lunes, octubre 30, 2006

Puente colgante 12

 

 

Ellas

 

   Pongo atención en las mujeres. Viajan en moto, sujetas  a sus hombres que calzan casco y chamarra. Ellas van atrás, sentadas de lado, sin más protección que su  sari. Son las trabajadoras en las construcciones, cargan el material sobre sus cabezas, escarban con las manos. Trabajan como empleadas  domésticas en las casas, escucho el sonido de sus tobilleras de plata. Venden fruta en la calle, se sonríen con mi color de piel, les devuelvo la mirada con un gesto de amistad. La belleza de algunas es  impresionante, pobres o ricas, mendigas u oficinistas, sus rostros son una imagen que quita el aliento.   Se pintan las manos con hena el día de su boda y cuando ayunan por sus maridos. Se arreglan con kajal y un bindi  en el entre cejo. Ahora que empieza el otoño y un círculo naranja y dorado, enorme, ocupa el cielo de las mañanas y los  atardeceres , pienso que el sol es el bindi del universo.  Ellas portan  el centro de su universo a media frente. Quizá por eso son tan hermosas. No importa su pobreza o riqueza usan anillos en los dedos de los pies, collares, tobilleras, pulseras,  aretes en las narices y en los oídos. Una mujer india muestra  su tradición,  estética y  valor social por aquello que porta.

  Con quienes hablo se quejan de lo difícil que es ser mujer en esta sociedad, la violencia en la mirada de los hombres, lo poco protegidas y apreciadas, el no poder andar solas en las calles, el riesgo de ser  atacadas  y violadas si lo hacen. Las solteras se cuidan de declarar su estado: una mujer sin hombre vale muy poco o nada. En zonas rurales  todavía las casan de 10 o 12 años. Tienen 11 hijos a los largo de su vida que no es de ellas sino de sus  padres y luego de sus maridos y luego de sus hijos. De cualquier modo en todas las  clases sociales y tradiciones lo más importante en la vida de una mujer   sigue siendo el matrimonio y los hijos, que no el amor ni la relación de pareja, mucho menos el trabajo. Ese matrimonio, está claro, la mayoría de las veces no trae la dicha sino estatus y a veces violencia. Justo en estos días  acaba de entrar en vigor una ley de protección de a las mujeres  donde se dice que los maridos no tienen derecho a gritarles y que  pueden ser castigados por ello. Nada que en México no sepamos.

    Por supuesto que hay otras mujeres, las que abren camino, una ruta constantemente amenazada con volverse a cerrar. No me sorprende  saber que  la primera mujer médico y  la  primera mujer piloto indias  fueron  sikhs,  la única religión de origen hinduista  que sostiene que hombres y mujeres son iguales.

     Las más modernas y de otra clase social visten  jeans y  gafa oscura, estudiaron en Estados Unidos o  Inglaterra, se atreven con camisas sin mangas. Han roto la tradición: no viven con su familia, no están casadas  y comparten apartamento con otras mujeres de su edad, como se hace en otros lados del mundo. Un nuevo referente en esta cultura. Son pioneras,  tienen la valentía y el dolor que eso significa.  Hace 10 años ninguna vestía de modo occidental. No me gusta que imiten otra moda.  Pero cuando reflexiono pienso en mí, uso jeans y gafa oscura,  mi mexicanidad  no está  en la ropa.  Quizá  a los extranjeros les gustaría verme vestida de huipil y cotona como visten algunas amigas. Ser india no está en las guptas y los panjabis. Vestir de modo occidental implica, entre otras cosas, que  de algún modo se han liberado de sus atavismos.  Pueden trabajar y ganar dinero, tener algo de independencia.

        Jaspreet es el nombre de una de mis amigas.  Tiene  45 años y 20 de casada,  su familia arregló su matrimonio,  se casó el día después de conocer a su marido. Tiene dos hijos,  una buena relación con su hombre y trabaja seis días a la semana. Es la excepción  porque sólo el 1% de las mujeres casadas y con hijos lo hacen. Viste su  ropa tradicional en la oficina  y los fines de semana anda de pantalón y blusa.  Las  veinteañeras con quienes trato son de lo más audaces en su contexto,  apenas en esta generación se  acepta  el desarrollo profesional de las mujeres y no por completo. Las admiro como se admira una planta  a medio desierto, florecer a veces cuesta tanto trabajo.  Una de ellas es Nidhi,   tiene 26 años y  cinco meses de casada, lleva los antebrazos repletos  de pulseras rojas como la hacen las recién casadas durante  medio año después de su boda. Después  se pintará la raya roja en el nacimiento del cabello que indica su estado civil.  Su marido y ella se conocieron en la universidad, los padres de ambos aceptaron. Ella fue a vivir a casa de su suegra, como manda la tradición.  A los pocos días  de conocernos me  regaló  un par de aretes de bienvenida. Entré a esta tierra con su  bendición.

