sábado, agosto 11, 2007

Las primeras 24

Las primeras 24

 

Aterricé en la Ciudad de Calgary, previa escala en Los Angeles, a las cinco de la tarde. Compré un boleto de camión para Bannf y esperé hora y media  su partida.  Dicen que Calgary es la ciudad con mejor nivel de vida en el mundo, en lo que a salud y bienestar se refiere, según la encuesta realizada por Mercer Human Resource Consulting  en la que comparó  215 ciudades y  donde el Distrito Federal obtuvo el lugar 211; la ciudad 215 es Bakú en Azerbaiyán.   En el aeropuerto vi juegos para niños en las salas de abordar; adultos mayores bien humorados  y cariñosos con tejana de color rojo en el servicio de información; peluches, llaveros, fotos,  de alces por todos lados. Había  un letrero grande sobre el deterioro de las zonas húmedas y la necesidad de cuidar el medio ambiente. La vi de pasada, modernísima, con las afueras verdes y amarillas, como las praderas del viejo oeste, ganado pastando, caballos por aquí y por allá. No sabía que fuera así.  La frontera con Estados Unidos a veces me hace difícil  imaginar  cómo es el norte más allá de las barras y estrellas.  Puse mucha atención.

   En el camino vi montañas y más montañas, verdes y grises, a fuerza de pino y piedra, enormes, una tras otra. De pronto se soltó la lluvia, recordé que vengo prevenida para varios niveles de temperatura, del calor al fresco y al medio frío, pero nada de impermeables ni paraguas.  No pude lamentarme porque justo entonces se abrió un arco iris sobre las nubes grises y atrás suyo, como fantasma, salió otro más pequeño y pálido. Guau, cuánto milagro apenas llegada, me dije. Crucé el pueblo de Banff  atenta a la geografía que pronto me será familiar. A diez minutos  está el Centro Banff para las artes. Antes de llegar nos detuvimos porque en una esquina había un siervo, grande, café oscuro, de pequeña cornamenta. ¿Será sierva o venado o bebé alce? Deer es venado, Mouse es alce. ¿Exactamente cuál es la traducción de Elk? Concluí que necesitaba de una horas intensivas de Discovery Channel.

   Diecisiete horas  después de que salí de casa llegué al lugar donde viviré dos meses.  Un campus pintoresco e impresionante conformado por varios edificios: teatro, conservatorio, dormitorios, centro de investigación y multimedia, galería, estudios, salas de conferencia, salas de vestuario y maquillaje, restaurante, tiendita y gimnasio. Terminaba la función de jóvenes bailarines y rumbo a mi cuarto vi una  decena de adolescentes, hermosas, todavía con maquillaje en la cara. Me asignaron una pequeña habitación sin el menor chiste: neutra, con lo básico, decente digamos. Algo empieza a cansarme de los muebles claros de aglomerado, imitación madera, pero pienso en el cuidado de los árboles y me resigno.Tomé un baño y dormí hasta la mañana siguiente que amanecí  entre pinos y cielo azul. Desde mi balcón se  puede ver la ventana de uno de los salones de práctica del conservatorio, a lo lejos un trompetista  estaba ya en lo suyo. Hice una inspección del edifico y la zona; tramité mi tarjeta de artista residente y desayuné en una mesa de músicos con rasgos orientales que hablaban perfecto inglés.

     A medio día me asignaron mi estudio, donde se supone pasaré la mayor parte de tiempo, ubicado en la zona exterior del campus, la colonia le llaman ellos. Es el estudio 1, Heminway de nombre, pero no por el escritor sino por el arquitecto que lo diseñó. Es una cabaña  de madera, en-can-ta-do-ra, circular,  con baño, cocineta, computadora, teléfono,  y dos mesas que dan a un ventanal  que deja ver la largura de los árboles y  muchos tonos de verde. Hay un instructivo de qué hacer en caso de encontrarse con osos, alces, y jaguares. Dan por sentado que con los venados, hurones y aves no hay problema.  Nadie humano pasa por aquí. Literalmente estoy alejada del mundanal ruido lista para dos meses de escritura intensa. Que así sea.  Enciendo mi computadora y escribo estas líneas.

 

  

 

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