domingo, septiembre 30, 2007

La vida idílica

 

La vida idílica, que no sucede, en Banff

 

--Nosotros trajimos raquetas de squash.

--Yo eché al bolso Cien años de soledad.

--A mí no se me ocurrió empacar chamarra.

--Yo traje aletas y visor.

--Yo, una caja de condones.

 

Cada quien viene preparado para la vida  que cree que serán  sus semanas de residencia. Hay tantas expectativas puestas en ello. En parte por las referencias de otros artistas, por el tiempo de espera,  porque será un espacio privilegiado, quizá una oportunidad única en la vida.   Lo único por resolver es  nuestro trabajo creativo y lo demás serán horas libres para leer, jugar, salir a caminar, encontrar al amor de la vida.  Y sí, los primeros días de adaptación da tiempo de ir a la biblioteca, leer, ver películas, hacer amigos, ubicar a los feos y a los guapos,  trabajar un poco. Pero el tiempo opera sus misterios y de repente, diez o quince días después,  se va volando: ya sólo hay oportunidad para el proyecto que cambia cada día  y alguna otra cosa además de comer que no incluye eso que habíamos planeado.

   ¿A dónde se fue la vida idílica en Banff? Al gozo de lo inesperado, a la dicha de las nuevas amistades, a las actividades culturales y conciertos, a subir montañas, a las pláticas que nutren el corazón y la cabeza, a reflexionar sobre los proyectos de otros y nuestra obra. Hay que estar abiertos   a las posibilidades, los cambios suceden y las prioridades se reordenan. No sabíamos que todo esto iba a suceder ni que  prestaran aletas, chamarras, discos, devedes, libros; ni que rentaran raquetas o regalaran condones como si de dulces se tratara. Banff es el lugar con más enfermedades transmitidas sexualmente en toda Alberta y el millón de personas que pasan por aquí al año regresa a casa con un poco más que tierra en sus zapatos.

    Ningún artista termina su trabajo como esperaba aunque los puntos de partida sean interesantísimos: música que evoca el canto de las dunas, una  instalación acústica con el sonido de bicicletas, fotografiar el cielo todas las noches sobre la misma exposición, el guión sobre la vida de un ajedrecista, trabajar con mapas inventados sobre referentes reales, honrar la amistad de dos mujeres durante la guerra. El trabajo toma nuevos giros, con suerte madura y mejora. La tierra y  la gente hacen sus  efectos  y de eso también se trata: de dejarse nutrir.  A veces, la mejor producción sucede después de la estancia.

     La vida idílica que sí sucede es que sólo nos dedicamos a la obra y eso es un privilegio dichoso.  Quizá una centena de los cinco mil artistas que pasan  aquí al año naden, lean, se enamoren, jueguen squash, y concluyan su proyecto tal y como lo habían planeado.   La mayoría trabajamos muchísimo, yo hice lo que en México haría en 8 o 10 meses,  y regresamos con regalos que no estaban contemplados. 

 

 

miércoles, septiembre 26, 2007

La ballena

 

 

La ballena

 

El pretexto para venir a Banff fue escribir una novela de ballenas; como nacen y se reproducen en México pero se alimentan en los mares de Canadá de algún modo tienen doble nacionalidad, y  habiendo germinado la idea en México qué mejor sitio que este para terminarla.  

   Escribir la novela  fue lo que surgió después de un viaje a Revillagigedo,  la semana santa del 2006, en el que tres días el mar  y las corrientes nos juntó al barco de buceo en el que iba con una ballena y su ballenato.  La vi desde superficie, bajé y estuve a la altura de sus ojos, la vi brincar, girar, estar ahí en la plenitud del agua.  Esa experiencia ha sido uno de los regalos que más atesoro en mi vida y supe que algo de ahí quería llevarlo al papel. Regresé a la ciudad, investigué  todo lo que estaba a mi alcance sobre cetáceos en cuanto a biología, etología, música, mitología, literatura. Así fue como llegué a la conclusión que estaba escribiendo una novela de ballenas, y ese fue el error del que un año después me di  cuenta.

   El verano de 2006, en perfecta sincronía, recibí un correo que notificaba la liberación de una ballena de una red de pesca en las costas de San Francisco, California.  Ahí ya estaba la anécdota. Luego, siguiendo un poco el tema de Luz en los ojos de Isabel,  lo relacioné con la matanza de mujeres en México. Mujeres y ballenas impunemente asesinadas en el país que vivo. Ahí ya estaba la metáfora y el compromiso.  Así que en una especie de maratón veraniego me senté en la casa del mar, con la presencia de mi sobrina Alexa, a escribir el primer borrador de la novela. Lo dejé abandonado durante un año porque se atravesó el viaje a India y el libro que escribí allá.  Fue en Nueva Delhi, precisamente, que me notificaron de la residencia en Banff y ya vine muy dispuesta a terminarla. ¿De dónde saqué  ciertos  nombres, de dónde la idea de la marcha mundial de las mujeres? A mí misma me sorprenden mis textos. Estaba mucho más avanzada que lo que creía, pero cuando estaba leyendo el borrador me quedé dormida. ¿Estaba yo cansada o era tan aburrida la Voz azul?

    Como en cualquier escritor mi trabajo es disparejo, textos mejores que otros, algunos con mejor fortuna pero  no sabía qué era lo que me pasaba con la voz azul.  A los quince días de haber llegado estaba terminada, completa, la primera versión. La imprimí, la di a dos amigos para que la leyeran  y quise olvidarme de ella. Me concentré en el diario de viajes, en los cuentos que he encontrado por acá.  Tenía más dudas que certezas.  ¿Será de veras una novela, será un poema, un canto a ese instante milagroso con 50 páginas de sobra, le hará falta más acción? Esta es la quinta novela que escribo y  hacerlo no es más fácil que la primera vez.

   Me doy cuenta que escribir no es contar una historia que sé ni inventarla, se trata de descubrirla. Y todavía hay partes en voz azul que son un misterio para mí.

   --¿De qué trata tu novela?  --me preguntó un escritor indocanadiense.

 Estaba a punto de contestarle en automático que de ballenas pero reflexioné antes de abrir la boca. No sé de que trata,  me di cuenta.  Sabía la trama, qué cuenta, los personajes, la voz narrativa, pero no el tema. ¿Qué quiero decir con todo esto?

  --Creo que del perdón –dije muy despacio y hasta que no lo pronuncié no cayó el peso  de esa revelación en mi cuerpo.

      Estoy escribiendo una novela del perdón y el pretexto es la ballena.  La ballena es el vehículo, la excusa, para  subir a cinco personajes a un barco  y que cada uno resuelva sus cuestiones. Cada personaje busca remediar, claro está, un asunto mío.  Es fácil que Ámbar, la personaje principal, sea la qué más tiene de mí; es mujer, fue periodista, bucea,  hace cuatro años mataron a su única hermana. Otra vez, de otro modo, estoy trabajando con la muerte de mi hermano. Pero está el capitán, un hombre de casi sesenta años que busca cómo encontrar un lugar para el mar y para el amor en su vida, no quiere elegir, sólo acomodar de manera armoniosa; y ese también es mi deseo. Está Daniel, el amigo  de Ámbar,  en esa relación tan plena de amistad que da miedo echarla a perder con las ganas del amor: he estado ahí, fantaseando con un amigo y  cobardemente prefiriendo tenerlo para muchos años que un amor por unos meses o quizá para más. Está Arión, el   galán de la novela, viajero, guapo,  comprometido con el medio ambiente,  dispuesto para Ámbar.  Él es la posibilidad del amor en mi vida, si logro que él y Ámbar encuentren el valor para estar juntos.  Está Mora, la mujer indígena  guerrera, que acierta un modo de hacer la vida aliada solamente con mujeres, que huye de los hombres. También esa es un parte mía, mi vida  construida con mis amigas del alma. Todos los personajes soy yo. En la medida que ellos solventan algo mío también se transforma. Las horas de investigación acerca de los cetáceos era el trabajo de apoyo que necesitaba para conocer  a otro de mis personajes, pero no el central. Son horas de respaldo.

   --Mis personajes me persiguen, son mis diablos –confiesa orto escritor.

   --Son mis sanadores –contestó yo --. Ellos hacen por mí el trabajo de mi espíritu, con esa intención los muevo y viven, para sanarme, para mejorarme la vida.

    Marcela Guijosa escribe un correo con los comentarios de la novela: lo que cree que funciona y lo que no. Qué claro se ve el bosque desde fuera y yo aquí perdida, literalmente, entre los árboles.  Además sus palabras viajan con tanto cariño que me hacen llorar.  Carlo Corea pone toda su inteligencia  visual y una mañana nos sentamos a desayunar con el borrador en la mano. Me gusta oír  su claridad en imágenes, cómo la filmaría si fuera película.  Sugiere otro  barco para que haya más acción, la idea me tienta.

   Puedo regresar a la novela: le quito 10 páginas, hago amarres por aquí y por allá. El texto ha crecido una enormidad sin embargo falta resolver  a Natalio, un pescador que es  la representación del antagonista: mata por ignorancia, por hambre, porque allá lo llevan las circunstancias. Es el personaje a quien tiene que perdonar Ámbar para hacer las paces en su corazón.  En  términos de la novela está claro pero no tengo la fuerza para hacerlo.  Me doy cuenta que antes que Ámbar lo tengo que hacer yo: hacer una lista de los antagonistas en mi vida y perdonarlos para estar en paz. Entonces el problema ya no es cuestión creativa, tengo que entrar a esa dimensión de mi espíritu  y requiere tanta fuerza que no sé cuando pueda hacerlo.

   Hago las clases de yoga con esa intención, recojo piñas y armo una pequeña constelación en el escritorio de madera del estudio. Miro a los personajes, trato de acomodar a Natalio fuera del grupo, en otro barco. Veo que tiene que  estar ahí entre ellos. Viene Alister al estudio, un empresario inglés  que trabaja con los procesos artísticos en las corporaciones, tenemos las mismas referencias, es un gozo hablar con él.  Mira las  piñas y entiende de qué se trata.  Le pido que intuitivamente mueva una pieza: creo que encuentra  el lugar donde debe ir.

   A siete días antes de partir  me siento lo suficientemente fuerte y clara para terminar, es sólo el último empujón. En tres días  está arreglada, corregida, leída en voz alta e impresa en mi altar.  Cuánto milagro.  Gracias Dios y a todas las fuerzas que me trajeron aquí. Ya está.

    Amanezco al siguiente día ya sin pensar en mis personajes, liberada, después de casi dos años de haber vivido con ellos.  Hay algo de ligereza en mi cuerpo, en mi ánimo. No es sólo la satisfacción de cumplir un objetivo, es algo más íntimo: los cambios que en mí están operando.  Voy a conocer el Lago Louise, camino  con la voz azul como compañera pero ya no como un peso. Nos hemos separado. Ella ya es ella,  un ser independiente de mí que pronto encontrará su destino hacia un libro, una filmación. Yo vuelvo a ser yo, con espacio libre para dejarme habitar aquello que me toque escribir en el futuro. Amén.  

 

sábado, septiembre 22, 2007

El respeto

El respeto

 

  Viajo en carretera. Voy en  la parte trasera de una camioneta, un grupo de artistas salimos en excursión  guiada a British Colombia a conocer los Paint Pots. Para mí todo es novedad:  las manchas blancas de las montañas que no sé si son hielo o nieve;  las bardas de maya ciclónica que delimitan la autopista para evitar el atropellamiento de la fauna: es su principal causa de muerte; los  túneles  o puentes  para que los animales  crucen; el color azul de los ríos.

