lunes, octubre 30, 2006

Puente colgante 12

 

 

Ellas

 

   Pongo atención en las mujeres. Viajan en moto, sujetas  a sus hombres que calzan casco y chamarra. Ellas van atrás, sentadas de lado, sin más protección que su  sari. Son las trabajadoras en las construcciones, cargan el material sobre sus cabezas, escarban con las manos. Trabajan como empleadas  domésticas en las casas, escucho el sonido de sus tobilleras de plata. Venden fruta en la calle, se sonríen con mi color de piel, les devuelvo la mirada con un gesto de amistad. La belleza de algunas es  impresionante, pobres o ricas, mendigas u oficinistas, sus rostros son una imagen que quita el aliento.   Se pintan las manos con hena el día de su boda y cuando ayunan por sus maridos. Se arreglan con kajal y un bindi  en el entre cejo. Ahora que empieza el otoño y un círculo naranja y dorado, enorme, ocupa el cielo de las mañanas y los  atardeceres , pienso que el sol es el bindi del universo.  Ellas portan  el centro de su universo a media frente. Quizá por eso son tan hermosas. No importa su pobreza o riqueza usan anillos en los dedos de los pies, collares, tobilleras, pulseras,  aretes en las narices y en los oídos. Una mujer india muestra  su tradición,  estética y  valor social por aquello que porta.

  Con quienes hablo se quejan de lo difícil que es ser mujer en esta sociedad, la violencia en la mirada de los hombres, lo poco protegidas y apreciadas, el no poder andar solas en las calles, el riesgo de ser  atacadas  y violadas si lo hacen. Las solteras se cuidan de declarar su estado: una mujer sin hombre vale muy poco o nada. En zonas rurales  todavía las casan de 10 o 12 años. Tienen 11 hijos a los largo de su vida que no es de ellas sino de sus  padres y luego de sus maridos y luego de sus hijos. De cualquier modo en todas las  clases sociales y tradiciones lo más importante en la vida de una mujer   sigue siendo el matrimonio y los hijos, que no el amor ni la relación de pareja, mucho menos el trabajo. Ese matrimonio, está claro, la mayoría de las veces no trae la dicha sino estatus y a veces violencia. Justo en estos días  acaba de entrar en vigor una ley de protección de a las mujeres  donde se dice que los maridos no tienen derecho a gritarles y que  pueden ser castigados por ello. Nada que en México no sepamos.

    Por supuesto que hay otras mujeres, las que abren camino, una ruta constantemente amenazada con volverse a cerrar. No me sorprende  saber que  la primera mujer médico y  la  primera mujer piloto indias  fueron  sikhs,  la única religión de origen hinduista  que sostiene que hombres y mujeres son iguales.

     Las más modernas y de otra clase social visten  jeans y  gafa oscura, estudiaron en Estados Unidos o  Inglaterra, se atreven con camisas sin mangas. Han roto la tradición: no viven con su familia, no están casadas  y comparten apartamento con otras mujeres de su edad, como se hace en otros lados del mundo. Un nuevo referente en esta cultura. Son pioneras,  tienen la valentía y el dolor que eso significa.  Hace 10 años ninguna vestía de modo occidental. No me gusta que imiten otra moda.  Pero cuando reflexiono pienso en mí, uso jeans y gafa oscura,  mi mexicanidad  no está  en la ropa.  Quizá  a los extranjeros les gustaría verme vestida de huipil y cotona como visten algunas amigas. Ser india no está en las guptas y los panjabis. Vestir de modo occidental implica, entre otras cosas, que  de algún modo se han liberado de sus atavismos.  Pueden trabajar y ganar dinero, tener algo de independencia.

        Jaspreet es el nombre de una de mis amigas.  Tiene  45 años y 20 de casada,  su familia arregló su matrimonio,  se casó el día después de conocer a su marido. Tiene dos hijos,  una buena relación con su hombre y trabaja seis días a la semana. Es la excepción  porque sólo el 1% de las mujeres casadas y con hijos lo hacen. Viste su  ropa tradicional en la oficina  y los fines de semana anda de pantalón y blusa.  Las  veinteañeras con quienes trato son de lo más audaces en su contexto,  apenas en esta generación se  acepta  el desarrollo profesional de las mujeres y no por completo. Las admiro como se admira una planta  a medio desierto, florecer a veces cuesta tanto trabajo.  Una de ellas es Nidhi,   tiene 26 años y  cinco meses de casada, lleva los antebrazos repletos  de pulseras rojas como la hacen las recién casadas durante  medio año después de su boda. Después  se pintará la raya roja en el nacimiento del cabello que indica su estado civil.  Su marido y ella se conocieron en la universidad, los padres de ambos aceptaron. Ella fue a vivir a casa de su suegra, como manda la tradición.  A los pocos días  de conocernos me  regaló  un par de aretes de bienvenida. Entré a esta tierra con su  bendición.

      Dicen que las mujeres somos la identidad de un país, lo que enseñamos, lo que vestimos, lo que pensamos, lo que cocinamos.  Somos el mecanismo que origina y sostiene al mundo.  En nuestro modo de ser y el modo  como somos tratadas se expresa la evolución de una sociedad.  Estoy de acuerdo. De la mayoría de las mujeres indias  sólo se escucha su  silencio debajo de  las telas  coloridas que las envuelven.

 

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