martes, septiembre 04, 2007

El mundo desde aquí

 

El mundo desde aquí.

 

Llueve durante la noche. En la maña noto  gotas de agua  en cada rama de los pinos. Me detengo. Nunca había presenciado esa  suspensión del tiempo en que la gota no cae y por  arte la sostiene una ramita verde donde puede verse el reflejo de otra cosa, mi cara, el cielo.  Es un pino adiamantado, junto a otro, junto a otro.  A medio día el sol empieza a calentar y veo el  vapor que  se desprende de la madera del  balcón de  mi  estudio.  Un humo cristalino que se eleva como flama.   No había visto pinos de tantas edades y estilos juntos, no sabía lo fácil que los mueve el viento, allá arriba, en una danza vertical,  siendo tan fuertes  como para sostener casas y barcos. Nunca había visto pinos enfermos ni  tantos árboles naturalmente caídos.

   Me divierto con las martas, no conocía su agilidad ni curiosidad. No tenía el gusto de haberles sonreído. Un par de venados pastan afuera del estudio, cuando llego se vuelven a verme como diciendo ¿por qué tanto ruido? Veo su manchas blancas en la espalda. Al otro día  me detengo frente a una venada preñada, el volumen de su vientre y lo lleno de las mamas lo confirman. Cuando nazca tu bebé  tráelo para que lo conozca, digo en voz baja. En algún lugar del bosque un bebé venado respira por primera vez.

     Voy al comedor, observo a los comensales que hacen cola.  Todos parecemos gente  promedio. No hay cabelleras anaranjadas, pestañas azules, ropa estrafalaria. Ni muy gordos ni muy flacos. Normales   No vive el cliché de  los artistas. Generalmente los que visten de negro son músicos, no les vaya a agarrar el concierto; también es fácil identificarlos por las partituras o los instrumentos que cargan.   Por las manos con restos de pintura puedes identificar a un pintor. Los demás quién sabe quiénes somos. Ya sea el más picudo en su área o el más aficionado. No importa. Todo estamos trabajando.  Los más jóvenes  estarán en los veintes, los mayores en los setenta. Cada cual es un mundo, un mundo  intenso en expansión.  

     Me entretengo  con los embases de los alimentos, la información viene en inglés  y francés. Podría aprender francés, supongo.  Por lo menos el vocabulario y la ortografía.      

    Con la lluvia de ayer cayó un poco de nieve en la montaña de enfrente. Empiezo a ver las montañas. Cuando llegué pensé en lo que no me dejaban ver, en el horizonte que tapaban, sedienta de los espacios abiertos. Un día se me apareció su  contundencia, Dios mío, qué imponentes. Los efectos de la luz  en sus espaldas son indescriptibles con palabras. A  veces siento que estoy en medio de una tarjeta postal. Ya no me estorban, son el paisaje,  el gran personaje,  poco a poco su voz se convierte en maestra.

         Escucho  My heart´s in the Highlands  de Arvo Pärt; qué voz, qué melodía,   construye y derrumba. Apenas aquí descubrí su música, junto con el trabajo de artistas como Andy Goldsworthy o Eduard Brutinsky. Sus  imágenes me relacionan con la tierra de otra manera, qué talento, qué apertura.

     Vuelvo a mi estudio, una ardilla me espera en el puente.  A su lado los pétalos de las piñas verdes  están apilados. Ha comido mucho.  Me dan ganas de tocar la  piel de su panza abultada. La saludo. Ella  va a lo suyo; yo me siento a trabajar.  Miro tras la ventana,  me dan ganas de salir a caminar pero  el día de hoy prefiero quedarme guardada. Me doy cuenta que el frío me da miedo, me retrae, no quiero sentirlo en todo el cuerpo y sin embargo ya coqueteo con visitar la tundra  de Alaska. ¿Quién me entiende?  Me miro las manos,  la piel seca, son las mías pero aquí tienen otra vida, yo tengo otra vida. Nunca había visto  el mundo desde aquí. Escribo.

 

 

 

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