jueves, octubre 05, 2006

Puente colgante VI

 

 

A simple vista

 

A simple vista  India es un  desmadre. Coches, motos, camiones,  rikshos, bicicletas, perros y algún elefante conviven en la calle polvorienta. A medio camellón un grupo de vacas están echadas. En la banqueta, junto a los puestos de verduras que no han pasado por la agroindustria, una familia duerme en el piso,  un niño  desnudo  se baña con agua que saca de una coladera en medio de  basura y tierra.   Atrás se levanta un edificio ultramoderno donde, en medio de la más alta tecnología,   se desarrolla una parte del 8% anual que crece esta economía. Las mujeres visten  sus saris coloridos, ninguno idéntico a otro,  las más jóvenes usan pantalón de mezclilla y una camiseta que señala sus curvas.  Los hombres combinan las kurtas con las camisas occidentales sobre pantalones negros, llevan el bigote con orgullo. Me sorprende la cantidad de gente que usa lentes, explican que la inconstancia de energía eléctrica y  las horas de estudio a la luz de una vela ha gastado los ojos almendrados y suaves  idénticos a los de las estatuas.

   Cierro los ojos: esto es India, trato de acomodarlo en mi corazón. Esta es la tierra que me llama. Abro los párpados y  busco, mis ojos no aciertan sobre algo en específico, me distraigo con la publicidad de la telefonía celular, con esas caras de dicha de todos los anuncios del mundo que venden celulares. Una carreta de collares florales y telas doradas vende lo necesario para la puja a Durga, la fiesta patronal de uno de los miles de dioses que habitan esta  patria. El caos vial es como el de cualquier ciudad, sólo que aquí es más ruidoso y variopinto. De repente aparecen las grandes avenidas, verdes, asfaltadas,  automóviles europeos, los edificios de gobierno, los museos: ciudades que no se parecen a otras,  son ellas mismas  a pesar de esa sucesión  de  colonialismo permanente, civilización milenaria y una Independencia reciente.  Luego siguen las calles menos importantes donde no se sabe si están por arreglar o es una ruina: hay una sensación  de que el tiempo en India va hacia atrás y para adelante  de modo simultáneo. Las mujeres hacen el trabajo pesado, son las obreras  que cargan ladrillos y tierra enredadas en sus vestidos de algodón. Los niños de la calles se multiplican en los semáforos, los voceadores aprovechan la luz roja para vender el periódico: la noticia última es que van a colgar a un malhechor en los días por venir. Atrás venden muñecos  de plástico y peluche, máscaras del hombre araña.  El mundo es un mercado, pienso,  manejado por ese dios oscuro  que nos ha hecho olvidar a los dioses personales.   Esto también es India, me digo. En un  país tan rico y legendario  no hay una sola imagen que la contenga.

    Me divierten los espectaculares sobre cine,  la gran industria nacional.  Un cine que hasta hace diez años censuraba las escenas de los besos,  como en la época de la España de Franco.  Me sorprende la represión sexual que hay: en general  las mujeres no pueden  enseñar debajo de la v del cuello y andar solas en un riesgo,  no se habla de sexo, apenas empiezan a salir anuncios de condones,  el número de  gente con sida es alarmante. Una sociedad que en otros tiempos fue ejemplo de apertura  y divinización de lo sexual,  en esos ciclos a lo que todo está sujeto, hoy vive una época de contención  impresionante. 

   India es muchas Indias, cinco siglos están vivos al mismo tiempo, con sus muchas tradiciones  e injusticias, con su belleza. Cuatro religiones  caminan por la banqueta,  yo confío que el motoriksho me lleva a la oficina que le he indicado aunque no estoy segura de eso ni de nada. A simple vista India es un lugar fascinante.  

 

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