      Dicen que las mujeres somos la identidad de un país, lo que enseñamos, lo que vestimos, lo que pensamos, lo que cocinamos.  Somos el mecanismo que origina y sostiene al mundo.  En nuestro modo de ser y el modo  como somos tratadas se expresa la evolución de una sociedad.  Estoy de acuerdo. De la mayoría de las mujeres indias  sólo se escucha su  silencio debajo de  las telas  coloridas que las envuelven.

 

miércoles, octubre 25, 2006

Puente colgante 11

 

 

 

Los animales

 

El respeto por la vida de los animales en India es un ejemplo para todos aquellos preocupados  por la conservación de las especies. Y sin embargo tienen sus muchos bemoles.

   El  noventa por ciento de la fauna está relacionada con la mitología y por tanto hay que relacionarse con ella como lo que es: una manifestación más de lo sagrado. La   reses son sacras porque sus cuernos  recuerdan al bastón que usa shiva y no  sólo no las comen sino no las matan. Cuando las vacas terminan de producir leche, sus dueños, incapaces de seguirlas manteniendo  y de acabar con ellas, las dejan sueltas en la calle. Viven en los camellones, comen basura, y esperan el fin de sus días. El espectáculo de verlas  en los basureros es tan impresionante que una amiga dice que sospecha que las pronto las usarán como arma biológica.  Cuando mueren, eso sí, a todos les interesa su piel para hacer zapatos.

   Afuera de mi cuarto  había un nido de avispas, ni para qué decir del DDT ni nada parecido. En este mundo cabemos todos  y si llegara el momento de decidir entre  ellos o nosotros la cuestión no sería  fácil: más bien que sobreviva el más fuerte. Finalmente convencí a un empleado que prendiera  una fogata cerca de mi habitación  para que ellas solitas se fueran con el humo. Funcionó.  Hace poco hubo una epidemia de dengue.  Un par de años atrás, en estas situaciones extremas,  pasaban camiones y rociaban contra mosquitos pero ya no sucede más  porque sirve poco y porque ¿qué no son ellos también seres con espíritu?

   La cosa se pone pintoresca cuando en el centro de la ciudad  grandes changos se cuelgan de los cables de teléfono y  brincan de terraza en terraza buscando algo que robar. En la calle los perros  ladran  y hasta las ratas se esconden con  la jauría  que anda tras los  changos. Dentro de la ciudad vuelan halcones, parvadas enormes de pericos y en las afueras se ven  pavo reales  a sus anchas.

    El concepto de mascota no  funciona entre los hinduistas porque cómo saber si el perro que vive en tu casa no es un violador que por castigo reencarnó en perro y uno no va a atender amablemente, o al contrario será tu  próximo marido y ni modo de no darle de comer de tu plato. Así las cosas que mejor cada quien se rasque con sus uñas. Pero si un animal llega al lugar donde vives, eso ya es otra cosa.

   En el centro donde vivo hay un perro  que adoptó el sitio como su casa y le dan de comer a diario. Una de las primeras mañanas encontré sangre en el piso y me dijeron que el animal estaba enfermo y viejo, que se iba a morir pronto. Ojalá así hubiera sido. El perro en efecto está viejo pero tiene una herida en la cola que se convirtió en  gangrena y que ya afecta todo el cuerpo. El perro no puede ni caminar  ni echarse, en su cara hay  mucho dolor.

    --¿Qué no pueden ponerle una inyección?

    -- Sí – me dice la coordinadora con  los ojos aguados. Ella quiere al animal  y  sabe que es mejor ponerlo a dormir.

      Pide a uno de los trabajadores que llame al veterinario y él se niega a hacerlo, siente que sería tanto como él mismo matarlo. Así las cosas ninguno quiere llamar al veterinario, ninguno quiere curarlo, sino dejarlo ahí a que se muera literalmente como lo que es. Yo no tengo ningún afecto por el can y si a nadie le importa yo puedo ayudarlo a morir. Todos están de acuerdo.  Sólo tengo que buscar  teléfonos y llamar. La  coordinadora habla con un veterinario amigo. Dice que tendremos que llevarlo ambas,  nada más  imaginarme subir el perro al coche  me hace sufrir.

