jueves, septiembre 06, 2007

El cambio de las hojas

 

El cambio de las hojas

 

Está sucediendo, el cambio de las hojas. Apenas ayer me di cuenta.

--Mira esa nube amarilla a medio del árbol –comenté a una pintora amiga con quien caminaba.

--Es el otoño –dijo como si hablara de cualquier cosa, ella tan acostumbrada a registrar los cambios de luz.

     Me detuve a verlo: con que así es, de esto se trata. Anduvimos un rato más y cuando nos separamos volví al sitio. Ahí estaba el árbol, completamente verde apenas hace unos días y ahora con esa mota amarilla. Miro sus otras hojas que  empiezan a palidecer. Observo  a mi alrededor. No les ocurre a todos lo árboles,  recuerdo lo aprendido en la primaria, los pinos son  de hojas perennes y lo que más hay son pinos: ya distingo los contorta, de los douglas, de los oyameles. Es a los otros  árboles a los que sucede.  Pronto estarán  irremediablemente desnudos, sólo así pueden sobrevivir al invierno, sin verdor, con lo mínimo indispensable.

    --El cambio dura sólo una semana – había avisado otro pintor.

    Y sí, casi de un día para otro el follaje mudó el tono. Aguzo la mirada, hago un registro mental de árboles. No sé sus nombres genéricos, ignoro si son álamos  o hayas, pero para mí tienen apelativos particulares. El árbol que está en la puerta trasera de Loyd Hall, el árbol de la rotonda frente al Sally Borden Building, el árbol frente a la cafetería Kiln.  Estoy al pendiente de esto que sucede, es un  prodigio de color. Me  paro debajo del árbol,   alzo la vista, me dejo abrazar por esa sombrilla  móvil, ligera, cantarina. 

  Busco información: cambia el pigmento porque cambia el clima, los días son más cortos, baja la temperatura,  hay menos tiempo para la fotosíntesis, por tanto menos clorofila en las hojas. Hace 30 días, cuando llegué, había luz hasta las once de la noche; hoy a las nueve el cielo está cerrado. Un amigo explica que las hojas caen sencillamente porque no pueden pagar la renta y tienen que desalojar el edificio, me divierte el comparativo. Lo pienso bien y es terrible: he visto a   gente a media calle con todas sus cosas, las puertas cerradas de lo que fue su casa. Prefiero pensar en otra imagen. Dependiendo el árbol y el clima las hojas irán de amarillo pálido hasta rojo dorado si de maples de trata, el otoño de Banff es  amarillo limón. Después de un vendaval o una fuerte lluvia caerán  las hojas y nutrirán la tierra  con todas sus propiedades, por eso la hojarasca no se barre ni recoge, ahí está, volando de un lado para el otro, paseando por la montaña que de otro modo no podría conocer.   A  veces miro caer  una lluvia  ligera de hojas minúsculas que danzan con el aire.

   Viajan las hojas, pienso en mis viajes. Si viviera ochenta años estaría  en el  principio del otoño de mi vida. Volando de un lado al otro del mundo, haciendo estas crónicas. En mis manos y cara ya hay cambios de pigmento.  Supongo que no es casualidad que sea aquí donde descubro la primera cana en mi cabeza y sueño con las líneas  alrededor de los ojos que son inevitables. Quiero aceptarlas con la admiración con la que miro estos árboles, decirlo así: Está sucediendo, me está sucediendo.

 

No hay comentarios.: