martes, agosto 21, 2007

Empezar a estar

Empezar a estar

 

¿Qué se necesita para estar plenamente en un lugar? No sólo aterrizar, acomodar las cremas en el baño, tener un par de conocidos,  andar las calles  de  la zona, familiarizarse con la vista, el idioma, y el tiempo. Es todo eso y más. ¿Cómo se hace un cuarto anodino mi cuarto, cómo un estudio se convierte en mi estudio, como una vida temporal y lejana a  mis hábitos, mis amados, mi geografía, se convierte en mi vida?

   Me comentó un pianista que envidiaba a los escritores porque nos es tan fácil, en comparación con ellos,  ejercer el oficio.   Desde su perspectiva tiene razón, no hay equivalente entre cargar  lápiz, papel y sentarse en una esquina  a  localizar un estudio con un piano; pero  la verdad es que  tampoco es tan así. Encontrar un lugar para escribir  puede no ser tan complicado, pero  encontrarse uno mismo, en cualquier lugar, para escribir tiene su mérito. 

     Mesas, libretas, plumas, computadoras,  enchufes, esquinas y asuntos que contar, la verdad es que sobran; pero esos momentos  en los que algo se ha digerido y finalmente sucede la claridad interior necesaria para ordenar una palabra después de otra hay que perseguirlos. No diría yo que se trata de andar tras las musas o esperar la inspiración,  sino más bien de estar. Cuando estoy  conmigo en un estado de reposo básico para encontrar paz pero de efervescencia suficiente para no adormecerme  puedo escuchar las palabras que salen de mi interior. Y ese estado de silencio interior y diálogo, de contemplación y acción,  a veces no sucede ni en el sitio más recóndito del planeta.  Así que en efecto, un escritor puede escribir en cualquier lugar donde  esté, pero donde esté él.  Yo he  escrito en las largas horas de espera en el bar del aeropuerto de la ciudad de México,  en mi oficina con un trabajador  a  lado que instala un piso de madera, en el estudio y en la sala de mi casa, en  el paraíso que es la casa del mar, en mi estudio en Nueva Delhi,  uno sitios evidentemente mejores que otros, pero aquí, en este lugar idóneo todavía no empiezo con la novela que vine a terminar.   

  Llegué al Centro Bannf para las artes hace exactamente  10 días.  Y aunque había venido todos los días a mi estudio  y había  avanzado el diario de viaje (es la primera vez que la computadora queda a más de 20 pasos de mi cama) no había podido  entrar de lleno en materia.  Puse  un calendario en el corcho de la pared  para marcar algunas actividades, colgué una imagen de la virgen de Guadalupe que traje para regalar, inflé la pelota con la que alterno  con la silla, compré un paquete de té,  abrí la computadora, saludé a  los pinos,  pero no encontraba dentro de mí  ese sitio que necesito para escribir.

    El domingo, justo a la semana de haber aterrizado,  fui a un paseo por el pueblo: una vez al año las casas históricas de la ciudad abren sus puertas para que se pueda conocer cómo fue la vida en sus inicios.  La  historia de  Bannf es la de pioneros que llegaron no hace más de 150 años, un accidente ferroviario los llevó a encontrar las aguas  sulfurosas por las que este lugar tiene su fama; las primeras cabañas,  que aún están de pie, son de espacio reducido para mantener la temperatura durante el invierno, hechas con piedra y madera, ocupadas por  gente  común; vive la presencia de los animales en los nombres de las calles; venden objetos nativos de los pies negros que moraron aquí mucho antes de que llegaran los blancos. Encontré, sin buscarlo, el contexto que necesitaba: aquí estoy, ésta es la montaña  que habito. Me di cuenta que lo que  faltaba era conectarme con el alma de este sitio: compré una vela,  recogí piñas caídas al pie de los pinos, después de mucho atender encontré dos plumas necesarias para mi altar.  Llegué al estudio e  invoqué al gran espíritu sobre una mesa: puse  las piñas y una piedra para enaltecer a la tierra, una taza con agua   para alabar a la lluvia y el río,  el par de plumas ennoblecen el aire y el viento que suena entre los árboles, finalmente encendí la vela para honrar al fuego y  al sol que sale en este lado del planeta. Tenía todos los elementos  en frente, junté las manos, dije una oración y di las gracias: aquí estoy, pronuncié despacio.  En eso llamaron una pareja de mexicanos cineastas con quienes empiezo  amistad; los invité a cenar, cociné arroz, saqué un dip de salmón.  Ellos trajeron vino y sándwiches de jamón de pavo, comimos en un ambiente íntimo  que necesitábamos para contrarrestar el ruido del comedor donde a veces sirven hasta 400 personas. Puse la mesa con lo poco que hay,   encontré unas varas secas que hicieron las veces de adorno  de centro, y por primera vez fui anfitriona en lo que en ese momento terminaba de convertirse en mi estudio.

   Finalmente empiezo a estar.   

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