sábado, noviembre 11, 2006

Puente colgante 16

 

El orden de las cosas

 

--No entiendo por qué insisten en eso de  la ropa impecable, la ropa se mancha con el uso, es lo normal. La vida de las personas se nota en las telas que usan,  si no es como si su vida fuera falsa. Además si aceptamos las lavadoras, qué va a suceder con la casta de quienes lavan  –explicó una mujer a mi madre hace nueve años.

    Fue la primera vez que vine a India. Mes y medio de turismo, lugares hermosos en arquitectura y paisaje,  el ritmo, los olores, los campos de mostaza. Quedé enamorada. Tarde casi una década en volver. Ahora mi relación es de matrimonio: la amo y la odio el mismo día con diferencia de horas. A veces creo que podría vivir aquí, otras que jamás, nunca , ni de loca, me quedaba otro mes más. 

    En India el tiempo es flexible, anda calmo, hay para dar y repartir en esta vida y las que siguen.  La gente no se preocupa por la puntualidad ni por  la prisa. Lo que tiene que suceder sucederá  a su propio ritmo, con o sin reloj. Así, he pasado semanas esperando una cita y una mañana tengo que salir corriendo porque confirmaron una entrevista, o simplemente las cosas se cancelan sin  advertencia para quien llega después de gran esfuerzo. Y como el tiempo no vale, las horas hombre tampoco. Así también,  los objetos  más elaborados cuestan centavos, los planes del día se diluyen,  y los lapsos  transcurren  entre conversaciones y vasos de té.

      El Internet sirve a ratos, en donde vivo y cualquier sitio,  no depende de la línea de teléfono ni de la electricidad. Sencillamente  a veces favorecen los vientos y los dioses, otras deja de funcionar.  ¿Por qué? –dije un día cansada de andar a la caza de un momento de gracia para enviar un correo que debía haber salido un día antes. Nada es fijo en la vida --me dijo el empleado con seriedad. Así es todo, a veces funciona y a veces no. Tiene razón, pensé enfurecida con mi correo trabado.

   ¿Cómo es que te casaste al día siguiente de conocer a tu marido?, pregunto azorada. Su familia  y la mía tenían las mismas costumbres,  no tenía por qué haber una diferencia fuerte entre nosotros, nos caímos bien, ambos estábamos decididos a casarnos, a hacer una familia,  y como en cualquier vínculo los sentimientos vienen con el tiempo.  Las relaciones de pareja nunca me parecieron  tan sencillas.

    Otra tarde tenía que  regresar a una hora determinada a mi casa, había un tráfico como los que sólo hay acá. ¿Por qué no toma otro camino?, sugirió mi acompañante al taxista. Porque por este me vine, contestó. Pero el otro es más ágil y tenemos prisa. Sí,  pero yo sólo puedo regresar por la ruta por la que vine, no quiero romper el orden.  Me reí  la hora que duró el embotellamiento; de atajos ni hablamos.

    Me gustó una blusa color agua con bordado blanco, me quedaba justa. ¿No tiene la misa en una talla más grande? Sacó otra parecida de color pero no en diseño. No, así como esta. Sacó otra de bordado muy similar de color negro. No, señor, así, igualita, dije en tono sangrón  a ver si entendía. No hay una cosa idéntica a otra, ni en la naturaleza ni en las personas ni en las cosas, contestó. ¿Por qué tendría que haber una blusa idéntica? Tenemos esta otra, parecida. La compré nada más para recordar la lección. 

    La suciedad de algunas avenidas no deja de molestarme.  La gente barre la casa y la basura va a la banqueta, otro barre la banqueta y la mugre va a la calle, otro barre la calle y junta el cochinero ahí en la esquina.   ¿Por qué nadie recoge la basura y la lleva a otro lado?  ¿Para qué pasearla?, preguntan. No respondo.  

       Una mañana pedí té de cardamomo, esa delicia que me abraza con un sorbo cuando cierro los ojos. Lo sirvieron en una taza  de cartón, por un lado tenía impreso la marca del té,  por el otro lado una  frase que no he soltado: “Sin orden nada existiría, sin caos nada evolucionaría.”   

 

 

 

No hay comentarios.: