martes, noviembre 21, 2006

Puente Colgante 22

 

El correo

 

Mis esperanzas se desvanecieron cuando mi amiga Alejandra dijo que viajaba en clase turista como yo.  Ni modo de pedirle que se llevara una maleta con cosas que ya podían partir. Creo que también compró bastante y la dinámica de los  aeropuertos cada vez se complica más. Tendría que  enviar mis tiliches por correo.

     La mañana que puse en el mismo sitio todo lo que compré: libros, obsequios y algunos objetos para vender, me rasqué la cabeza por media hora. Eso no era una maleta sino dos. No me había dado cuenta: ciega de mí y un poco de la cartera.  Decidí enviar los libros por barco, tardan dos meses en llegar y cuesta una cuarta parte, las cosas más delicadas irían por mensajería aérea. Sabiendo que este país funciona de un modo poco convencional, por ser amable, dediqué una tarde a averiguar de lo que se trataba: dónde  estaban las oficinas, trámites y demás. Pero India nunca deja de sorprender.

   Empecé por los libros. Los paquetes no debían  pesar más de cinco kilos, entendí.  Una mañana salí al correo con  una maleta de libros, papel estraza, cinta canela y tijera para hacer los paquetes allá, una vez pesados los bultos. Me regresé. Cada paquete debe ir envuelto en tela, no lo reciben si no es así, y de preferencia los libros van en  cajas de cartón. Aprendí entonces que el límite no son cinco kilos sino 20. Con que hiciera dos paquetes medianos estaría bien. Conseguí dos cajas, compré la tela más barata que encontré en el mercado,  cera para sellar sobre las costuras. Esas son las instrucciones. Primero puse plástico dentro de la caja, luego los libros,  cerré con cinta canela,  envolví en  tela roja, cosí con la puntada que me enseñó mi abuela,  pegué los rótulos impresos en computadora. Fui a la oficina. La tela tiene que ser blanca, no aceptan otra.  La dirección debe ir rotulada en la  tela con marcador negro. Uta madre, como si fueran suizos estos cabrones.

  Regresé, compré algodón blanco, repetí la faena de la  tela, las costuras, la cera  sobre las puntadas, rotulé las cajas. En el correo tuve que llenar tres formas por caja y luego pegarlas con cinta adhesiva. No tengo,  dije a la señorita con los ojos aguados. Sacó un rollo de su escritorio y me lo prestó. Finalmente envié el paquete,  revisé la nota,  y vi que  al final del recibo dice I love my India. Lo juro.  

   La ropa fue otra aventura porque una vez ahí me dijeron que no aceptan maletas y tienen que revisar toda la mercancía. Saqué pieza por pieza en un puesto de un metro por un metro, con una docena de curiosos y testigos, mientras el señor escribía en un papel: un brasier, tres chales, dos kurtis, entre otras cosas. Me llevó más de hora y media mostrar todas mis pertenencias,  guardarlas en la caja, llenar la forma, pagar en efectivo (con una carrera al cajero automático de por medio), y salir de ahí sudorosa.

     Como me dijo  el poeta australiano que ha sido testigo de mis patoaventuras y que agradece el equipo que le dejé para que haga su envío cuando sea tiempo, creo que lo más difícil para ti en India ha sido el dengue y el correo, y la verdad no sé cuál haya sido peor. Yo tampoco.

 

 

 

lunes, noviembre 20, 2006

Puente Colgante 19

 

 

Literatura India.

 

Llegué a Delhi con un solo libro: El dios de las pequeñas cosas de Arrr Roy, una de las piezas más famosas de la narrativa india contemporánea.  Decidí  que en mi estancia  aquí sólo leería autores locales. Nada mejor que esta tierra para asomarme a las historias que produce.  Saqué de la biblioteca una versión infantil del Mahabarat de 43 capítulos ilustrados, si leía uno por día, al final de mi estancia habría  revisado  el texto épico fundacional de esta literatura. Mi conocimiento de ésta  se reducía a la versión teatral de Brooks del Mahabharta, a Raj de, algo de la poesía de Tagore ,  dos novelas de  Naipaul y una de Salman Rushdie.

    Pedí ayuda a Vijay Misra, estudiante de literatura que trabaja en la oficina de la fundación. Hizo una lista de ocho autores encabezada por Tagore, Ruskhin Bond, R.K Narayan,  Malk Kay Anand, Satyajit Ray,  Kushwand Sing,  Vikram Seth y PremChand. ¿Qué son ocho libros? Así que con ánimo de comprar uno de cada autor me dirigí a la Feria del Libro de Nueva Delhi.  El librero que me atendió, un vendedor de primera, quería  darme  las obras completas de cada escritor. Expliqué que sólo quería conocerlos, que esos libros no llegan a mi país. Malo. Y bueno. Sacó un altero que tenía que leer. Así fue como llegué a  Juhmpa Lahiri y a  Housseni, este último la única excepción que he hecho de un autor no indio y que me ha llevado a recomendar el libro “The kaite runer”, uno de los tres mejores que he leído este año,  a diestra y siniestra. 

      Empecé  con Lahiri, Interpreter of maladies, una colección de cuentos que realmente me gustó. Una autora con nostalgia, ritmo, y anécdotas impredecible pero no en un afán de  sorpresa.  Después fui con Bond, The lamp is lit, un libro con piezas  autobiográficas sobre su trabajo creativo y viajes. Vi a  India y a su proceso de escritura.

    Después conocí a  Lalit Surjan, un poeta mayor y generoso que se convirtió en la puerta a mis amistades y complicidades en esta tierra. Le estoy por siempre agradecida. Dijo, Si buscas a autores contemporáneos tienes que leer  a Baby Halder,  A life less ordinary, y luego ve a verla, vive cerca de aquí, en casa de un amigo querido, Prabord Kumar. Fui a comprar el libro. (Digo nueve volúmenes no son muy difíciles de cargar. No tenía ni un mes aquí.)  Leí una autobiografía tremenda y poderosa, llamé por teléfono, fui a verla.  Tomé té en casa de Prabord, que resulta ser  nada menos que el nieto de PremChand, me enteré después, que si tuviera un equivalente en México sería como Juan Rulfo.  Nos hicimos amigos. Me visitaron cuando me dio dengue, pasé con ellos Diwali, cociné comida mexicana en su casa,   jugué con la hija de Baby y con su perro; conocí a cuatro  escritores más  en Kolkata  gracias a una llamada  de Prabord,  entre ellos a  Alka Saraogi, una  escritora prominente.  Prabord y Baby vienieron a la ofrenda de muertos que hubo aquí,  conocí a Urvashi Butala,  la editora de Baby.    Cuánta dicha los caminos que abre un libro, no sólo a la mente sino al corazón.

       Me recomendaron nuevos autores. Como para esas alturas ya pensaba en dar un curso de literatura india en México, compré los libros que conseguí traducidos al inglés.  Así pasé  por  Anita Desai y su novela corta Where shall We go  This summer. Cuenta muy pocas cosas, en tres partes, tarda en arrancar pero toma ritmo y profundidad. Me dormí con la novela cerca del final. Desperté a las cuatro de la mañana preguntándome qué habría pasado con la historia y la terminé a esas horas.  Anita Desai es la madre de la recién galardonada con el book prize Kiran Desai, The inheritance of Loss, que  espera para el avión de regreso. R.K. Narayan es un clásico de la literatura india, un cuentista de costumbres en narraciones de  lo más particulares dentro de su libro Under the Banyan Tree and other stories.  Satyajit Ray es un cineasta muy reconocido con un libro de cuentos que tuve dos veces, uno porque lo compré y otra porque me lo regló Prabord. Me quedé con el volumen dedicado y a mi vez regalé el otro.  De esta forma  empezaron a llegar a mi librero  Krishna Sobti, The Heart has its reazons; Mulk Raj Anand, Selected short stories; Amitav Ghosh, The glass palace; Manju Kapur, Difficult Daughters; Vikram Seth,  From Heaven Lake; Ambai, A purple sea; PremChand, Godan; y otros más que para hablar pronto y claro se reducen a 23 kilos que envié por barco hace unos días. Nunca la literatura me había pesado tanto.

    Me han gustado  los autores fieles a su mundo personal, a su india local  aquí o en el exilio, con su modo de ser y pensar.  Me revelan un mundo antes  ignorado. La belleza de la prosa no es tan fácil  porque leo  en la segunda o tercera traducción en un idioma, además, que no es el mío.

       Si entramos al tono académico quiero decir que hablar de literatura india es de lo más complejo, hay 62  lenguas y cada una tienen su propia tradición literaria que se mantiene de forma oral. Además están las lenguas mayores, los 22 idiomas oficiales, que imprime libros sobre todo en inglés,  hindi, Bengali, Malyali, Marati y Tamil.  Once mil años de historia y narraciones que vienen de dos grandes textos épicos: El Mahabahrat y El Ramayana.

    El mismo Lalit Surjan  me envío una lista de los grandes maestros indios  en distintas lenguas para tener el panorama completo: además de Premchand, Muktibodh, Niraalaa en Hindi; Tagore, Mahasweta Devi, Ashaapoornaa, Vibhuti Bhushan en Bengalí; Bindaa Karandikar, Arun Kolatkar, en Marati;, Jaykaantan in Tamil; U.R. Anantmurthi en Kannada; T. Sivasankar Pillai, Vasudevan Nair en Malyali.   Cuando me despedí de él me envió algunos poemas suyos traducidos al inglés: me quedo con la imagen de la amistad que florece los días  de lluvia como la tierra con el mozón.

 

 

Puente Colgante 18

 

Dioses

 

No vine  en busca de Dios ni de iluminaciones, no vine a buscar a ningún gurú ni a vivir en un ashram. Mi país es rico en espíritu: somos Guadalupanos y la sabiduría de los cuatro vientos sigue viva en los chamanes y la gente del pueblo. Mi madre me ha dado uno de los regalos más importantes en mi vida: la fe. Mi padre me ha enseñado una de las muchas maneras  vivirla. Todos los días amanezco con una oración en los labios. A cualquier lugar que viajo lo primero que hago es honrar a las autoridades locales: entro a un templo y desde ese lugar y rito agradezco al gran espíritu la vida que me toca.  En este viaje la cuestión  se complicó  porque en India conviven hinduistas, sikhs, jainistas, budistas,  musulmanes, protestantes, católicos, bahais,  parsis, por mencionar lo más destacado. Y cada quien según su fe es que come, viste,  celebra, trabaja, se casa, educa, ora y tiene su templo. Este es uno de los aspectos más notables,  la pluralidad de credos  en un mismo lugar.  Seguramente por eso coexisten 20 partidos políticos y se  conoce a este país como la democracia más grande del mundo.  Cuando pienso que algunos de mis más queridos amigos estuvieron a punto de agarrarse a cates por  que apoyaban o no a López Obrador, me da risa.  De  cualquier manera no queda lejos 1947, el año de la partición que dio origen a Pakistán y Bangladesh. Están vivos sus sobrevivientes, cuentan el horror que fue, la carnicería entre hindúes y musulmanes.  Todos tienen un tío muerto, vieron las imágenes de vagones llenos de cadáveres, huyeron, se quedaron,  sobrevivieron.

