martes, noviembre 21, 2006

Puente Colgante 22

 

El correo

 

Mis esperanzas se desvanecieron cuando mi amiga Alejandra dijo que viajaba en clase turista como yo.  Ni modo de pedirle que se llevara una maleta con cosas que ya podían partir. Creo que también compró bastante y la dinámica de los  aeropuertos cada vez se complica más. Tendría que  enviar mis tiliches por correo.

     La mañana que puse en el mismo sitio todo lo que compré: libros, obsequios y algunos objetos para vender, me rasqué la cabeza por media hora. Eso no era una maleta sino dos. No me había dado cuenta: ciega de mí y un poco de la cartera.  Decidí enviar los libros por barco, tardan dos meses en llegar y cuesta una cuarta parte, las cosas más delicadas irían por mensajería aérea. Sabiendo que este país funciona de un modo poco convencional, por ser amable, dediqué una tarde a averiguar de lo que se trataba: dónde  estaban las oficinas, trámites y demás. Pero India nunca deja de sorprender.

   Empecé por los libros. Los paquetes no debían  pesar más de cinco kilos, entendí.  Una mañana salí al correo con  una maleta de libros, papel estraza, cinta canela y tijera para hacer los paquetes allá, una vez pesados los bultos. Me regresé. Cada paquete debe ir envuelto en tela, no lo reciben si no es así, y de preferencia los libros van en  cajas de cartón. Aprendí entonces que el límite no son cinco kilos sino 20. Con que hiciera dos paquetes medianos estaría bien. Conseguí dos cajas, compré la tela más barata que encontré en el mercado,  cera para sellar sobre las costuras. Esas son las instrucciones. Primero puse plástico dentro de la caja, luego los libros,  cerré con cinta canela,  envolví en  tela roja, cosí con la puntada que me enseñó mi abuela,  pegué los rótulos impresos en computadora. Fui a la oficina. La tela tiene que ser blanca, no aceptan otra.  La dirección debe ir rotulada en la  tela con marcador negro. Uta madre, como si fueran suizos estos cabrones.

  Regresé, compré algodón blanco, repetí la faena de la  tela, las costuras, la cera  sobre las puntadas, rotulé las cajas. En el correo tuve que llenar tres formas por caja y luego pegarlas con cinta adhesiva. No tengo,  dije a la señorita con los ojos aguados. Sacó un rollo de su escritorio y me lo prestó. Finalmente envié el paquete,  revisé la nota,  y vi que  al final del recibo dice I love my India. Lo juro.  

   La ropa fue otra aventura porque una vez ahí me dijeron que no aceptan maletas y tienen que revisar toda la mercancía. Saqué pieza por pieza en un puesto de un metro por un metro, con una docena de curiosos y testigos, mientras el señor escribía en un papel: un brasier, tres chales, dos kurtis, entre otras cosas. Me llevó más de hora y media mostrar todas mis pertenencias,  guardarlas en la caja, llenar la forma, pagar en efectivo (con una carrera al cajero automático de por medio), y salir de ahí sudorosa.

     Como me dijo  el poeta australiano que ha sido testigo de mis patoaventuras y que agradece el equipo que le dejé para que haga su envío cuando sea tiempo, creo que lo más difícil para ti en India ha sido el dengue y el correo, y la verdad no sé cuál haya sido peor. Yo tampoco.

 

 

 

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