 --¿Qué es eso? –pregunto a la guía.

 Veo una montaña de tierra café clara con  enormes postes grises  clavados como palillos. ¿Son árboles, son pilotes?

--Pinos, lo que queda de ellos. Hace cuatro años hubo un incendio.

  Dios mío, cuánta devastación,  kilómetros y kilómetros de este cementerio en pie. Quiero averiguar más  pero ya alguien pregunta otras cosas.  Finalmente se cuelan mis  palabras, ella contesta.

    --Los policías controlaban el tráfico para  evitar bajas humanas pero a mí me gustaba venir a verlo. Es tan impresionante  --dijo en tono casi romántico.

    --¿Cuánto tiempo duró? 

     --Dos meses.

     Espero a que lleguemos a nuestro destino.  Son tres ojos de agua, cada uno de distinto color:  rojo, amarillo y verde  dependiendo  la cantidad de óxido en la tierra.  Los nativos  creían que el espíritu de  los animales vivía en este sitio, mezclaban aceite de pescado  con el barro  para hacer pintura que utilizaban en  ceremonias,  ropa,  casas.  De ahí su  nombre.

   Aprovecho el regreso para platicar con la guía. Explica que durante muchos años los guardabosques trataron de impedir  y en su caso controlar quemas. Con el tiempo han reconocido que el fuego juega un papel muy importante en el ecosistema y que  su presencia es benéfica para la tierra: la ceniza nutre el suelo, las semillas de pino contorta  sólo se abren en temperaturas extremas  y para que haya nuevos árboles  necesita haber incendios, crece un laurel rosa de hasta dos metros de largo  que en contraste con los troncos negros hacen del paisaje una delicia.

   --De cualquier manera, mientras el incendio avanzaba el debate sobre si apagarlo o no  fue muy intenso.  Se acordó en  detenerlo, excavaron una franja de  500 metros de ancho a lo largo de la montaña para que el fuego ya no tuviera que consumir y  con ello se delimitó el espacio.

      --Lo importante --continúo-- es que las llamas estén  controladas, lo cual también es muy difícil porque el aire puede llevarlo a donde vive gente o hay fábricas.  Intervenir y no intervenir con la naturaleza siempre es un riesgo. La tierra sabe cómo regenerarse, sólo que toma un tiempo que para nosotros es muy largo y que para ella  es  un pestañeo.

        El regreso del viaje voy en silencio: cómo se respeta al supuesto depredador si no es con la conciencia de que todo es parte de un ciclo de crecimiento. En mi vida diaria huyo de aquello que pueda quemarme. En el sentido  metafórico no dejo que el calor y las cenizas hagan su trabajo, les huyo.  Tantas cosas nuevas florecerían en mí. Supongo que ése es el asunto de  rendirse al que se refieren los budistas,  entregarse, dejar que el flujo de la vida  corra.  

    --Mira –dice la guía. Es un bosque  de árboles bajos, junto a cada pino sobre sale una aguja gris--. Aquí hubo un incendio hace cuarenta años. Algunos árboles persistieron  del mismo modo que hay gente que sobrevive a pesar de quemaduras. Aunque la mayoría murieron  observa todo lo que germinó.

    En efecto, ahí hay un bosque nuevo. Qué vida no está diseñada así, queriendo o sin querer. Es cuestión de  saber recibir el incendio y la renovación. 

miércoles, septiembre 19, 2007

Asistencia para los artistas

Asistencia para los artistas

 

Cuando llegué al Centro Banff para las Artes era de noche, la oficina estaba cerrada, y no pudieron ofrecerme  el paquete de  información y bienvenida que acostumbran. Sin embargo la señorita de la recepción entregó,  en la mano y mirándome a los ojos, el  Programa de asistencia para los artistas

     La portada dice “Si estás confundido, extrañas tu casa, tienes ansiedad escénica o necesitas con quien hablar… Llámanos. Este programa puede ayudarte”. Muy bien impreso, en edición bilingüe  de inglés y francés, con dos números ochocientos y una página en la  red, Shepell.fgi (así se llama la prestación)  está  disponible las  24 horas del día siete días a la semana.

     Se trata de un servicio externo para empresas que brinda a los empleados atención psicológica, orientación nutricional y asesoría familiar,  para que la vida de los trabajadores sea más plena.  Es gratuito, discreto y voluntario para el usuario; a las corporaciones cobran una iguala al mes.  Hicieron una adaptación para el Centro Banff pensando en  el bienestar de quienes visitan y lo ofrecen  con mucha insistencia para que la residencia sea fructífera.  Qué exagerados, pensé,  pero si hubieran tenido  un  servicio así  en India  quizá no hubiera  padecido tanto.

    A este lugar vienen  cinco mil artistas al año,  de todo el mundo,  en estancias de menor a mayor duración, entre una semana y tres meses, en que se separan de su vida ordinaria para bien o para mal.  La labor artística  requiere hacer uso  de toda la materia interior del creador,  y si uno está frágil, que generalmente se está así para  trabajar, a la punta de la ola en algún momento le vendrá la cresta que  en un ambiente de encierro, sin referentes  de apoyo, puede ser muy duro.  Lo  normal es que los primeros días sean de ajuste pero si pasado algún tiempo no hay respuesta se está en un bloqueo creativo que generalmente lleva a la depresión.  Si esto sucede en los meses de invierno que no hay a donde salir a caminar  y con días muy cortos, el panorama  es terrorífico.

     Emmanuel, un grabador mexicano que conocí aquí, comentó que quería venir  y Diciembre y Enero  pero le negaron esa temporada porque tienen experiencia que para los latinos no son los meses más adecuados.  Uno de mis vecinos de colonia, un compositor canadiense, se  puso de lo más contento cuando cruzamos tres palabras porque llevaba  cinco días  en el centro y era la primera vez que hablaba con alguien, creía que se estaba volviendo invisible entre tanta gente; es difícil hacer  contacto personal en las comidas  para 400 personas  y mucho menos luego que  cada quien se encierra   a trabajar.  

        Ningún artista de los que conozco ha hecho uso del servicio, sin embargo nos da curiosidad. Entré a la página y se comprometen a contestar en menos de tres días hábiles, a mí eso no me sirve de nada; sospechamos que el servicio de teléfonos está en India y quizá nos conteste un tal Ramesh diciendo: Doncrai, doncrai, dey wil lov yur art.     

       A ojo de buen cubero durante el verano y principios de otoño hubo alrededor de 100  artistas en residencia de los cuales conocí a quince, unos  acababan de llegar o ya se iban, tuve mucha suerte y coincidí con otros casi toda la estancia;  además estaban los miembros de la orquesta  o ballet que  tendrían  función el fin de semana. Entre mezclado asomaba durante una semana un grupo de taller de voz o de clases de violín.  Así aparecieron y desaparecieron un ejército de artistas, ejecutantes, técnicos y empresarios.  Un movimiento  altísimo y veloz de población que confunde hasta al más peinado.

        La verdad es que los primeros días me sentí perdida, aunque me gusta y necesito estar a solas extrañé a mis queridos y me hacía falta compañía. Hace mucho no me sentía en una especie de abandono.  Gracias al skype, las clases de yoga, los  amigos que empezaron a aparecer,  y que  me puse a trabajar  a la semana la cosa marchó bien.  Pero justamente hoy, que escribo este texto, me encontré con un pintor japonés a la hora de la comida.  Le pregunté si estaba bien y respondió con silencio. Me senté a su lado y vi que tenía los ojos aguados. Very sad, dijo al tiempo que subía y bajaba los hombros  de llanto. Y como para  eso de las lágrimas  me pinto sola, como si yo también sintiera lo mismo,  lo tomé de la mano y lloramos por su soledad, porque ya tiene tres meses aquí, por que sus  amigos se fueron, por la nueva novia que se marchó. Lo invité al cine y a pasear, agradeció pero no aceptó. Le di el volante  de asistencia para los artistas que guardé en el buró.

 

 

lunes, septiembre 17, 2007

MOntañas

 

Las montañas

 

Las montañas me cautivan. Las veo  con la sorpresa de quien  nunca antes las ha visto. Siento su presencia en mi cuerpo, escucho su aire, no hay sesgo en que pueda  evitarlas. La luz juega en sus ángulos, marcan perfiles caprichosos en el  cielo. Ahí están, imponentes, hermosas. Ahora las percibo así, los primeros días me pregunté qué era lo había atrás de ellas, qué era lo que no me dejaban ver, hasta que de pronto se me aparecieron y las distinguí.  Qué imponencia.  No las reconocía  tan en medio de la vida.  Pero si la Ciudad de México es un valle, me digo, cómo que no me es familiar este paisaje.   Hago un repaso mental.  Las montañas en la ciudad dejaron de serlo para convertirse en cerros de concreto; los edificios altos quieren hacerles competencia.  Salgo a carretera por Toluca, Cuernavaca,  Puebla,  Querétaro:  crecen las unidades habitacionales, dinamitan los montes, no hay verde, ya no hay estas viejas espectadoras  de lo que sucede en la tierra.

    Banff también es un valle,  una planicie circular atravesada por un río de leche  turquesa. Por su circularidad  los nativos reconocieron que estaban en  área  sagrada, las montañas protegían del frío, el río quitaba la sed de ellos y sus animales.  En estos sitios vinieron a cazar y se establecieron los Kutenai, los Cree, los Niitsitapsiki o pies negros.  Un lugar perfecto para ellos hasta que llegaron el tren y los blancos. Conservaron la belleza de la flora y la fauna, barrieron a los nativos  como si de hojas secas se tratara, no servían para el parque nacional ni para la fundación del pueblo de Banff.  Ni siquiera su antiguo  nombre le dejaron.  

      En el pueblo ningún edificio tiene más de tres pisos y por cualquier lado, sin necesidad de alzar los ojos, las veo a ellas,  señoras de los valles; no son mujeres dormidas ni guerreros enamorados,  sólo las matronas que tejen el aire y miran tranquilas el paso de la gente. Las apodan las rocallosas.  Hace 85 millones de años  no estaban, la geografía de aquí era plana y pantanosa, habitada por  dinosaurios. Le tomó diez mil años al movimiento de la placa tectónica  formar  fallas,  crestas y picos. Hace  60 millones  finalmente apareció este enorme jardín de piedra que  25 mil años después fue cubierto  por la última glaciación.  Quedan los campos de hielo para recordarlo.

  Las montañas son de piedra caliza, grises. De pronto nieva y  cambia su faz, su ánimo, su mensaje. Son otras con  las espaldas blancas, su  hermosura  fría contrasta con el cielo azul. 

   Camino  por algunas veredas, subo a la cumbre y veo lo que ellas ven desde sus alturas, son las primeras que sienten el sol, quienes lo miran ocultarse. No conocía esta belleza que me cansa las piernas y roba el aire a media montaña. Por primera vez entiendo la pasión de la geología: entender estos colores y formaciones: una vida tan lenta y significativa.  Allá arriba, junto a un bloque de piedra de  muchas capas  y colores, dice  un geólogo:

 --¿Quieres realmente comprender estas montañas?

 Asiento

  --¿Sabes qué es esto? –señala la laja de colores terrosos.

Mira mi silencio.

 -- El fondo del mar hace miles de millones de años.