      Es una convivencia nada fácil  pero se logra y es de admirarse. Para lograrlo lo más importante es el respeto y el conocimiento: saber  costumbres y tradiciones propias y ajenas, convivir con ellas. Hay  cantidad de indicadores de lo mismo para no confundirse y cometer errores graves.  Por ejemplo en el nombre: los Janistas usan de apellido  Jain y los Sikhs, Sings. Eso equivaldría a llamarse Edmée Católica, por ejemplo. Los hindus llevan en el apellido la religión y la casta, no se vaya a confundir a un brahman con un intocable. Los musulmanes terminan sus apellidos con ohamed. Por si  esto no fuera  suficiente,  la vestimenta y los accesorios        corroboran el dato:  gorros, turbantes, decoraciones en la frente y en los brazos, collares. Así que de entrada todos presumen a qué Dios rezan y se enteran cómo lo hacen los otros.   A cuál ir, me pregunté, con cuál empezar.

      Tratando de entender este lío un  hombre me explicó en tono de

güerita, con todo respeto: “Mi dios usa ropa, su dios usa ropa, el de ese señor,  cómo confiar en él, no me lo va a creer, no usa ropa.”  Se refería a Mahavira, el fundador del Jainismo, que en efecto se representa en flor de loto, desnudo, como metáfora del no apego.

      El jainismo  es una secta hinduista que se originó casi al mismo tiempo que el budismo. Rechazaba el sistema de castas, el sacrificio ritual, y la autoridad de los vedas.  Los monjes son esos que andan de blanco barriendo el piso frente a sus pies, no vayan a matar algo,  usan tapaboca para ni siquiera  tragar algún germen, sólo comen frutos que caigan de los árboles.  Los gurus andan desnudos y sin zapatos, en peregrinaciones y conferencias. Visité el templo de Shiri Digambra Jain Lal Mandir, el más viejo de Delhi, alucinante en grabados y dorados, toqué la campana en señal de Aquí estoy, Dios.

   El budismo también nació del hinduismo, casi al mismo tiempo que el jainismo, pero como nadie es profeta en su tierra, Sidharta se mudó con todo y seguidores a otros países y su fe crece en Nepal, Tibet, Tailandia, Indonesia y  prolifera por el planeta entero. El budismo es una de las pocas religiones que jamás ha hecho un acto bélico por conquista espiritual y sin embargo ha ganado seguidores en todo el mundo. Me incliné ante el buda  dorado que está en el templo cerca de Gurgaon.

    El hinduismo, que es la religión más socorrida, dividió la sociedad en cuatro castas en un principio con la finalidad de organizar el trabajo: los brahmanes (sacerdotes), kshatriyas (nobles y guerreros), vaisyas (burgueses) y sudras (artesanos). Cada uno de ellos tenía su origen en una parte del cuerpo de Brahma, siendo los brahmanes los más importantes, pues provenían de su cabeza. Hay un grupo de gente que no procede de ninguna parte de su cuerpo: los parias conocidos como intocables, que no tienen casta y han sido discriminados durante miles de años de un modo horrible. Sus dioses son Brama, Siva y Vishnú.  Toda la belleza y complejidad  del hinduismo en cantos y dioses, en mantras y asanas, en sabiduría y filosofía, sirven para muy poco cuando el sistema de castas sigue vigente, justifica y explota la desigualdad y la estaticidad social.  En aras del hinduismo y el sistema de castas  suceden las peores atrocidades.  De cualquier manera le canté a Durga en Agra y ofrecí frutos a Shiva en el templo de Gauri Shankar.

    Si alguna ventaja tiene el hinduismo es que como los dioses reencarnan a cada rato hay versiones nuevas  y actualizadas de ritos y modos. krishna, por ejemplo, reencarnó hace poco (1781-1830) en un avatar llamado Swaminarayan. Uno de los sucesores, Pramukh Swami Maharay, decidió hacer un templo que es impresionantísimo: el Akshardham.  Yo pensé que sólo en  la antigüedad se hacían monumentos así, trabajo a mano, de piedra y mármol labrado como encaje, hecho con siete mil artesanos  y cuatro mil devotos que se concluyó en  cinco años. El templo tiene  un año abierto y en ese lapso 4 millones de personas lo han visitado. Cuenta con una mega pantalla que proyecta la vida del santo, un paseo en barco al estilo de disneylandia donde se  resume la historia de India en 15 minutos, un monumento con esculturas bañadas en oro de los gurus, fuentes musicales, jardines,  un templo donde hay pujas cada media hora. El agua de uno de los monumentos fue recolectada de 151 ríos  y manantiales sagrados. En ese  lugar tardé en rezar porque no podía cerrar la boca de la impresión.

   Los sikhs son una  secta  reciente del hinduismo, proveniente de la casta los guerreros, los  Kshatrias, que en 1700 se separa de la fuente pues estaban en contra de la idolatría. Ellos no se cortan el pelo,  usan turbante, una pulsera en la mano derecha,  sus templos se llaman Gurudwaras, y siguen las enseñanzas del libro sagrado que se llama  Guru Granth Sahib. Las gurduwaras son los templos que más me gustan, espacios amplios, llenos de movimiento, donde unos cocinan, otros cantan, otros rezan, otros estudian. Fui a la  Sir Ganj Gurudwara, ubicada en Old Delhi, dos veces. Me cubrí la cabeza, lavé pies y manos, comí el dulce que regalan.  Supongo que no es casualidad  que la mayoría de la gente que prefiero sea  sikh, me parecen más cultos  y libres, tienen más respeto por la mujer. Claro que  ese espíritu de guerra los ha llevado a la violencia desmedida y por eso son muy criticados.  

     La conversión al catolicismo se dio sobre todo en el sur, en Goa y zonas aledañas. No fue nada difícil porque según la Biblia todos estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, y en un sistema tan estratificado e injusto, los de las castas más bajas corrieron a las formas católicas con tal de salir de la represión que se encontraban. No fui a ninguna iglesia católica pero fue una sorpresa gratísima cuando encontré en el templo de credos múltiples  de  Baba Sing una imagen de un cristo sonriente de brazos abiertos. Pronuncié un padre nuestro en español y recé  con la religiosa que lleva la plegarias. El mismísimo gurú, en una de las pocas audiencias que da, me  bendijo de lejos.

     Los Parsis son una secta que viene de Persia, Zoroastro o Zaratustra es su profeta y consideran Ahura Mazdaa  como el único creador increado. El rito más destacado de los Parsis es que sus muertos no son enterrados ni cremados ( el cuerpo es demasiado impuro como para ofrecerlo al agua o a la tierra)  sino que los llevan a la Torres del silencio donde los cadáveres son  trozados para que se los coman los buitres. Pero como el número de  buitres se ha reducido, ahora tienen granjas criadoras  de esas aves para que ayuden a realizar el rito. Los parsis sobre todo se ubican en el norte de India, se casas entre ellos, y hay ciertas mutaciones genéticas que presentan por no  ampliar la mezcla de sangre.  Aquí sí, malas noticias, no entré a ningún templo porque la mayoría se ubican al norte de India.

    La religión Bahai, también se originó en Persia, en el siglo XIX por un guru de nombre Bahá-ú-llah, el más reciente de los enviados de Dios, así como Cristo, Buda o Maoma. Tiene como principio la unificación de todos los credos para crear la paz.  Hay 6 millones de seguidores en más de 20 países y aquí han creado un templo en forma de flor de loto muy interesante desde el punto de vista arquitectónico,  donde también honré a mi Dios, aunque creo que es un poco subido llamarle en Tach Majal del siglo XX.

    Los musulmanes adoran a Alá, rezan 5 veces al día, y a diferencia de otros libros sagrados, el suyo, el corán fue dictado por el mismísimo Dios en persona. Por eso son el grupo más radical y fundamentalista.  Los textos sagrados de los católicos, judíos, Sikhs son textos hechos por el hombre y  claramente una interpretación de su dios pero no la palabra de Dios hablada por él.  La manera en como viven y tratan a las mujeres  me impide  acercarme más y querer comprenderlos. De cualquier manera fui a la mezquita de Jama Masjid,  en mero centro, construida en el siglo 17, y dije el nombre de Alá. No pierdo de vista que las tumbas que construyeron son de las obras más importantes para India: el Taj Majal y Fatpur Siri son muestra de ello.  

     Esta peregrinación la hice  de modo interrumpido al cabo de dos meses. En mi cuarto puse un altar con la Virgen de Guadalupe y Ganesh a su lado sobre una lámpara de aceite y una ofrenda floral. Casi todas las mañanas recé a mi ángel de la guarda y viví lo más atenta que pude al momento presente. Esa es mi manera básica de conectarme con lo sagrado: atender la la naturaleza, escuchar  mi cuerpo, ser de utilidad a  otros,  y estar contenta, agradecida.        

 

Puente Colgante 21

Los primos

 

México e India se parecen, comentan varios.  No diría que se parecen si no que están relacionados, tienen cosas en común, como si fueran primos lejanos, explico  para no terminar  con que Chimalhuacán y  el sureste de India son igualitos y aquí la bruta pagando boleto avión y pasando mil hazañas con el idioma, el clima  y el dengue, para estar como en mi casa.

    Pero sí,  es cierto, tenemos mucho en común.

  Somos países de culturas múltiples uniformados por conquistadores.  India conservó sus muchos idiomas y el inglés lo indianizó, conservó sus dioses, su ropa, su comida. Era claro el interés económico de Inglaterra y básicamente a eso se dedicó.  Los españoles, con el pretexto de sacar el diablo que llevábamos dentro, se empeñaron en borrar nuestra cultura: construyeron templos encima de los nuestros y mataron a los que no se convirtieron: muertos los dioses  podía desaparecer  el idioma y todo lo demás. Hubo un  mestizaje promovido por ambos elementos que en India no se dio porque  ni entre  castas se mezclan. 

   Igual que en México cada región tiene su gastronomía, modo de vestir y especificidades de lenguaje y costumbres.  Hay muchas Indias de la misma manera como el  México de la Capital, el de Oaxaca y el de Tabasco son distintos pero uno mismo. La India de la que escribo es básicamente la de Nueva Delhi. Calcuta es una ciudad más cosmopolita y arquitectónicamente atractiva con una gastronomía de primera; Chandigard es una ciudad nueva de calles amplias, zonas verdes y muy pocas vacas en los camellones; Agra es un lugar tan turístico como Teotihuacan.

   Nuestros hábitos alimenticios se parecen: el equivalente  al arroz, tortilla y frijoles es arroz, chapati y lenteja.  Desayunan guisados que pueden servirse de comida o cena, toman  té dulce como nosotros tomamos  café de olla. Nuestras comidas son picantes  y ricas en salsas.  El postre más típico de aquí parece buñuelos individuales.

