miércoles, septiembre 19, 2007

Asistencia para los artistas

Asistencia para los artistas

 

Cuando llegué al Centro Banff para las Artes era de noche, la oficina estaba cerrada, y no pudieron ofrecerme  el paquete de  información y bienvenida que acostumbran. Sin embargo la señorita de la recepción entregó,  en la mano y mirándome a los ojos, el  Programa de asistencia para los artistas

     La portada dice “Si estás confundido, extrañas tu casa, tienes ansiedad escénica o necesitas con quien hablar… Llámanos. Este programa puede ayudarte”. Muy bien impreso, en edición bilingüe  de inglés y francés, con dos números ochocientos y una página en la  red, Shepell.fgi (así se llama la prestación)  está  disponible las  24 horas del día siete días a la semana.

     Se trata de un servicio externo para empresas que brinda a los empleados atención psicológica, orientación nutricional y asesoría familiar,  para que la vida de los trabajadores sea más plena.  Es gratuito, discreto y voluntario para el usuario; a las corporaciones cobran una iguala al mes.  Hicieron una adaptación para el Centro Banff pensando en  el bienestar de quienes visitan y lo ofrecen  con mucha insistencia para que la residencia sea fructífera.  Qué exagerados, pensé,  pero si hubieran tenido  un  servicio así  en India  quizá no hubiera  padecido tanto.

    A este lugar vienen  cinco mil artistas al año,  de todo el mundo,  en estancias de menor a mayor duración, entre una semana y tres meses, en que se separan de su vida ordinaria para bien o para mal.  La labor artística  requiere hacer uso  de toda la materia interior del creador,  y si uno está frágil, que generalmente se está así para  trabajar, a la punta de la ola en algún momento le vendrá la cresta que  en un ambiente de encierro, sin referentes  de apoyo, puede ser muy duro.  Lo  normal es que los primeros días sean de ajuste pero si pasado algún tiempo no hay respuesta se está en un bloqueo creativo que generalmente lleva a la depresión.  Si esto sucede en los meses de invierno que no hay a donde salir a caminar  y con días muy cortos, el panorama  es terrorífico.

     Emmanuel, un grabador mexicano que conocí aquí, comentó que quería venir  y Diciembre y Enero  pero le negaron esa temporada porque tienen experiencia que para los latinos no son los meses más adecuados.  Uno de mis vecinos de colonia, un compositor canadiense, se  puso de lo más contento cuando cruzamos tres palabras porque llevaba  cinco días  en el centro y era la primera vez que hablaba con alguien, creía que se estaba volviendo invisible entre tanta gente; es difícil hacer  contacto personal en las comidas  para 400 personas  y mucho menos luego que  cada quien se encierra   a trabajar.  

        Ningún artista de los que conozco ha hecho uso del servicio, sin embargo nos da curiosidad. Entré a la página y se comprometen a contestar en menos de tres días hábiles, a mí eso no me sirve de nada; sospechamos que el servicio de teléfonos está en India y quizá nos conteste un tal Ramesh diciendo: Doncrai, doncrai, dey wil lov yur art.     

       A ojo de buen cubero durante el verano y principios de otoño hubo alrededor de 100  artistas en residencia de los cuales conocí a quince, unos  acababan de llegar o ya se iban, tuve mucha suerte y coincidí con otros casi toda la estancia;  además estaban los miembros de la orquesta  o ballet que  tendrían  función el fin de semana. Entre mezclado asomaba durante una semana un grupo de taller de voz o de clases de violín.  Así aparecieron y desaparecieron un ejército de artistas, ejecutantes, técnicos y empresarios.  Un movimiento  altísimo y veloz de población que confunde hasta al más peinado.

        La verdad es que los primeros días me sentí perdida, aunque me gusta y necesito estar a solas extrañé a mis queridos y me hacía falta compañía. Hace mucho no me sentía en una especie de abandono.  Gracias al skype, las clases de yoga, los  amigos que empezaron a aparecer,  y que  me puse a trabajar  a la semana la cosa marchó bien.  Pero justamente hoy, que escribo este texto, me encontré con un pintor japonés a la hora de la comida.  Le pregunté si estaba bien y respondió con silencio. Me senté a su lado y vi que tenía los ojos aguados. Very sad, dijo al tiempo que subía y bajaba los hombros  de llanto. Y como para  eso de las lágrimas  me pinto sola, como si yo también sintiera lo mismo,  lo tomé de la mano y lloramos por su soledad, porque ya tiene tres meses aquí, por que sus  amigos se fueron, por la nueva novia que se marchó. Lo invité al cine y a pasear, agradeció pero no aceptó. Le di el volante  de asistencia para los artistas que guardé en el buró.

 

 

No hay comentarios.: