jueves, noviembre 02, 2006

Puente colgante 14

 

 

Oficialmente, La tía Chela

 

 

Todas las familias tienen su Tía Chela: ese personaje que aparece  una vez al año en las fiestas familiares, duerme en el cuarto de los hijos, se le atiende como invitada pero es una mezcla de familiar y desconocido;  se sabe poco de su vida íntima y aunque  los rumores son varios  nadie se atreve a preguntar. Trae regalos,  no tiene hijos ni marido, juega con los niños, platica en voz baja con la dueña de la casa, tiene hábitos muy distintos a los locales (para ser pariente no parece tanto), viste la ropa más extraña  el día de la fiesta. La tía Chela mueve la cabeza y  lleva el ritmo con la mano mientras otros bailan en la pista,  mira el infinito cuando el matrimonio se pelea, consuela al niño  que ha sido regañado por sus padres, toma fotos sin discreción,  aplaude a rabiar en los desfiles escolares.  Está un par de días en casa y finalmente regresa al mundo extraño del que proviene.

 En India  los  niños llaman  a los adultos tío o tía, su obligación es tratarlos con cariño y respeto, la de ellos cuidarlos. No hay señor o señora, maestra, mucho menos se les llama por su nombre.  

     Pasé cuatro días con una familia de la región del Panjab, dormí en  cama de los niños, vi a todos en pijama y me vieron en el mismo atuendo, platicamos en mi cama (aquí así se usa el chisme bueno), traté de cantar una canción  infantil con Riva, la más pequeña;  presencié la pelea entre dos hermanas, llevé los trastes al fregadero, moví la cabeza y las manos al ritmo de la música hindi que sonaba en la fiesta.  Soy la tía Chela, pensé en el camino de regreso mientras ellos bromeaban de sus cosas  y yo reía de mí misma. Qué horror. Basta criticar algo para terminar haciéndolo.

     A los pocos días estuve en contacto con una organización no gubernamental que organiza talleres de narrativa para  niños.  Los enseña a ver como si el mundo se moviera en cámara lenta, a escuchar los sonidos que definen una atmósfera, a contar su historia  la noche que no durmieron, por ejemplo. Después  los ánima inventar el futuro que  desean tener y los ayuda a moverse en esa dirección.  Su vida adquiere un sentido antes no visto.  

  --¿Quieres trabajar de voluntaria con nosotros?

  --Con mucho gusto, pero no hablo hindi. No sé cómo comunicarme con ellos.

  --No te preocupes, algo se te ocurrirá.

     Llegué a la escuelita; dos salones sin bancas ni mesas, todos los zapatos afueran,  alumnos y maestras sentados en el piso en esas posturas  que yo padezco y ellos se acomodan por horas.  Estaban hablando del  zoológico.  Expliqué a mi acompañante que una dinámica que se me ocurría era la de aprender a escuchar el lenguaje de los animales y adivinar que decían.

 --Buenísima idea –me dijo en hindi, claro está— ¿lo hacemos ahora?

 --¿Eh?—contesté en franquísimo español chilango mientras ella se soltó explicando a los chamacos.

   --Ponnos el ejemplo.

   Miré a los ojos a un niño con quién ya había jugado con sonrisas y miradas. Ladré. El  se puso en postura de perro y contestó. Ladré de regreso, y así estuvimos dos minutos. Para esto he estudiado tanto, pensé. Los otros chamacos dijeron que el perro chico le pedía comida al perro grande, y que el perro grande no le quería dar. Escribieron su cuentito al respecto. Platiqué cosas muy interesantes con un gato, un pájaro, un borrego, y con el perico, según los intérpretes, sólo dije tonterías. Todos escribieron sus historias y yo di mi taller.  Al final se despidieron de mí: Adiós tía, Bye, bye, Didi.  Oficialmente la tía Chela, confirmé hacia adentro.   

 

 

 

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