lunes, noviembre 20, 2006

Puente Colgante 20

 

Empezar a cerrar.

 

Doce días antes de mi partida decidí que era tiempo de empezar a cerrar.  Despedirme de mis amigos indios, revisar los textos faltantes por enviar,   despachar una maleta para no cargar por indochina  aquello que no usaré por allá. Cerrar con cuidado aquello que tan generosamente la vida abrió para mí. Agradecer cada pieza del camino andado.

    Sarika hizo una reunión en su casa y me puso un collar de flores. Nos abrazamos por la amistad que nació en esta tierra. Quién sabe cuándo volvamos a vernos. Prometí venir a su boda si se casa con un indio, como pronostica el astrólogo. Fui al templo de Baba Singh a despedirme de Mary, le regalé la imagen de la virgen de Guadalupe que ocupó mi altar mientras estuve aquí. Recé con ella, di gracias por la fuerza que me llevó a este templo hermoso que es un jardín con la estatua del único cristo sonriente que conozco.  Preparé comida mexicana en casa de dos amigos escritores, compré en el mercado para diplomáticos frijoles negros, aguacate, arroz de morelos, elotes y calabacitas.

         Prometí abrir una cuenta de correo electrónico para mi amigo Shelly de once años, es de los cariños más fuertes por acá:  habla para ver cómo estoy, convida de sus papitas, me presta sus juguetes, a veces acompaña a su papá taxista a recogerme de algún lugar nada más para saludarme. Pospusimos dos veces la cita, una porque estaba lastimado del pie, otra porque su papá no podía llevarme a su casa. Finalmente nos reunimos un domingo a la hora de comer.  Me recibieron él,  su hermana y primos,  con pulseras de la amistad, dibujos, globos y mucha comida. Me hicieron masaje, bailamos, jugué  no sé qué cosa en la televisión, escribimos el cuento del día que nos conocimos. Al final saqué tres cuentas de correo, una para él y otras para  la hermana y el primo.  Le enseñé cómo funciona, escribimos el procedimiento en un cuaderno. Estoy segura que mantendré mi amistad por Internet.

   Organicé  sobres con propina para los trabajadores, rotulé sus nombres y  los adorné con un lazo tricolor y mexicano.  Hice cuentas de dineros,  revisé la hora de salida de mi avión.

    Me despedí de mis piezas de barro, agradecí la enseñanza de la tierra en mis manos. Aprendo  también a dejarla ir. Caminé en silencio por la residencia, desde que me dio dengue no había vuelto a recorrer el lugar.  Su  belleza no deja de maravillarme, aunque ahora lo hace con el aire frío del invierno. Los surcos que apenas labraban hace dos meses ya florecieron,  hay dos estanque más para flores de loto, el museo de textiles se inaugurará en un mes.  Todo eso ha pasado, me dije, todo esto me  he pasado.

  Me quedan 7 días, casi nada, sin embargo  tiempo suficiente para crear el  mundo. Espero no correr el mero día.

 

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