lunes, noviembre 20, 2006

Puente Colgante 17

 

Obligada a ver

 

India obliga a ver. Creo que eso es lo que más me impresiona de este país, no hay modo de evadirse, tampoco hay maquillajes. Las cosas están ahí, golpeando la mirada: las dolorosas, las íntimas, las bellas.

  El mundo occidental ha procurado hacer de los asuntos personales cuestiones privados. En lo referente al cuerpo: el aseo, la expedición de ruidos bucales, estomacales o anales, la liberación de fluidos, orines y heces, la sexualidad, nadie debe verlos, ni uno mismo en la medida de lo posible: líquidos azules esconden lo que cae en los escusados, corremos  la cortina de la regadera, cerramos la puerta y cubrimos el cuerpo con una toalla al salir del baño, hacemos el amor a media luz. Las cocinas  tienen ventiladores y  aromatizantes. El canon de belleza y la artificialidad nos llevan a tatuajes y cirugías que pretenden esconder los años.

    Programas como El gran hermano (Big brother),  el uso de blogs donde la gente usa el ciberespacio para publicar su vida personal,  el anuncio en los periódicos de Sara di Muro, la norteamericana que pidió ayuda para perder la virginidad en público, pone en entredicho la división entre lo público y lo privado.

     En India  ese dilema no existe,  lo más importante es la colectividad y por tanto la colectividad es testigo de lo que sucede. No hay nada que esconder ni razones para hacerlo.

        El ejemplo  más  evidente  está en la sexualidad antigua, colectiva e intensa,  ilustrada en templos y libros a diestra y siniestra. El kamasutra es el texto indio más conocido en el mundo y el menos comprendido. En ese espíritu,  la gente mea, caga, escupe, se baña, y come en la calle, frente a todos. Sin pudor y sin ánimo de ofender a nadie.  Quienes se sientan a comer en la mesa  eructan en señal de  buen provecho, no se tapan la boca ni se disculpan al hacerlo. Es la reacción normal después de comer. Prefieren detenerse  en la carretera que ir a un escusado. No usan cortinas en los baños. En ese mismo tono, supongo, no  esconden los enchufes de luz ni cables; en algunas ciudades los drenajes son abiertos.  

     Lo mismo sucede con la opulencia desbordada  en palacios,  joyería, sedas, colorido. Es tanta que marea. Por otro lado la pobreza e inmundicia, kilómetros de indigentes y mutilados, de niños sufrientes y suciedad, desfilan en la calle. No hay disimulo, no tiene por qué haberlo.  Está ahí, multiplicado en mil millones de habitantes. Así es la vida y estamos obligados a verla en el esplendor de su abanico y  crudeza. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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