jueves, noviembre 02, 2006

Puente colgante XV

 

Yoga

 

--Extraño mi cuerpo --expliqué a la maestra cuando preguntó cuál era el interés  que nos movía.

   Los otros miembros de la clase, embarcados por mi entusiasmo y estrenando experiencia,  no entendieron de lo que hablaba. La maestra  dijo, Comprendo.

   Hacía seis semanas que buscaba una manera guiada de hacer yoga pero los centros quedan retirados de donde vivo y apenas conseguí quien viniera  tres veces por semana de 7.30 a 8.30 de la mañana.

     Cuando era niña y dormía en casa de los abuelitos, me maravillaba ver el rito matinal de mi abuelo en sus ejercicios raros, silenciosos, parado de cabeza.  Me agachaba a la altura del piso para encontrarme con sus ojos y mirar cómo veía él el mundo desde esa altura. No tenía entonces energía para seguirlo ni entendía de lo que se trataba, así que sólo lo observaba en unas imágenes que recuerdo con claridad: el tapete con base plástica y cubierta de tela a cuadros que guardaba  el aroma mezclado  de su sudor y colonia, los puños de hule color naranja con que ejercitaba los brazos, los gestos de su cara cuando movía el cuello hacia los lados, el sonido marino de su respiración. Por lo menos cuarenta años de su vida practicó yoga todos los amaneceres.  Lo recuerdo  con tanto cariño. Más ahora que es  el invitado de honor en el altar de muertos que puse en mi corazón.

    A los 19 años  formalmente entré a clases de yoga, de cinco  a siete de la mañana, para de ahí irme a la universidad. Yo era otra mujer, me queda claro, y cuando ganó la pereza lo dejé. Hace  cuatro años por casualidad entré a una clase en el gimnasio en el que estoy y me llené de un gusto que hacía mucho no sentía. Me di cuenta que extrañaba mi cuerpo, que no estaba con él a pesar de vivirlo diario. Una experiencia que sólo así puedo nombrar aunque suene raro. Quise más y me hice alumna regular. Mi entusiasmo creció cuando se convirtió en maestra quien fuera alumna mía  en la preparatoria veinte años atrás, una  adolescente que me dio dolores de cabeza  y  que se convirtió  en la mujer hermosa que me lleva por estas rutas; mis amigos recientes más queridos han salido de esos encuentros de posturas comprometedoras y divertidas;  así que del modo más puntual que puedo  voy a clase. Tres horas, de las 168 que tiene la semana, son las únicas donde mi corazón, cabeza y cuerpo están en lo mismo, unidos. Pequeñas revelaciones vienen de esa experiencia.   

  Cuando llegué a India tenía claro que quería hacer  yoga en la tierra donde nació, con un guía que tuviera la tradición en la sangre. Finalmente conseguí una maestra de estilo Sivananda, con anillo en la nariz que canta una oración al empezar y concluir la clase. Se llama Suprerna. Pienso en  Gabriela, mi alumna-amiga-maestra, celebro nuestro encuentro en momentos tan distintos de la vida, bendigo las letras de su nombre.

   Lo que más  me gusta de esta práctica es la metáfora con la vida:  mientras más flexible el cuerpo, más flexible la mente; mientras más fuerza en los brazos más posibilidad de sostener nuestros hallazgos.  Una mañana la maestra dijo: Ríndete a la postura. Entendí algo que no había visto. No se trata de que yo haga yoga sino permitir que el yoga haga en mí: dejarme  habitar por las posturas y la respiración.  Rendirme a ser  canal y  que fluya  través mío lo que tenga que fluir. Me rindo a India y en ella. Me rindo a mí misma en mí misma, me dejo ir en esta clase, en aquella postura, en este viaje.

 

 

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