lunes, octubre 16, 2006

Puente colgante VII

Firmelengue.

 

Quería  decir adiós  y dije Namasté. La señora se río.

--No, eso sólo se usa una vez, al principio o al final del día.

-- Sólo quiero despedirme.¿Cómo se dice adiós?

Bajita, delgada, de pelo negro recogido en una cola de caballo que seguramente en otros tiempos fue gruesa, su bindi de terciopelo rojo a media frente, la tez con años, los ojos brillantes. Me tomó del brazo con complicidad.

--Estoy tratando de aprender  -dije justificando mi error.

--En India no hay cosa tal como adiós, no  existe esa palabra.

--¿No?  Entonces.

--Nos vemos mañana o nos vemos después, sería lo apropiado. Uno siempre se vuelve a ver, al rato, en unos años: siempre nos volvemos a ver. Se dice firmelengue.

--Firmelengue –repetí en voz baja.

     Me lo dijo rumbo al coche, a la sombra de un árbol de flores blancas.

    Yo sólo quería decir adiós, así como se usa en México, a un hombre  al que empiezo a considerar amigo  y con quien cenaría esa noche. Y ahí, en esa corrección  de formas, en esa naturalidad de las palabras una parte del mundo adquirió sentido: las reencarnaciones, los ciclos sin cerrar, el permanente proceso en el que está todo, la sensación de que todo fluye y está estancado;  no hay etapas, no hay adiós en el sentido general.

    Subí al carro después que ella, la vi acomodarse  el pantalón de su vestido tradicional, admiré el chal  que combinaba a la perfección,  cadenas de plata asomaban  en sus tobillos. Su hijo iba adelante. Nos entretuvimos él y yo en una conversación de lo que hacemos cada cual en la ciudad en la que vivimos, de la percepción de esa India que se veía tras la ventana del carro: él, la tierra donde nació y a la que vuelve año con año; yo, este sitio que se revela y se esconde por momentos.  Se volvió a ver a su madre, iba ella con los ojos cerrados, dormitando. Sonrío en un gesto entendimiento, su madre con el tiempo se va haciendo mayor: esos viejos que no pueden dormir largo durante la noche pero que dormitan en cualquier momento del día.  No ha llegado ese momento en mi vida, mis padres  están tan activos como yo. No está lejos sin embargo y los miraré dormitar  con una sonrisa también.

    Tomé su mano para bajar del carro, sentí sus dedos frágiles en  mis palmas llenas donde en el anverso empiezan a aparecer pecas cafés, flores del panteón, como supe de niña que les decían: cuando las manos están llenas de ellas es que el panteón está florido y  listo para recibirte.  Mi cultivo en camposanto comienza.

    La mujer me llevó al bufete y me  enseñó a elegir un par de alimentos y a comerlos, me sonrío cuando vio que comía arroz con chapati:

  --Los Indios jamás hacen eso: o arroz o chapati.

   Entendí algo que trataba de dilucidar a la hora de la comida  pero que nadie había explicado con tanta claridad.  Insistió que no dejara de comer lentejas, que probara sólo un poco del dulce favorito.

    Sólo dos días  pasamos juntas.  La abracé al caminar, la miré cuidar a sus hijos y marido, la vi animada por la vida y carcajearse con el cuarto o quinto  segundo whisky de su marido. Él dice que nunca bebe más de dos whiskys pero que el segundo a veces se multiplica. Un chiste viejo, supongo, que ella  celebra todavía.

  Nos despedimos con un abrazo fuerte. En ese momento me di cuenta de el afecto que sentí por ella.  Algo profundo se enlazó entre nosotras.

   La tomé de las manos.

---Firmelengue, estoy segura  -- le dije sabiendo que es muy probable que no la vuelva a ver en mi vida, pero que quizá en la sabiduría de la palabra, la he visto antes, en otra vida, en el corazón de mi madre.

--Firmelengue –dijo ella.

Bajé la vista porque sentí  agua en los ojos. Quise tocar  sus pies a la usanza de aquí, así se honra a los mayores y también así se reciben sus bendiciones. No supe cómo hacerlo.

--Firmelengue –repetí.

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