  --¿Qué no puede venir el chingado doctor?  --digo en español y nada más traduzco lo del doctor.

     Ella hace más llamadas, finalmente encuentra una agrupación  que ayuda a bien morir a los animales. Pueden venir por el perro, pero será hasta dentro de dos días porque estamos a medio festival y la cosa se complica. Recuerdo la primera vez que sucedió en mi vida: una cachorra callejera simpatiquísima resultó ciega: Samantha. Mamá me explicó que los perros no necesitan sufrir, yo pensé que hablaba de ir a la escuela para ciegos, la llevó al veterinario, volvió con los brazos vacíos. Me explicó cómo sucede pero no quiso que yo estuviera ahí. Muchos años después  puse a   dormir a Nedra, mi perra weimaraner.  Sostuve su cabeza en mis piernas,  recé un padrenuestro,  le di gracias por los  13 años que vivió conmigo, le dije que iba a ir al cielo de los perros y que iba a ser muy feliz persiguiendo gatos y la sombra de las mariposas.  La noche anterior a que llegaran los del servicio soñé con Daria, mi perra que dejé en México, que tenían que dormirla y no se atrevían a decírmelo. He pensado poco en ella, no he querido hacerlo. La extraño sabiendo que está enojada conmigo y que me castigará con el látigo de su desprecio cuando vuelva a México. Sueño que le digo a Daria, Vete con bien , tendrás  mejor vida. Despierto. No sé qué decir a este animal. Finalmente lo veo partir.    

 

domingo, octubre 22, 2006

Puente colgante X

 

Diwali

 

Se pronuncia duvali y es el festival  más importante en India no sólo para los hinduistas sino para  sikhs y jainistas.  Son días de asueto nacional: las casas se llenan de luces de vela y eléctricas, el aire con cohetes, las mujeres se pintan las manos con hena, se dan regalos para promover la prosperidad, se reúne la familia.  Si hubiera un equivalente sería tan importante como el día de gracias en Estados Unidos.

  Diwali se conoce también como la fiesta de las luces en la que se celebra la victoria del bien sobre el mal, una historia salida del Ramayana en la que Rama vence al demonio Ravan y regresa a su casa después de 14 años de exilio. Dura 5 días   durante los meses de octubre y noviembre, la fecha varía de acuerdo con el calendario lunar.  El primer día es bueno para las compras; el segundo se abre una nueva era de luz y conocimiento; el tercero es luna nueva y es el mero Diwali, como se observa completa oscuridad en el cielo se iluminan las casas  y  queman fuegos de artificio; el cuarto día es el primero  de un  ciclo nuevo;  y el quinto día se reúne la familia para celebrar  y fomentar los lazos.

    Hay recetas tradicionales, dulces, cánticos, vestimenta, decoraciones, juegos de cartas, poemas, rezos, velas de varios tipos y formas, y todo lo relativo a la fecha.  Ir de compras es un infierno y las calles se ponen tan tranquilas que la ciudad adopta otra cara. Los que pueden hacen un viaje corto y los que no, celebran en sus casas.

     Para los jainistas es el principio del año fiscal, se cierran los libros contables y se llama a la abundancia.  Las tiendes ofrecen grandes descuentos para  promover el comercio.  Los hinduistas también celebran a la diosa Lakshmi y su entrada al universo en forma de energía, shakti, que dota de luz a todo lo creado.  Los sikhs celebran la liberación de un gurú  que estaba en la cárcel y que salió con 52 compañeros de celda tomados de la punta de su camisa.

   Diwali es también la época que marca el cambio el clima, entra el otoño y las noches empiezan a ser frías.  Se dice después de Diwali los chales salen en las noche y así es. Ya se duerme con cobija y los ventiladores no son necesarios a ninguna hora del día.