      Las mujeres son morenas, de pelo largo y negro, visten faldas a los tobillos y se cubren con pachminas. La diferencia es que en México se usa el rebozo.  Los hombres son bigotones y morenos como la mayoría de los hombres mexicanos del campo. Una india puede pasar por mexicana y viceversa.

     La familia es igualmente importante en nuestra vida: la nuclear y la extendida. Las abuelas ayudan con la crianza de los nietos y terminan sus días en casa de los hijos. La religión es central en nuestra vida, aunque yo diría que en India mucho más y de un modo más evidente en la vida práctica. Pero de la misma manera como se encuentran altares a la virgen de Guadalupe en las calles y pasean imágenes de santos en los carros, aquí sucede con autoridades locales.

    A eso se le puede sumar el color de las telas, el trabajo con el barro, el caos en las calles, la contaminación,  el tráfico. Nueva Delhi me recuerda al Distrito Federal hace treinta años.

    Explico que quizá se deba a que estamos en la misma latitud, crecen productos similares, enfrentamos climas parecidos aunque en México no tan extremosos.  También puede ser  que  el error de Colón fuera más una intuición que otra cosa. Supongo que el poder de las palabras algún efecto ha tenido  al nombrar a nuestros antiguos mexicanos como indios.

      Sí, nos parecemos, como primos hermanos, termino aceptando.

 

Puente Colgante 20

 

Empezar a cerrar.

 

Doce días antes de mi partida decidí que era tiempo de empezar a cerrar.  Despedirme de mis amigos indios, revisar los textos faltantes por enviar,   despachar una maleta para no cargar por indochina  aquello que no usaré por allá. Cerrar con cuidado aquello que tan generosamente la vida abrió para mí. Agradecer cada pieza del camino andado.

    Sarika hizo una reunión en su casa y me puso un collar de flores. Nos abrazamos por la amistad que nació en esta tierra. Quién sabe cuándo volvamos a vernos. Prometí venir a su boda si se casa con un indio, como pronostica el astrólogo. Fui al templo de Baba Singh a despedirme de Mary, le regalé la imagen de la virgen de Guadalupe que ocupó mi altar mientras estuve aquí. Recé con ella, di gracias por la fuerza que me llevó a este templo hermoso que es un jardín con la estatua del único cristo sonriente que conozco.  Preparé comida mexicana en casa de dos amigos escritores, compré en el mercado para diplomáticos frijoles negros, aguacate, arroz de morelos, elotes y calabacitas.

         Prometí abrir una cuenta de correo electrónico para mi amigo Shelly de once años, es de los cariños más fuertes por acá:  habla para ver cómo estoy, convida de sus papitas, me presta sus juguetes, a veces acompaña a su papá taxista a recogerme de algún lugar nada más para saludarme. Pospusimos dos veces la cita, una porque estaba lastimado del pie, otra porque su papá no podía llevarme a su casa. Finalmente nos reunimos un domingo a la hora de comer.  Me recibieron él,  su hermana y primos,  con pulseras de la amistad, dibujos, globos y mucha comida. Me hicieron masaje, bailamos, jugué  no sé qué cosa en la televisión, escribimos el cuento del día que nos conocimos. Al final saqué tres cuentas de correo, una para él y otras para  la hermana y el primo.  Le enseñé cómo funciona, escribimos el procedimiento en un cuaderno. Estoy segura que mantendré mi amistad por Internet.

   Organicé  sobres con propina para los trabajadores, rotulé sus nombres y  los adorné con un lazo tricolor y mexicano.  Hice cuentas de dineros,  revisé la hora de salida de mi avión.

    Me despedí de mis piezas de barro, agradecí la enseñanza de la tierra en mis manos. Aprendo  también a dejarla ir. Caminé en silencio por la residencia, desde que me dio dengue no había vuelto a recorrer el lugar.  Su  belleza no deja de maravillarme, aunque ahora lo hace con el aire frío del invierno. Los surcos que apenas labraban hace dos meses ya florecieron,  hay dos estanque más para flores de loto, el museo de textiles se inaugurará en un mes.  Todo eso ha pasado, me dije, todo esto me  he pasado.

  Me quedan 7 días, casi nada, sin embargo  tiempo suficiente para crear el  mundo. Espero no correr el mero día.

 

Puente Colgante 17

 

Obligada a ver

 

India obliga a ver. Creo que eso es lo que más me impresiona de este país, no hay modo de evadirse, tampoco hay maquillajes. Las cosas están ahí, golpeando la mirada: las dolorosas, las íntimas, las bellas.

  El mundo occidental ha procurado hacer de los asuntos personales cuestiones privados. En lo referente al cuerpo: el aseo, la expedición de ruidos bucales, estomacales o anales, la liberación de fluidos, orines y heces, la sexualidad, nadie debe verlos, ni uno mismo en la medida de lo posible: líquidos azules esconden lo que cae en los escusados, corremos  la cortina de la regadera, cerramos la puerta y cubrimos el cuerpo con una toalla al salir del baño, hacemos el amor a media luz. Las cocinas  tienen ventiladores y  aromatizantes. El canon de belleza y la artificialidad nos llevan a tatuajes y cirugías que pretenden esconder los años.

    Programas como El gran hermano (Big brother),  el uso de blogs donde la gente usa el ciberespacio para publicar su vida personal,  el anuncio en los periódicos de Sara di Muro, la norteamericana que pidió ayuda para perder la virginidad en público, pone en entredicho la división entre lo público y lo privado.

