miércoles, agosto 08, 2007

Voy-vengo

Voy vengo 1.

 

Otra vez estoy de viaje.  ¿Qué busca mi espíritu que me lleva a tantas partes? ¿Qué quiere que no pueda obtenerlo en el sitio donde vivo, en mi colchón de  doce años de edad, en mi sala vieja pero recién tapizada, en el lugar donde llegan mis amados a comer un plato  que sale del horno de mi estufa?

Escribo en mi libreta para estos propósitos, no es nueva,  tiene apuntes de Tailandia: los garabatos de mi último viaje largo. Entre sus páginas  encuentro una hoja que recogí del piso en un monasterio de Vietnam, la tomé porque  caía justo al tiempo que se elevaba  la risa de mi madre por el aire.  También encuentro un oráculo que tomé en un templo de Laos, ignoro lo que dice, me divierten la redondez y lo incomprensible de sus trazos.

  Estoy en el aeropuerto, son las cuatro de la mañana,  transcurren las horas de nadie:  no me he ido pero todavía no emprendo el viaje. Este es el momento para hacer una pausa y  preguntarme porqué mi espíritu me lleva a tantas partes. Le agradezco su impulso que me pasea como nadie. Saco el libro que una amiga me regaló de cumpleaños, empiezo a leer pero más bien quiero escribir.  Tomo el cuaderno, sonrío cuando recuerdo a mi amigo Xavier: “Que tú finalmente tengas tiempo para escribir no quiere decir que yo tenga todo el tiempo para leerte”, dijo cuando nos despedimos una semana antes de partir, “mándame tus textos, veré si puedo seguirte el paso”.   Voy a escribir a Bannf, de eso se trata esta experiencia  de casi tres meses. Qué poderosas  las palabras que me llevan hasta las montañas del norte del continente.

   Frente a mí una mujer que también viaja sola me sonríe, ambas vestimos pantalón, saco y zapatos negros,  el uniforme de las viajeras, sólo que ella usa zapatos de tacón  con los que yo jamás andaría una cuadra.  Rumbo al avión miro a una mujer joven andar con el vestido de novia puesto. Contrasta la prisa de sus pasos, la mochila en su hombro, con la vestimenta blanca que arrastra por el pasillo atestado de gente. Casi todos se vuelven a mirarla con un gesto cómplice. Ese sí que  es otro viaje, refelxiono.

    Tomo  asiento en el avión, sostengo la pluma y empiezo a escribir. Ya empezaron las preguntas. Abro los ojos y el corazón: espero las respuestas.

 

  

 

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