 

viernes, septiembre 14, 2007

Pinos rojos

Los pinos rojos

 

Pensé que  el otoño se había adelantado  cuando miré  de lejos la montaña. Es lo que más ilusión  me daba de venir en esta temporada:  el cambio de las hojas. Suspiré frente a la  alfombra verde con manchones marrón. Ahí estaba, según yo, ese tránsito que en  México es casi imperceptible.

    Mi estudio está rodeado de pinos, desde la ventana miro sus troncos grises y tengo que alzar los ojos para asomarme a su punta  que contrasta con un cielo azul.  Hay follaje verde y rojo.  Los veo bailar  la danza altísima del aire, no los  sabía  tan flexibles.  Bajo la mirada  hasta su base  y me detengo ante la cinta plástica  amarilla  que  señala a unos  y a otros no.  Investigo:  los pinos rojos son los marcados. Me acerco a leer:  pest zone.  Empiezo  a sospechar del otoño y la hermosura de los tonos.

       No sólo el follaje es diferente, la corteza  es notablemente distinta, en color, textura,  en el dibujo de sus  formas. Pienso que son árboles enfermos pero si están rojos es que ya están muertos.  Vive en ellos una plaga de  escarabajos descortezadores que se nutren de su savia. Los gorgojos necesitan proteger los huevecillos del frío y los  instalan entre la madera y la corteza donde se convierten en larvas, crisálidas, luego escarabajitos que buscarán un sitio donde hacer nido.

      Los pinos rojos están muertos de pie, me doy cuenta que la mitad del bosque es una tumba. Panteón sólo para los  pinos, reflexiono, es el hábitat idóneo para otro tipo de vida. La madera  sin  utilidad humana  es altamente rica en nutrientes para la tierra que absorberá cuando el árbol caiga en uno o en cien años.

   Conozco  a un pintor  canadiense,  ése es su tema de trabajo: el registro de los pinos rojos en  su país. Para él es metáfora de la enfermedad  social y el espacio que ocupa.  Con el calentamiento global los escarabajos, sin frío, viven más tiempo. Los enfermos, con medicina, también.  Pasamos varias tardes hablando  de ello. Pensamos en la agonía del árbol, el año que  tarda de pasar del verde al amarillo, al rojo. En silencio ambos tememos el dolor que eso implicaría en nuestras vidas, ¿dolerá a los árboles? Infierno para unos, incubadora para otros. Mientras hace sus cuadros y pasea en el bosque lee  La divina comedia de Dante. Quizá un infierno sobre la tierra y no debajo, dice.   Nos impresiona la belleza de la muerte,  el intercambio de una forma de vida por la de otros. ¿Un sacrificio  sin religión o la invasión de las especies?

       La plaga está expandida por el continente americano, pasó de ser emergencia nacional a  emergencia internacional.   No hay plaguicida  que acabe con el bicho y los bosques de coníferas están seriamente amenazados.   Las autoridades  locales harán una quema controlada de 7,900 hectáreas para impedir que siga avanzando. Hay más de  tres mil millones de pinos infectados.

     --Es como el sida de los árboles –digo a Eric, el pintor. Sus ojos azules no tienen fondo.

    -- La pregunta que me hago es qué tanto influye el hombre en ello. No hay manera de saber porque  como civilización no llevamos más de 150 años estudiando los bosques y quizá esto ha sucedido muchas veces miles de años antes en los eternos ciclos de regeneración de la naturaleza.

     --Influye pero no determina, supongo.

     --El problema de  creer que influenciamos es creer que lo podremos arreglar, esa prepotencia humana es horrible --dice él mientras miramos el bosque tras el ventanal. Las uñas de sus manos tienen restos de pintura.

      Me explica que pronto sucederá el cambio de las hojas, será visible un par de semanas, una  luz amarilla bañará  la montaña.  

    --Lo que sí es que estando ahí te pasan y sientes cosas  --dice aludiendo a sus estancias en el bosque.

    --Un lugar sagrado para los nativos.

    --¿Un lugar sagrado y enfermo o un lugar sagrado en renovación?

       Hay más preguntas que respuestas.  Alzamos la ceja. Somos tan pequeños frente a estas cosas. Volvemos a  mirar la montaña y cada quien se pierde en el silencio.  Pienso en la enfermedad y los enfermos en mi vida, el cambio de sus hojas  han sido grandes lecciones: dolorosamente han dimensionado mi paisaje con la belleza del otoño.  No sé qué piense él.

 

martes, septiembre 11, 2007

La luz

 

 

La luz

 

Lo que más sorprende de este lugar es la luz. Me maravilla. Una luz que son  muchas, produce sombras lilas, rosas, azules;  hace de una piedra gris una superficie ocre,  o  a media tarde la baña de pequeños tintes azules. Esta luz   movediza hace de un ángulo un milagro.  Admiro la liquidez con la  que se mueve, la particularidad de cada momento irrepetible. Es tan poderosa y sin embargo no deja huella. Se desvanece de un minuto a otro y ese  prodigio lo abandona para  resurgir en otra esquina de modo diferente.  ¿Cómo escribo eso que veo?  Casi estoy segura de  que no hay palabras. Porque lo que  he dicho no refleja  el volumen de la montaña, sus formas de varios picos, la nieve  en la punta, las nubes, el frío azul del cielo.

   Me asomo al estudio de los pintores. Tienen un pigmento azul hecho de lapislázuli y de acuerdo con la finura del molido obtienen distintos tonos que mezclados con agua harán una acuarela o con aceite  lograran un óleo. Pero cómo muelo la palabra  verde, cómo saco siete tonos de ese verde que aunque tenga apellido tampoco  conmueve.  Porque escribir  verde pino  o   verde lago no se asoma, ni por mucho, a eso que atestiguaron  mis ojos. Así un lienzo de  amarillo oro no produce el mismo efecto que si  yo escribo amarillo oro en todo un párrafo.

    Amarillo oro amarillo oro amarillo oro amarillo oro amarillo oro amarillo oro amarillo oro amarillo oro amarillo oro amarillo. ¿O sí?

   Entonces para hablar de la luz tengo que hablar de otra cosa, lejana de ella. Amarillo oro veo y pienso en la cara de un buda metálico, pulido, con esa sonrisa suave en los labios rojos que hacen más doradas sus mejillas y más clara la frente. Amarillo dorado como la alegría del trigo movido por el viento, a media tarde, cuando no es amarillo paja ni café claro.  ¿Es eso lo que vi? No.

   Explican que las tonalidades dependen de la capacidad del pigmento de absorber o reflejar la luz. Más grueso es el pigmento más luz refleja. Más  suave, como talco, menos luz absorbe y es más claro.  Busco una palabra para el amarillo ocre de la montaña, no encuentro. No es cierto que los escritores pintamos con palabras.  Bosquejamos y damos figura, pero será el lector quién de color con la luz de su mirada. 

     Me acerco a los músicos, hablan de la coloración de la voz, de la claridad del sonido, de la brillantez  del instrumento. Luz en el sonido que se expande cuando  el aire atraviesa la flauta, cuando el arco  cruza las cuerdas de la viola,  cuando sale por la garganta de la soprano. ¿Cómo digo eso?  Puedo hablar de los efectos del sonido en el personaje, puedo hablar de los efectos de la luz en una cara pero no puedo decirlos a ellos, no puedo imitar su voz, son otro lenguaje.  

  Esa luz  me hace sentir envidiosa de los pintores, de los fotógrafos, de los cineastas. No es cierto que una imagen diga más que mil palabras, dice cosas para las que no hay palabras; dice  blanco y negro para los vocablos de este texto.  

 

lunes, septiembre 10, 2007

El centro Banff para las artes

 

El centro Banff  para las artes

 

 

Acaba agosto y el internacional, multi reconocido y tres veces ache Centro Banff para las artes  adquiere la actividad cultural de   de San Martín Texmelucan.  Me explico.

    Con la vuelta del calendario y el fin del festival de verano el sitio efervescente, con vivísima actividad  artística,  oferta de espectáculos y sobre poblado que conocí, toma un paso tranquilo, como  el de una oficina en  vacaciones, con venados pastando, y  a lo más una decena de artistas por aquí y por allá.  

     Cuando estoy en un lugar de esta naturaleza, cultural  no geográfica, me pregunto sobre la visión y empeño de los fundadores, cómo convirtieron un sueño de esta índole en  empresa cultural. Gracias a ellos es que estoy aquí, entre cinco mil artistas y ejecutantes que pasan  al año. Digamos que este estudio, esta silla, esta ventana, fueron hechos para mí, para  que yo pudiera terminar mi novela, tecleara mis crónicas de viajes y encontrara  tanta gente significativa. Cómo se crean las bases para   florecer  de esta manera.  

   Una mañana desayuné junto al matrimonio Leighton, la colonia donde está mi estudio lleva su apellido.

   --Así que usted ha visto crecer todo esto –dije muy mona a la señora de cabeza blanca.

   --No, querida, yo lo hice crecer. 

    Me encantó su respuesta, sólo alguien con esa certeza pudo hacer esto realidad.

   El centro Banff empezó como un lugar para clases de teatro, en la época de entreguerras, gracias a un apoyo de la Fundación Carnegui de Estados Unidos.  Después  se convirtió en extensión universitaria de la Universidad de Alberta y un profesor

de pintura mudó su estudio, luego se anexó otro, y otro más. Para 1946 el gobierno donó el terreno donde hoy está asentado el campus conformado por 16 edificios que han ido construyéndose con el paso del tiempo, esfuerzos, donaciones, apoyo del estado, pero sobre todo con la conciencia de que un país  fuerte y sano, en términos de economía, comunidad y cultura,  necesita de líderes íntegros, creativos, cultos. ¿Por qué  en ciertos países nos parece un lujo esta necesidad básica?

     Aquí suceden   reuniones para  desarrollar la cultura de montaña  a  través de cine, literatura, fotografía,   investigación y discusión  de lo que eso significa.  Programas de  artes aborígenes, audio, danza, literatura, música, ópera, teatro, artes visuales, multimedia,  han hecho de este sitio uno de los enclaves para artistas de todo el mundo que nos enriquecemos  de la interacción y las muestras de trabajo. Hay conciertos, exhibiciones, espectáculos.    También existen  laboratorios y  programas de ciencias.    El departamento de geología en conjunto con el departamento de  tecnología móvil, por ejemplo, desarrolla caminatas  en las montañas  con je-pe-eses (gps) y teléfono celular donde en determinado punto del recorrido el transeúnte puede escuchar comentarios geológicos y de  paisaje. Una especie de visita guiada con teléfono, como en los museos, pero a medio monte.  Es un programa piloto,  fui parte de la muestra de prueba  y salí muy entusiasmada.    Ahora se ha abierto un espacio para ambientalistas, y  aquí están unidas todas estas especialidades que juntas, de algún modo, resuelven el mundo. Por lo menos el mío durante estos dos meses. De modo paralelo, empresas y  organizaciones usan el   lugar como punto de reunión para  congresos y conferencias.

    Otra mañana  que desayuné con los Leighton, Peggy, la señora, se acordaba de mi país y  oficio; entre los cientos de gente que saluda y conoce fue un gran detalle. Les di las gracias por todo,  ella sonrío con humildad.  Era su último día, regresaban a su casa en otra ciudad de Canadá.

    Otra tarde encontré a un grupo de gente mayor.  ¿Hay alguien que pueda dar información?, preguntó el señor.  Él y su esposa trabajaron aquí hace cincuenta años, cuando sólo había tres edificios, estaba totalmente perdido.  Expliqué lo que pude.

       Con el principio del otoño las actividades son otras, están más enfocados a las empresas y pronto se inaugurará el festival de cultura de montaña.  Los días son más cortos, hace frío en las mañanas y las noches. Quienes quedamos trabajamos más, yo  meto velocidad que sólo me quedan dos semanas.

 

 

 

jueves, septiembre 06, 2007

El cambio de las hojas

 

El cambio de las hojas

 

Está sucediendo, el cambio de las hojas. Apenas ayer me di cuenta.

--Mira esa nube amarilla a medio del árbol –comenté a una pintora amiga con quien caminaba.

--Es el otoño –dijo como si hablara de cualquier cosa, ella tan acostumbrada a registrar los cambios de luz.

     Me detuve a verlo: con que así es, de esto se trata. Anduvimos un rato más y cuando nos separamos volví al sitio. Ahí estaba el árbol, completamente verde apenas hace unos días y ahora con esa mota amarilla. Miro sus otras hojas que  empiezan a palidecer. Observo  a mi alrededor. No les ocurre a todos lo árboles,  recuerdo lo aprendido en la primaria, los pinos son  de hojas perennes y lo que más hay son pinos: ya distingo los contorta, de los douglas, de los oyameles. Es a los otros  árboles a los que sucede.  Pronto estarán  irremediablemente desnudos, sólo así pueden sobrevivir al invierno, sin verdor, con lo mínimo indispensable.

    --El cambio dura sólo una semana – había avisado otro pintor.

    Y sí, casi de un día para otro el follaje mudó el tono. Aguzo la mirada, hago un registro mental de árboles. No sé sus nombres genéricos, ignoro si son álamos  o hayas, pero para mí tienen apelativos particulares. El árbol que está en la puerta trasera de Loyd Hall, el árbol de la rotonda frente al Sally Borden Building, el árbol frente a la cafetería Kiln.  Estoy al pendiente de esto que sucede, es un  prodigio de color. Me  paro debajo del árbol,   alzo la vista, me dejo abrazar por esa sombrilla  móvil, ligera, cantarina. 

  Busco información: cambia el pigmento porque cambia el clima, los días son más cortos, baja la temperatura,  hay menos tiempo para la fotosíntesis, por tanto menos clorofila en las hojas. Hace 30 días, cuando llegué, había luz hasta las once de la noche; hoy a las nueve el cielo está cerrado. Un amigo explica que las hojas caen sencillamente porque no pueden pagar la renta y tienen que desalojar el edificio, me divierte el comparativo. Lo pienso bien y es terrible: he visto a   gente a media calle con todas sus cosas, las puertas cerradas de lo que fue su casa. Prefiero pensar en otra imagen. Dependiendo el árbol y el clima las hojas irán de amarillo pálido hasta rojo dorado si de maples de trata, el otoño de Banff es  amarillo limón. Después de un vendaval o una fuerte lluvia caerán  las hojas y nutrirán la tierra  con todas sus propiedades, por eso la hojarasca no se barre ni recoge, ahí está, volando de un lado para el otro, paseando por la montaña que de otro modo no podría conocer.   A  veces miro caer  una lluvia  ligera de hojas minúsculas que danzan con el aire.

   Viajan las hojas, pienso en mis viajes. Si viviera ochenta años estaría  en el  principio del otoño de mi vida. Volando de un lado al otro del mundo, haciendo estas crónicas. En mis manos y cara ya hay cambios de pigmento.  Supongo que no es casualidad que sea aquí donde descubro la primera cana en mi cabeza y sueño con las líneas  alrededor de los ojos que son inevitables. Quiero aceptarlas con la admiración con la que miro estos árboles, decirlo así: Está sucediendo, me está sucediendo.

 

martes, septiembre 04, 2007

El mundo desde aquí

 

El mundo desde aquí.

 

Llueve durante la noche. En la maña noto  gotas de agua  en cada rama de los pinos. Me detengo. Nunca había presenciado esa  suspensión del tiempo en que la gota no cae y por  arte la sostiene una ramita verde donde puede verse el reflejo de otra cosa, mi cara, el cielo.  Es un pino adiamantado, junto a otro, junto a otro.  A medio día el sol empieza a calentar y veo el  vapor que  se desprende de la madera del  balcón de  mi  estudio.  Un humo cristalino que se eleva como flama.   No había visto pinos de tantas edades y estilos juntos, no sabía lo fácil que los mueve el viento, allá arriba, en una danza vertical,  siendo tan fuertes  como para sostener casas y barcos. Nunca había visto pinos enfermos ni  tantos árboles naturalmente caídos.

   Me divierto con las martas, no conocía su agilidad ni curiosidad. No tenía el gusto de haberles sonreído. Un par de venados pastan afuera del estudio, cuando llego se vuelven a verme como diciendo ¿por qué tanto ruido? Veo su manchas blancas en la espalda. Al otro día  me detengo frente a una venada preñada, el volumen de su vientre y lo lleno de las mamas lo confirman. Cuando nazca tu bebé  tráelo para que lo conozca, digo en voz baja. En algún lugar del bosque un bebé venado respira por primera vez.

     Voy al comedor, observo a los comensales que hacen cola.  Todos parecemos gente  promedio. No hay cabelleras anaranjadas, pestañas azules, ropa estrafalaria. Ni muy gordos ni muy flacos. Normales   No vive el cliché de  los artistas. Generalmente los que visten de negro son músicos, no les vaya a agarrar el concierto; también es fácil identificarlos por las partituras o los instrumentos que cargan.   Por las manos con restos de pintura puedes identificar a un pintor. Los demás quién sabe quiénes somos. Ya sea el más picudo en su área o el más aficionado. No importa. Todo estamos trabajando.  Los más jóvenes  estarán en los veintes, los mayores en los setenta. Cada cual es un mundo, un mundo  intenso en expansión.  

     Me entretengo  con los embases de los alimentos, la información viene en inglés  y francés. Podría aprender francés, supongo.  Por lo menos el vocabulario y la ortografía.      

    Con la lluvia de ayer cayó un poco de nieve en la montaña de enfrente. Empiezo a ver las montañas. Cuando llegué pensé en lo que no me dejaban ver, en el horizonte que tapaban, sedienta de los espacios abiertos. Un día se me apareció su  contundencia, Dios mío, qué imponentes. Los efectos de la luz  en sus espaldas son indescriptibles con palabras. A  veces siento que estoy en medio de una tarjeta postal. Ya no me estorban, son el paisaje,  el gran personaje,  poco a poco su voz se convierte en maestra.

         Escucho  My heart´s in the Highlands  de Arvo Pärt; qué voz, qué melodía,   construye y derrumba. Apenas aquí descubrí su música, junto con el trabajo de artistas como Andy Goldsworthy o Eduard Brutinsky. Sus  imágenes me relacionan con la tierra de otra manera, qué talento, qué apertura.

     Vuelvo a mi estudio, una ardilla me espera en el puente.  A su lado los pétalos de las piñas verdes  están apilados. Ha comido mucho.  Me dan ganas de tocar la  piel de su panza abultada. La saludo. Ella  va a lo suyo; yo me siento a trabajar.  Miro tras la ventana,  me dan ganas de salir a caminar pero  el día de hoy prefiero quedarme guardada. Me doy cuenta que el frío me da miedo, me retrae, no quiero sentirlo en todo el cuerpo y sin embargo ya coqueteo con visitar la tundra  de Alaska. ¿Quién me entiende?  Me miro las manos,  la piel seca, son las mías pero aquí tienen otra vida, yo tengo otra vida. Nunca había visto  el mundo desde aquí. Escribo.

 

 

 

sábado, septiembre 01, 2007

Aboriginal Peoples Televison Network

Aboriginal Peoples Televison Network

 

Veo muy poco la tele. Mi sobrina Alexa se avergüenza de mi ignorancia cuando comentan sobre las últimas series, anuncios, o temporadas. No la veo porque cuando lo hago estoy pegada dos horas  a la pantalla, a veces sin encontrar nada interesante,  y cuando me retiro  estoy  más vacía que cuando me senté.   En mi casa tengo un televisor  de casi 20 años de edad que  sólo enciendo cuando rento o me prestan una película. Pero cuando salgo de viaje casi de manera inmediata prendo la tele para ver el mundo desde la pantalla con una sed que yo misma no reconozco.

   Lo anterior  para justificar que aquí estoy picada con el  canal 46 que se llama Aboriginal Peoples Televisión Network. Una cadena  nacional hecha por, para y  sobre los aborígenes  de las primeras naciones (amerindios canadienses), los inuit (esquimales)  y los métis (mestizos de  indios Cree, Ojibway y Salteaux  con británicos y franceses).  Su objetivo es dar a conocer a  Canadá y al mundo sus historias  a través de  documentales,  noticieros, series para niños,  cocina, programas educativos y barras de entretenimiento.  El 70% de los programas son producidos en Canadá por directores, guionistas, escritores y actores aborígenes, de los cuales el 55% se habla en inglés, el 15% en francés y el 30% en una variedad de lenguas aborígenes.

    Para que este proyecto saliera al aire  como cadena nacional en 1999, después de 20 años de ser un canal independiente,  hubo un referendo  y diez millones de personas (la población total es de 33 millones)  votaron por el incremento de 15 centavos  en impuestos para financiarla. 

    Prendo la televisión en la noche,  a las 10 que es la hora de la película,  ofrecen un filme  donde  hay personajes  aborígenes, montañas y  muchos animales.   En cuanto al fenotipo  de los actores si no  fuera por las plumas o las pieles no podría distinguir entre  un hawaiano, un chino asoleado  y un esquimal, incluso hasta cierto tipo de mexicanos.  Pero  el tema ya define todo. Una serie se llama Mocasines planos y la acción se ubica en una región en Regina del mismo nombre.  Otra serie se llama Canadian Geographic  y se concentran el alces, osos, águilas.  La otra tarde me entretuve  con un programa para bordar y hacer joyería hablado en sabecuál lengua pero doblado al inglés.  Los “tipi tales”, que no he podido ver, es un programa para niños hecho con títeres que ilustran las siete enseñanzas sagradas de la espiritualidad aborigen que me moriría de ganas de conocer.  En el programa “Visita a los mayores” los viejos son los sabios que pasan el conocimiento a las nuevas generaciones, portan su ropa tradicional y hablan su lengua.  Los noticieros entrevistan al jefe  del tal región que  también tiene una plaza en el  senado, o a los maestros  aborígenes y sus problemas en la educación.   El programa de cocina lo conduce un chef de nombre Woolfman, no invento nada, y comenta sobre guisos con carne de Caribú, conejo, ciervo. Todos son gente orgullosa de su raza y no tratan de teñirse el pelo de rubio ni operarse la nariz o las arrugas, mucho menos tener el cuerpo de Barbie. Son normales, preciosos, con la belleza de la vida  entera que acepta las diferencias.

      Sobra decir que el tema me parece muy interesante,  a pesar de la localidad o precisamente por eso, y que lamento que en México no haya una empresa de esta magnitud  e importancia, con presupuesto y visión, para la riqueza indígena. Así que  cuando enciendo el televisor de mi cuarto lo primero que hago es asomarme a ver qué ofrecen en  APTN: me entero de que hay bosques de salmón, lo importante de no prevenir incendios,  los retos que enfrenta esta cultura,  y hasta cómo hacer un atrapasueños.  Lo que ya sé de seguro es que  hombres  y mujeres saldrán  con el pelo largo y lacio como la lluvia, habrá muchas montañas y nieve, caballos y camionetas  pick up al por mayor, según la época,  y  los niños sonreirán harto.