jueves, octubre 05, 2006

Puente colgante V

 

La última lluvia del monzón.

 

Los Indios aman el monzón: la temporada de  lluvia que pone fin al calor de  hasta 50 grados centígrados, a la sequía de la tierra  y las cosechas, a lengua hinchada de sed.  Cuando vienen las lluvias los árboles, los animales, la gente, lo presienten con una sonrisa. El agua es fiesta y se le da la bienvenida: India toda cambia de color,  viste de verde sus llanuras, aparecen las cascadas, el aroma de las flores llena el aire. La gente recibe  el agua  bajo el cielo, con el rostro hacia arriba, agradecida. Un pájaro abre  el pico y hace de su boca pozo. Se escucha el latido de otra vida que renace con el agua: ranas, insectos, y otros animales salen de su aletargamiento.

  Esa misma lluvia que no se detiene en  60  o 70 días los meses de julio, agosto y septiembre, todo el día y toda la noche, que ayuda a germinar lo que  no había nacido y embellece el panorama, termina por destruir lo que ya estaba. Caseríos de adobe y techo de paja desaparecen,  calles y casas  se inundan (no hay drenaje suficiente que contenga  tanta agua, en ocasiones ni drenaje) y se dañan estructuras;  niños y animales mueren ahogados, todos los objetos resienten el daño de las aguas.

   El monzón es una fiesta que da vida y la  destruye al mismo tiempo. La vida no para  ni con la sequía ni con las inundaciones: en tremendos calores la gente anda descalza por varios kilómetros en busca de agua,  se detiene bajo la sombra de un árbol hasta que pasan las horas más tremendas y siguen su camino. Del mismo modo avanzan con agua hasta la cintura rumbo a sus actividades de todos los días.

    Llegué a Nueva Delhi  el 12 de septiembre, me avisaron que el 15 era el fin del monzón pero que a veces se reducía o alargaba unos días.  El 14 amaneció lloviendo, una lluvia silente, constante. Me cubrí  con una manga de plástico  y salí a la calle: los conductores de moto y bicicleta con una mano sostenían el manubrio y con la otra un paraguas. Los niños caminaban a  la escuela  sin gestos en la cara, las mujeres no trataban de esquivar un charco, tarde o temprano terminarían por mojarse los pies y el sari.  No había rechazo al agua, sino una vida más lenta de nube gris.   Algunos se cubrían con paraguas o periódico, otros traían la camisa pegada a la piel, enlodadas las chanclas de plástico, el cuello en alto.

   Esa noche escuché un concierto de croar  y chirridos, una culebra se asustó con mis pasos y volvió al estanque de donde había salido,  pequeñísimos insectos vedes se posaban en mi piel.  En mi cuarto encontré dos ranas  del tamaño de los pulgares que se esforzaban por subir una  escalera, las observé mientras lograban su hazaña. Recordé a mi padre y su vínculo con estos seres verdes. Lo bendije desde aquí.

   Cuando amanecí quedaba muy poco de la humedad del día anterior, sólo los pájaros bajaban a beber agua de los charcos, la luz de la mañana trajo consigo un calor que exprimió hilos de sudor  de mi espalada. El  día estuvo lleno de tráfico porque el  semáforo se descompuso con las lluvias y había inundaciones,  pitidos y caos  por todos lados.  Esa noche fue más callada, con algunos grillos, en mi cuarto volví a ver a las ranas y cuando me acerqué  la mancha de su orina me alejó.

    Dejé la manga de plástico afuera durante dos semanas más pero  no ha vuelto a llover.  Las   calles están llenas de baches, dicen las noticias que algunos pueblos se deslavaron por  completo. No hay grupos de rescate ni ayuda internacional: No hay tragedia, sólo el ciclo de la vida. No he vuelto a ver ni a escuchar ranas, el calor de los días avanza sin humedad, y los animales  y yo nos escondemos  bajo la sombra.   

 

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