lunes, noviembre 20, 2006

Puente Colgante 19

 

 

Literatura India.

 

Llegué a Delhi con un solo libro: El dios de las pequeñas cosas de Arrr Roy, una de las piezas más famosas de la narrativa india contemporánea.  Decidí  que en mi estancia  aquí sólo leería autores locales. Nada mejor que esta tierra para asomarme a las historias que produce.  Saqué de la biblioteca una versión infantil del Mahabarat de 43 capítulos ilustrados, si leía uno por día, al final de mi estancia habría  revisado  el texto épico fundacional de esta literatura. Mi conocimiento de ésta  se reducía a la versión teatral de Brooks del Mahabharta, a Raj de, algo de la poesía de Tagore ,  dos novelas de  Naipaul y una de Salman Rushdie.

    Pedí ayuda a Vijay Misra, estudiante de literatura que trabaja en la oficina de la fundación. Hizo una lista de ocho autores encabezada por Tagore, Ruskhin Bond, R.K Narayan,  Malk Kay Anand, Satyajit Ray,  Kushwand Sing,  Vikram Seth y PremChand. ¿Qué son ocho libros? Así que con ánimo de comprar uno de cada autor me dirigí a la Feria del Libro de Nueva Delhi.  El librero que me atendió, un vendedor de primera, quería  darme  las obras completas de cada escritor. Expliqué que sólo quería conocerlos, que esos libros no llegan a mi país. Malo. Y bueno. Sacó un altero que tenía que leer. Así fue como llegué a  Juhmpa Lahiri y a  Housseni, este último la única excepción que he hecho de un autor no indio y que me ha llevado a recomendar el libro “The kaite runer”, uno de los tres mejores que he leído este año,  a diestra y siniestra. 

      Empecé  con Lahiri, Interpreter of maladies, una colección de cuentos que realmente me gustó. Una autora con nostalgia, ritmo, y anécdotas impredecible pero no en un afán de  sorpresa.  Después fui con Bond, The lamp is lit, un libro con piezas  autobiográficas sobre su trabajo creativo y viajes. Vi a  India y a su proceso de escritura.

    Después conocí a  Lalit Surjan, un poeta mayor y generoso que se convirtió en la puerta a mis amistades y complicidades en esta tierra. Le estoy por siempre agradecida. Dijo, Si buscas a autores contemporáneos tienes que leer  a Baby Halder,  A life less ordinary, y luego ve a verla, vive cerca de aquí, en casa de un amigo querido, Prabord Kumar. Fui a comprar el libro. (Digo nueve volúmenes no son muy difíciles de cargar. No tenía ni un mes aquí.)  Leí una autobiografía tremenda y poderosa, llamé por teléfono, fui a verla.  Tomé té en casa de Prabord, que resulta ser  nada menos que el nieto de PremChand, me enteré después, que si tuviera un equivalente en México sería como Juan Rulfo.  Nos hicimos amigos. Me visitaron cuando me dio dengue, pasé con ellos Diwali, cociné comida mexicana en su casa,   jugué con la hija de Baby y con su perro; conocí a cuatro  escritores más  en Kolkata  gracias a una llamada  de Prabord,  entre ellos a  Alka Saraogi, una  escritora prominente.  Prabord y Baby vienieron a la ofrenda de muertos que hubo aquí,  conocí a Urvashi Butala,  la editora de Baby.    Cuánta dicha los caminos que abre un libro, no sólo a la mente sino al corazón.

       Me recomendaron nuevos autores. Como para esas alturas ya pensaba en dar un curso de literatura india en México, compré los libros que conseguí traducidos al inglés.  Así pasé  por  Anita Desai y su novela corta Where shall We go  This summer. Cuenta muy pocas cosas, en tres partes, tarda en arrancar pero toma ritmo y profundidad. Me dormí con la novela cerca del final. Desperté a las cuatro de la mañana preguntándome qué habría pasado con la historia y la terminé a esas horas.  Anita Desai es la madre de la recién galardonada con el book prize Kiran Desai, The inheritance of Loss, que  espera para el avión de regreso. R.K. Narayan es un clásico de la literatura india, un cuentista de costumbres en narraciones de  lo más particulares dentro de su libro Under the Banyan Tree and other stories.  Satyajit Ray es un cineasta muy reconocido con un libro de cuentos que tuve dos veces, uno porque lo compré y otra porque me lo regló Prabord. Me quedé con el volumen dedicado y a mi vez regalé el otro.  De esta forma  empezaron a llegar a mi librero  Krishna Sobti, The Heart has its reazons; Mulk Raj Anand, Selected short stories; Amitav Ghosh, The glass palace; Manju Kapur, Difficult Daughters; Vikram Seth,  From Heaven Lake; Ambai, A purple sea; PremChand, Godan; y otros más que para hablar pronto y claro se reducen a 23 kilos que envié por barco hace unos días. Nunca la literatura me había pesado tanto.

    Me han gustado  los autores fieles a su mundo personal, a su india local  aquí o en el exilio, con su modo de ser y pensar.  Me revelan un mundo antes  ignorado. La belleza de la prosa no es tan fácil  porque leo  en la segunda o tercera traducción en un idioma, además, que no es el mío.

       Si entramos al tono académico quiero decir que hablar de literatura india es de lo más complejo, hay 62  lenguas y cada una tienen su propia tradición literaria que se mantiene de forma oral. Además están las lenguas mayores, los 22 idiomas oficiales, que imprime libros sobre todo en inglés,  hindi, Bengali, Malyali, Marati y Tamil.  Once mil años de historia y narraciones que vienen de dos grandes textos épicos: El Mahabahrat y El Ramayana.

    El mismo Lalit Surjan  me envío una lista de los grandes maestros indios  en distintas lenguas para tener el panorama completo: además de Premchand, Muktibodh, Niraalaa en Hindi; Tagore, Mahasweta Devi, Ashaapoornaa, Vibhuti Bhushan en Bengalí; Bindaa Karandikar, Arun Kolatkar, en Marati;, Jaykaantan in Tamil; U.R. Anantmurthi en Kannada; T. Sivasankar Pillai, Vasudevan Nair en Malyali.   Cuando me despedí de él me envió algunos poemas suyos traducidos al inglés: me quedo con la imagen de la amistad que florece los días  de lluvia como la tierra con el mozón.

 

 

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