martes, septiembre 11, 2007

La luz

 

 

La luz

 

Lo que más sorprende de este lugar es la luz. Me maravilla. Una luz que son  muchas, produce sombras lilas, rosas, azules;  hace de una piedra gris una superficie ocre,  o  a media tarde la baña de pequeños tintes azules. Esta luz   movediza hace de un ángulo un milagro.  Admiro la liquidez con la  que se mueve, la particularidad de cada momento irrepetible. Es tan poderosa y sin embargo no deja huella. Se desvanece de un minuto a otro y ese  prodigio lo abandona para  resurgir en otra esquina de modo diferente.  ¿Cómo escribo eso que veo?  Casi estoy segura de  que no hay palabras. Porque lo que  he dicho no refleja  el volumen de la montaña, sus formas de varios picos, la nieve  en la punta, las nubes, el frío azul del cielo.

   Me asomo al estudio de los pintores. Tienen un pigmento azul hecho de lapislázuli y de acuerdo con la finura del molido obtienen distintos tonos que mezclados con agua harán una acuarela o con aceite  lograran un óleo. Pero cómo muelo la palabra  verde, cómo saco siete tonos de ese verde que aunque tenga apellido tampoco  conmueve.  Porque escribir  verde pino  o   verde lago no se asoma, ni por mucho, a eso que atestiguaron  mis ojos. Así un lienzo de  amarillo oro no produce el mismo efecto que si  yo escribo amarillo oro en todo un párrafo.

    Amarillo oro amarillo oro amarillo oro amarillo oro amarillo oro amarillo oro amarillo oro amarillo oro amarillo oro amarillo. ¿O sí?

   Entonces para hablar de la luz tengo que hablar de otra cosa, lejana de ella. Amarillo oro veo y pienso en la cara de un buda metálico, pulido, con esa sonrisa suave en los labios rojos que hacen más doradas sus mejillas y más clara la frente. Amarillo dorado como la alegría del trigo movido por el viento, a media tarde, cuando no es amarillo paja ni café claro.  ¿Es eso lo que vi? No.

   Explican que las tonalidades dependen de la capacidad del pigmento de absorber o reflejar la luz. Más grueso es el pigmento más luz refleja. Más  suave, como talco, menos luz absorbe y es más claro.  Busco una palabra para el amarillo ocre de la montaña, no encuentro. No es cierto que los escritores pintamos con palabras.  Bosquejamos y damos figura, pero será el lector quién de color con la luz de su mirada. 

     Me acerco a los músicos, hablan de la coloración de la voz, de la claridad del sonido, de la brillantez  del instrumento. Luz en el sonido que se expande cuando  el aire atraviesa la flauta, cuando el arco  cruza las cuerdas de la viola,  cuando sale por la garganta de la soprano. ¿Cómo digo eso?  Puedo hablar de los efectos del sonido en el personaje, puedo hablar de los efectos de la luz en una cara pero no puedo decirlos a ellos, no puedo imitar su voz, son otro lenguaje.  

  Esa luz  me hace sentir envidiosa de los pintores, de los fotógrafos, de los cineastas. No es cierto que una imagen diga más que mil palabras, dice cosas para las que no hay palabras; dice  blanco y negro para los vocablos de este texto.  

 

No hay comentarios.: