, hermosas. Ahora las percibo así, los primeros días me pregunté qué era lo había atrás de ellas, qué era lo que no me dejaban ver, hasta que de pronto se me aparecieron y las distinguí.  Qué imponencia.  No las reconocía  tan en medio de la vida.  Pero si la Ciudad de México es un valle, me digo, cómo que no me es familiar este paisaje.   Hago un repaso mental.  Las montañas en la ciudad dejaron de serlo para convertirse en cerros de concreto; los edificios altos quieren hacerles competencia.  Salgo a carretera por Toluca, Cuernavaca,  Puebla,  Querétaro:  crecen las unidades habitacionales, dinamitan los montes, no hay verde, ya no hay estas viejas espectadoras  de lo que sucede en la tierra.

    Banff también es un valle,  una planicie circular atravesada por un río de leche  turquesa. Por su circularidad  los nativos reconocieron que estaban en  área  sagrada, las montañas protegían del frío, el río quitaba la sed de ellos y sus animales.  En estos sitios vinieron a cazar y se establecieron los Kutenai, los Cree, los Niitsitapsiki o pies negros.  Un lugar perfecto para ellos hasta que llegaron el tren y los blancos. Conservaron la belleza de la flora y la fauna, barrieron a los nativos  como si de hojas secas se tratara, no servían para el parque nacional ni para la fundación del pueblo de Banff.  Ni siquiera su antiguo  nombre le dejaron.  

      En el pueblo ningún edificio tiene más de tres pisos y por cualquier lado, sin necesidad de alzar los ojos, las veo a ellas,  señoras de los valles; no son mujeres dormidas ni guerreros enamorados,  sólo las matronas que tejen el aire y miran tranquilas el paso de la gente. Las apodan las rocallosas.  Hace 85 millones de años  no estaban, la geografía de aquí era plana y pantanosa, habitada por  dinosaurios. Le tomó diez mil años al movimiento de la placa tectónica  formar  fallas,  crestas y picos. Hace  60 millones  finalmente apareció este enorme jardín de piedra que  25 mil años después fue cubierto  por la última glaciación.  Quedan los campos de hielo para recordarlo.

  Las montañas son de piedra caliza, grises. De pronto nieva y  cambia su faz, su ánimo, su mensaje. Son otras con  las espaldas blancas, su  hermosura  fría contrasta con el cielo azul. 

   Camino  por algunas veredas, subo a la cumbre y veo lo que ellas ven desde sus alturas, son las primeras que sienten el sol, quienes lo miran ocultarse. No conocía esta belleza que me cansa las piernas y roba el aire a media montaña. Por primera vez entiendo la pasión de la geología: entender estos colores y formaciones: una vida tan lenta y significativa.  Allá arriba, junto a un bloque de piedra de  muchas capas  y colores, dice  un geólogo:

 --¿Quieres realmente comprender estas montañas?

 Asiento

  --¿Sabes qué es esto? –señala la laja de colores terrosos.

Mira mi silencio.

 -- El fondo del mar hace miles de millones de años.

 

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