sábado, septiembre 22, 2007

El respeto

El respeto

 

  Viajo en carretera. Voy en  la parte trasera de una camioneta, un grupo de artistas salimos en excursión  guiada a British Colombia a conocer los Paint Pots. Para mí todo es novedad:  las manchas blancas de las montañas que no sé si son hielo o nieve;  las bardas de maya ciclónica que delimitan la autopista para evitar el atropellamiento de la fauna: es su principal causa de muerte; los  túneles  o puentes  para que los animales  crucen; el color azul de los ríos.

 --¿Qué es eso? –pregunto a la guía.

 Veo una montaña de tierra café clara con  enormes postes grises  clavados como palillos. ¿Son árboles, son pilotes?

--Pinos, lo que queda de ellos. Hace cuatro años hubo un incendio.

  Dios mío, cuánta devastación,  kilómetros y kilómetros de este cementerio en pie. Quiero averiguar más  pero ya alguien pregunta otras cosas.  Finalmente se cuelan mis  palabras, ella contesta.

    --Los policías controlaban el tráfico para  evitar bajas humanas pero a mí me gustaba venir a verlo. Es tan impresionante  --dijo en tono casi romántico.

    --¿Cuánto tiempo duró? 

     --Dos meses.

     Espero a que lleguemos a nuestro destino.  Son tres ojos de agua, cada uno de distinto color:  rojo, amarillo y verde  dependiendo  la cantidad de óxido en la tierra.  Los nativos  creían que el espíritu de  los animales vivía en este sitio, mezclaban aceite de pescado  con el barro  para hacer pintura que utilizaban en  ceremonias,  ropa,  casas.  De ahí su  nombre.

   Aprovecho el regreso para platicar con la guía. Explica que durante muchos años los guardabosques trataron de impedir  y en su caso controlar quemas. Con el tiempo han reconocido que el fuego juega un papel muy importante en el ecosistema y que  su presencia es benéfica para la tierra: la ceniza nutre el suelo, las semillas de pino contorta  sólo se abren en temperaturas extremas  y para que haya nuevos árboles  necesita haber incendios, crece un laurel rosa de hasta dos metros de largo  que en contraste con los troncos negros hacen del paisaje una delicia.

   --De cualquier manera, mientras el incendio avanzaba el debate sobre si apagarlo o no  fue muy intenso.  Se acordó en  detenerlo, excavaron una franja de  500 metros de ancho a lo largo de la montaña para que el fuego ya no tuviera que consumir y  con ello se delimitó el espacio.

      --Lo importante --continúo-- es que las llamas estén  controladas, lo cual también es muy difícil porque el aire puede llevarlo a donde vive gente o hay fábricas.  Intervenir y no intervenir con la naturaleza siempre es un riesgo. La tierra sabe cómo regenerarse, sólo que toma un tiempo que para nosotros es muy largo y que para ella  es  un pestañeo.

        El regreso del viaje voy en silencio: cómo se respeta al supuesto depredador si no es con la conciencia de que todo es parte de un ciclo de crecimiento. En mi vida diaria huyo de aquello que pueda quemarme. En el sentido  metafórico no dejo que el calor y las cenizas hagan su trabajo, les huyo.  Tantas cosas nuevas florecerían en mí. Supongo que ése es el asunto de  rendirse al que se refieren los budistas,  entregarse, dejar que el flujo de la vida  corra.  

    --Mira –dice la guía. Es un bosque  de árboles bajos, junto a cada pino sobre sale una aguja gris--. Aquí hubo un incendio hace cuarenta años. Algunos árboles persistieron  del mismo modo que hay gente que sobrevive a pesar de quemaduras. Aunque la mayoría murieron  observa todo lo que germinó.

    En efecto, ahí hay un bosque nuevo. Qué vida no está diseñada así, queriendo o sin querer. Es cuestión de  saber recibir el incendio y la renovación. 

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