     En India  ese dilema no existe,  lo más importante es la colectividad y por tanto la colectividad es testigo de lo que sucede. No hay nada que esconder ni razones para hacerlo.

        El ejemplo  más  evidente  está en la sexualidad antigua, colectiva e intensa,  ilustrada en templos y libros a diestra y siniestra. El kamasutra es el texto indio más conocido en el mundo y el menos comprendido. En ese espíritu,  la gente mea, caga, escupe, se baña, y come en la calle, frente a todos. Sin pudor y sin ánimo de ofender a nadie.  Quienes se sientan a comer en la mesa  eructan en señal de  buen provecho, no se tapan la boca ni se disculpan al hacerlo. Es la reacción normal después de comer. Prefieren detenerse  en la carretera que ir a un escusado. No usan cortinas en los baños. En ese mismo tono, supongo, no  esconden los enchufes de luz ni cables; en algunas ciudades los drenajes son abiertos.  

     Lo mismo sucede con la opulencia desbordada  en palacios,  joyería, sedas, colorido. Es tanta que marea. Por otro lado la pobreza e inmundicia, kilómetros de indigentes y mutilados, de niños sufrientes y suciedad, desfilan en la calle. No hay disimulo, no tiene por qué haberlo.  Está ahí, multiplicado en mil millones de habitantes. Así es la vida y estamos obligados a verla en el esplendor de su abanico y  crudeza. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, noviembre 11, 2006

Puente colgante 16

 

El orden de las cosas

 

--No entiendo por qué insisten en eso de  la ropa impecable, la ropa se mancha con el uso, es lo normal. La vida de las personas se nota en las telas que usan,  si no es como si su vida fuera falsa. Además si aceptamos las lavadoras, qué va a suceder con la casta de quienes lavan  –explicó una mujer a mi madre hace nueve años.

    Fue la primera vez que vine a India. Mes y medio de turismo, lugares hermosos en arquitectura y paisaje,  el ritmo, los olores, los campos de mostaza. Quedé enamorada. Tarde casi una década en volver. Ahora mi relación es de matrimonio: la amo y la odio el mismo día con diferencia de horas. A veces creo que podría vivir aquí, otras que jamás, nunca , ni de loca, me quedaba otro mes más. 

    En India el tiempo es flexible, anda calmo, hay para dar y repartir en esta vida y las que siguen.  La gente no se preocupa por la puntualidad ni por  la prisa. Lo que tiene que suceder sucederá  a su propio ritmo, con o sin reloj. Así, he pasado semanas esperando una cita y una mañana tengo que salir corriendo porque confirmaron una entrevista, o simplemente las cosas se cancelan sin  advertencia para quien llega después de gran esfuerzo. Y como el tiempo no vale, las horas hombre tampoco. Así también,  los objetos  más elaborados cuestan centavos, los planes del día se diluyen,  y los lapsos  transcurren  entre conversaciones y vasos de té.

      El Internet sirve a ratos, en donde vivo y cualquier sitio,  no depende de la línea de teléfono ni de la electricidad. Sencillamente  a veces favorecen los vientos y los dioses, otras deja de funcionar.  ¿Por qué? –dije un día cansada de andar a la caza de un momento de gracia para enviar un correo que debía haber salido un día antes. Nada es fijo en la vida --me dijo el empleado con seriedad. Así es todo, a veces funciona y a veces no. Tiene razón, pensé enfurecida con mi correo trabado.

   ¿Cómo es que te casaste al día siguiente de conocer a tu marido?, pregunto azorada. Su familia  y la mía tenían las mismas costumbres,  no tenía por qué haber una diferencia fuerte entre nosotros, nos caímos bien, ambos estábamos decididos a casarnos, a hacer una familia,  y como en cualquier vínculo los sentimientos vienen con el tiempo.  Las relaciones de pareja nunca me parecieron  tan sencillas.

    Otra tarde tenía que  regresar a una hora determinada a mi casa, había un tráfico como los que sólo hay acá. ¿Por qué no toma otro camino?, sugirió mi acompañante al taxista. Porque por este me vine, contestó. Pero el otro es más ágil y tenemos prisa. Sí,  pero yo sólo puedo regresar por la ruta por la que vine, no quiero romper el orden.  Me reí  la hora que duró el embotellamiento; de atajos ni hablamos.

    Me gustó una blusa color agua con bordado blanco, me quedaba justa. ¿No tiene la misa en una talla más grande? Sacó otra parecida de color pero no en diseño. No, así como esta. Sacó otra de bordado muy similar de color negro. No, señor, así, igualita, dije en tono sangrón  a ver si entendía. No hay una cosa idéntica a otra, ni en la naturaleza ni en las personas ni en las cosas, contestó. ¿Por qué tendría que haber una blusa idéntica? Tenemos esta otra, parecida. La compré nada más para recordar la lección. 

    La suciedad de algunas avenidas no deja de molestarme.  La gente barre la casa y la basura va a la banqueta, otro barre la banqueta y la mugre va a la calle, otro barre la calle y junta el cochinero ahí en la esquina.   ¿Por qué nadie recoge la basura y la lleva a otro lado?  ¿Para qué pasearla?, preguntan. No respondo.  

       Una mañana pedí té de cardamomo, esa delicia que me abraza con un sorbo cuando cierro los ojos. Lo sirvieron en una taza  de cartón, por un lado tenía impreso la marca del té,  por el otro lado una  frase que no he soltado: “Sin orden nada existiría, sin caos nada evolucionaría.”   

 

 

 

jueves, noviembre 02, 2006

Puente colgante 14

 

 

Oficialmente, La tía Chela

 

 

Todas las familias tienen su Tía Chela: ese personaje que aparece  una vez al año en las fiestas familiares, duerme en el cuarto de los hijos, se le atiende como invitada pero es una mezcla de familiar y desconocido;  se sabe poco de su vida íntima y aunque  los rumores son varios  nadie se atreve a preguntar. Trae regalos,  no tiene hijos ni marido, juega con los niños, platica en voz baja con la dueña de la casa, tiene hábitos muy distintos a los locales (para ser pariente no parece tanto), viste la ropa más extraña  el día de la fiesta. La tía Chela mueve la cabeza y  lleva el ritmo con la mano mientras otros bailan en la pista,  mira el infinito cuando el matrimonio se pelea, consuela al niño  que ha sido regañado por sus padres, toma fotos sin discreción,  aplaude a rabiar en los desfiles escolares.  Está un par de días en casa y finalmente regresa al mundo extraño del que proviene.

 En India  los  niños llaman  a los adultos tío o tía, su obligación es tratarlos con cariño y respeto, la de ellos cuidarlos. No hay señor o señora, maestra, mucho menos se les llama por su nombre.  

     Pasé cuatro días con una familia de la región del Panjab, dormí en  cama de los niños, vi a todos en pijama y me vieron en el mismo atuendo, platicamos en mi cama (aquí así se usa el chisme bueno), traté de cantar una canción  infantil con Riva, la más pequeña;  presencié la pelea entre dos hermanas, llevé los trastes al fregadero, moví la cabeza y las manos al ritmo de la música hindi que sonaba en la fiesta.  Soy la tía Chela, pensé en el camino de regreso mientras ellos bromeaban de sus cosas  y yo reía de mí misma. Qué horror. Basta criticar algo para terminar haciéndolo.

     A los pocos días estuve en contacto con una organización no gubernamental que organiza talleres de narrativa para  niños.  Los enseña a ver como si el mundo se moviera en cámara lenta, a escuchar los sonidos que definen una atmósfera, a contar su historia  la noche que no durmieron, por ejemplo. Después  los ánima inventar el futuro que  desean tener y los ayuda a moverse en esa dirección.  Su vida adquiere un sentido antes no visto.  

  --¿Quieres trabajar de voluntaria con nosotros?

  --Con mucho gusto, pero no hablo hindi. No sé cómo comunicarme con ellos.

  --No te preocupes, algo se te ocurrirá.

     Llegué a la escuelita; dos salones sin bancas ni mesas, todos los zapatos afueran,  alumnos y maestras sentados en el piso en esas posturas  que yo padezco y ellos se acomodan por horas.  Estaban hablando del  zoológico.  Expliqué a mi acompañante que una dinámica que se me ocurría era la de aprender a escuchar el lenguaje de los animales y adivinar que decían.

 --Buenísima idea –me dijo en hindi, claro está— ¿lo hacemos ahora?

 --¿Eh?—contesté en franquísimo español chilango mientras ella se soltó explicando a los chamacos.

   --Ponnos el ejemplo.

   Miré a los ojos a un niño con quién ya había jugado con sonrisas y miradas. Ladré. El  se puso en postura de perro y contestó. Ladré de regreso, y así estuvimos dos minutos. Para esto he estudiado tanto, pensé. Los otros chamacos dijeron que el perro chico le pedía comida al perro grande, y que el perro grande no le quería dar. Escribieron su cuentito al respecto. Platiqué cosas muy interesantes con un gato, un pájaro, un borrego, y con el perico, según los intérpretes, sólo dije tonterías. Todos escribieron sus historias y yo di mi taller.  Al final se despidieron de mí: Adiós tía, Bye, bye, Didi.  Oficialmente la tía Chela, confirmé hacia adentro.   

 

 

 

Puente colgante XV

 

Yoga

 

--Extraño mi cuerpo --expliqué a la maestra cuando preguntó cuál era el interés  que nos movía.

   Los otros miembros de la clase, embarcados por mi entusiasmo y estrenando experiencia,  no entendieron de lo que hablaba. La maestra  dijo, Comprendo.

   Hacía seis semanas que buscaba una manera guiada de hacer yoga pero los centros quedan retirados de donde vivo y apenas conseguí quien viniera  tres veces por semana de 7.30 a 8.30 de la mañana.

     Cuando era niña y dormía en casa de los abuelitos, me maravillaba ver el rito matinal de mi abuelo en sus ejercicios raros, silenciosos, parado de cabeza.  Me agachaba a la altura del piso para encontrarme con sus ojos y mirar cómo veía él el mundo desde esa altura. No tenía entonces energía para seguirlo ni entendía de lo que se trataba, así que sólo lo observaba en unas imágenes que recuerdo con claridad: el tapete con base plástica y cubierta de tela a cuadros que guardaba  el aroma mezclado  de su sudor y colonia, los puños de hule color naranja con que ejercitaba los brazos, los gestos de su cara cuando movía el cuello hacia los lados, el sonido marino de su respiración. Por lo menos cuarenta años de su vida practicó yoga todos los amaneceres.  Lo recuerdo  con tanto cariño. Más ahora que es  el invitado de honor en el altar de muertos que puse en mi corazón.

    A los 19 años  formalmente entré a clases de yoga, de cinco  a siete de la mañana, para de ahí irme a la universidad. Yo era otra mujer, me queda claro, y cuando ganó la pereza lo dejé. Hace  cuatro años por casualidad entré a una clase en el gimnasio en el que estoy y me llené de un gusto que hacía mucho no sentía. Me di cuenta que extrañaba mi cuerpo, que no estaba con él a pesar de vivirlo diario. Una experiencia que sólo así puedo nombrar aunque suene raro. Quise más y me hice alumna regular. Mi entusiasmo creció cuando se convirtió en maestra quien fuera alumna mía  en la preparatoria veinte años atrás, una  adolescente que me dio dolores de cabeza  y  que se convirtió  en la mujer hermosa que me lleva por estas rutas; mis amigos recientes más queridos han salido de esos encuentros de posturas comprometedoras y divertidas;  así que del modo más puntual que puedo  voy a clase. Tres horas, de las 168 que tiene la semana, son las únicas donde mi corazón, cabeza y cuerpo están en lo mismo, unidos. Pequeñas revelaciones vienen de esa experiencia.   

  Cuando llegué a India tenía claro que quería hacer  yoga en la tierra donde nació, con un guía que tuviera la tradición en la sangre. Finalmente conseguí una maestra de estilo Sivananda, con anillo en la nariz que canta una oración al empezar y concluir la clase. Se llama Suprerna. Pienso en  Gabriela, mi alumna-amiga-maestra, celebro nuestro encuentro en momentos tan distintos de la vida, bendigo las letras de su nombre.

   Lo que más  me gusta de esta práctica es la metáfora con la vida:  mientras más flexible el cuerpo, más flexible la mente; mientras más fuerza en los brazos más posibilidad de sostener nuestros hallazgos.  Una mañana la maestra dijo: Ríndete a la postura. Entendí algo que no había visto. No se trata de que yo haga yoga sino permitir que el yoga haga en mí: dejarme  habitar por las posturas y la respiración.  Rendirme a ser  canal y  que fluya  través mío lo que tenga que fluir. Me rindo a India y en ella. Me rindo a mí misma en mí misma, me dejo ir en esta clase, en aquella postura, en este viaje.

 

 

miércoles, noviembre 01, 2006

Puente colgante 13

 

Residencia artística

 

Una residencia  artística es una experiencia de lo más  enriquecedora.

   En primer lugar, por el tiempo y espacio dedicados a la creación. Son días  donde todo está resuelto y hay  condiciones para trabajar,  16 horas al día si se quiere.  Algo que sucede pocas veces en la vida de los artistas.

   En segundo lugar, estar expuesto a otra geografía y otra cultura abre la sensibilidad y afecta no sólo el ánimo del creador sino de su obra. Sólo vivir en un espacio colectivo destinado al arte llena la sangre de movimiento.   En sanskriti  el terreno se compró hace 25 años y  poco a poco se ha ido construyendo como un lugar para encuentros culturales, la residencia  empezó con 6 estudios y ahora hay 13, junto con  tres museos  hechos a partir de colecciones particulares.  La belleza del sitio con más de diez mil árboles plantados,  hacen del lugar un ensueño.

   En tercer lugar, la compañía de otros artistas es estimulantísima: conocerlos, saber sus intereses y formas de trabajo,  ver su obra,  escuchar  nuevas referencias en  pintura,  cine,  literatura,  música;  celebrar hallazgos comunes, abrir horizontes. Nos recomendamos libros, lugares, películas, intercambiamos teléfonos, páginas, correos. Compartimos opiniones en este caso sobre India y nuestras apreciaciones, también   nuevas obsesiones (aquí todos andamos con  temor al dengue así que a cada rato nos vemos untándonos repelente,  vestimos manga larga y comentamos esta sensación  de seguridad y belleza que da dormir protegido por pabellones de tela contra mosquitos). Somos colegas, amigos, guías, cómplices y de algún modo la familia que tenemos  acá. La artista finlandesa una noche nos tuvo como postre las fotos que le habían llegado de su casi recién nacido sobrino. Entre todos  pagamos la clase de yoga que sucede tres veces por semana. Celebramos cuando la conexión a Internet es posible y nos instalamos en el comedor  a saciar la adicción al ciber espacio.

    Durante mi estancia en sanskriti he compartido días  con Luke, un poeta australiano; Stella, una novelista panameña; Florence, una pintora francesa; Felipe, un artista visual mexicano que vive en Brasil (qué gusto la coincidencia); Anja, una artista visual finlandesa que vive en Italia; Bárbara, una escritora australiana;  Vicky, una artista visual australiana que vivió en Brasil; Alicia, una escritora estadounidense; Layma una  pintora lituana. La mayoría somos mujeres, la hipótesis de quienes han estado en otras residencias es que las mujeres tenemos más lazos afectivos y actividades domésticas de los que es  difícil separarse para trabajar.  La necesidad de un cuarto propio, para decirlo con palabras de Virginia Wolf.

     Nos reunimos a la hora de los alimentos  con sobremesas de lo más apasionantes, alguna veces salimos a lugares  y pasamos una tarde de cervezas y chisme en esa especie de domingos que hacemos a media semana.  Una noche dijimos  Buenas noches en cinco idiomas, pero ninguno lo dijo en el propio.  Otra tarde estuvimos haciendo cuentas en reales, dólares americanos, dólares australianos, pesos y euros, pero estábamos hablando de rupias.

     Cuando una residencia se da en un lugar  tan vivo como este, en cultura y personalidades, las horas de trabajo pasan a un segundo lugar: se trata de absorber y vivir esta experiencia  lo más que se puede. Por mi parte escribo cuatro o seis horas al día  tres o cuatro veces por semana, lo demás voy a exposiciones, entrevistas, conferencias,  paseo. 

      Espacios como este hay muchos en el mundo,  oportunidades para vivirlos hay muy pocas.  Soy de lo más afortunada  al estar acá.