domingo, septiembre 30, 2007

La vida idílica

 

La vida idílica, que no sucede, en Banff

 

--Nosotros trajimos raquetas de squash.

--Yo eché al bolso Cien años de soledad.

--A mí no se me ocurrió empacar chamarra.

--Yo traje aletas y visor.

--Yo, una caja de condones.

 

Cada quien viene preparado para la vida  que cree que serán  sus semanas de residencia. Hay tantas expectativas puestas en ello. En parte por las referencias de otros artistas, por el tiempo de espera,  porque será un espacio privilegiado, quizá una oportunidad única en la vida.   Lo único por resolver es  nuestro trabajo creativo y lo demás serán horas libres para leer, jugar, salir a caminar, encontrar al amor de la vida.  Y sí, los primeros días de adaptación da tiempo de ir a la biblioteca, leer, ver películas, hacer amigos, ubicar a los feos y a los guapos,  trabajar un poco. Pero el tiempo opera sus misterios y de repente, diez o quince días después,  se va volando: ya sólo hay oportunidad para el proyecto que cambia cada día  y alguna otra cosa además de comer que no incluye eso que habíamos planeado.

   ¿A dónde se fue la vida idílica en Banff? Al gozo de lo inesperado, a la dicha de las nuevas amistades, a las actividades culturales y conciertos, a subir montañas, a las pláticas que nutren el corazón y la cabeza, a reflexionar sobre los proyectos de otros y nuestra obra. Hay que estar abiertos   a las posibilidades, los cambios suceden y las prioridades se reordenan. No sabíamos que todo esto iba a suceder ni que  prestaran aletas, chamarras, discos, devedes, libros; ni que rentaran raquetas o regalaran condones como si de dulces se tratara. Banff es el lugar con más enfermedades transmitidas sexualmente en toda Alberta y el millón de personas que pasan por aquí al año regresa a casa con un poco más que tierra en sus zapatos.

    Ningún artista termina su trabajo como esperaba aunque los puntos de partida sean interesantísimos: música que evoca el canto de las dunas, una  instalación acústica con el sonido de bicicletas, fotografiar el cielo todas las noches sobre la misma exposición, el guión sobre la vida de un ajedrecista, trabajar con mapas inventados sobre referentes reales, honrar la amistad de dos mujeres durante la guerra. El trabajo toma nuevos giros, con suerte madura y mejora. La tierra y  la gente hacen sus  efectos  y de eso también se trata: de dejarse nutrir.  A veces, la mejor producción sucede después de la estancia.

     La vida idílica que sí sucede es que sólo nos dedicamos a la obra y eso es un privilegio dichoso.  Quizá una centena de los cinco mil artistas que pasan  aquí al año naden, lean, se enamoren, jueguen squash, y concluyan su proyecto tal y como lo habían planeado.   La mayoría trabajamos muchísimo, yo hice lo que en México haría en 8 o 10 meses,  y regresamos con regalos que no estaban contemplados. 

 

 

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