      Yo celebré los 5 días como si fuera local. Entre los amigos artistas  extranjeros  y los locales tuvimos agenda llena. En la residencia la noche previa cenamos con luz de vela, y al día siguiente empezamos el desayuno con un pastelillo en la boca para endulzarnos la vida. Nos dijeron Feliz Diwali y regalaron dulces,  para no romper la costumbre fuimos a comprar chocolates para los trabajadores del lugar. Nos invitaron a tres fiestas, un  pre duvali que fue  una reunión de amigos, en una casa decorada con luces eléctricas y velas en el piso dentro de mosaicos rebuscados hechos con flores.   Esa noche jugamos Flush, un pókar de tres cartas. El chiste  es apostar para llamar a la diosa de la fortuna y que acompañe todo el año que comienza, no importa si se gana o pierde. Si no se juega a las cartas la tradición dice que la próxima vida se renacerá burro, ese dato todavía no se lo paso a la pintora francesa que no se animó a apostar algunas rupias.

   Otra de las reuniones fue más familiar y sencilla, pero salimos una hora a la calle a quemar cohetes, encender velitas y  disfrutar de la ciudad iluminada  en sus balcones y terrazas. Otra tarde fuimos a casa de un amiguito de 11 años que nos recibió con un collar de flores, nos llevó a su cuarto y enseñó sus cosas, quemamos cohetes sin temor a la contaminación ni al ruido. La familia invitó chai y nueces, su mamá me regaló  zapatos, y luego fuimos a rezar a un  templo  sikh, hermosísimo, al aire libre, que se llama Gobin Sadan. Hice todos los ritos, me lavé antes de entrar al templo, encendí velas, me levanté y agaché como treinta veces y todas puse la frente en el piso, tomé agua bendita, recé el padrenuestro en español y en voz alta,  con la encargada de las oraciones repetí un mantra para que llegue un milagro a  mi vida.

   Así que nada más para presumir informo que a tono con el Diwali he vencido el mal, que en mi caso incluye dengue y ratones en forma literal y metafórica; estoy llena de luces y luz;  la diosa de la abundancia está conmigo; recibí y di regalos, y estoy listísima para empezar un nuevo ciclo llena de bendiciones indias.

 

viernes, octubre 20, 2006

Puente colgante 9

 

Ellos

 

Extrema precauciones, recomiendan todos.  India no es un lugar seguro para  mujeres locales ni extranjeras. Desde coquetos hasta violentos, en todos los tonos imaginables. Cuido no enseñar brazos, piernas, ni debajo de la v del cuello; no me expongo ni en lugares ni horarios. Los observo. Los actores, los modelos, son de una belleza impresionante: morenos, varoniles, de ojos luminosos de tan negros,  labios de ensueño. No hay bocas más perfectas, qué bruto. Los que conozco son más bien normales, dueños de sus genes, aromas  y acentos, perfectamente indios, amables, sonrientes, coquetos y distantes al mismo tiempo.  Los de  la calle son otra cosa,  la mayoría de bigote, ceja tupida, los muy amigos andan tomados de la mano,   delgadísimos,  usan arete en la nariz y en la oreja,  los mayores echan barriga dura y redonda, como de embarazo,   se pintan las canas con hena  en una estética que nada más no comprendo.  Hay apuestos y muy feos, como  en todas las razas. Si a los guapos se les añade el trapo en la cabeza,  la chancla de plástico, la Kurta  gris de tan sucia, el tinte rojo en los labios por el tabaco que mastican, la belleza masculina se convierte en una cuestión  más bien  abstracta.  Se les ve sentados en la espera de los camiones, acostados en una banca, platicando en los porches, pedaleándole duro al rikshó. Les encanta el cricket y el baile.

       Fui a comprar chales, el dueño era un hombre muy guapo, de Cachemira. Cuando me preguntó si estaba casada  me vi  inventando el cuento chino a lo indio de que mi marido trabajaba en  HSBC y mis hijos entran a la universidad este año.  ¿De verdad protegen las mentiras?   Otra vez la misma pregunta con un taxista. Le dije que estaba casada pero no tenía bebés porque no podía.  Para qué explicarle más detalles.  Hizo cara de Dios nos valga y casi detiene el coche de un enfrenón. En ese mismo momento me explicó del gurú al que  reza, que gente va  de todos lados del mundo porque es mi-la-gro-sí-sí-mo, (eso entendí que dijo en hindi), que si le permitía en ese momento me llevaba a rezarle y que estaba seguro de que en menos de un año yo tendría un bebé en mis manos. No adentro sino afuera. Esas fueron sus palabras.   Al siguiente hombre que me preguntó  generales  opté por decir  la verdad. Malo. El ojito se le puso como de perro de peluche que venden en los semáforos y me invita a todos lados. Las fantasías de los locales con las extranjeras  es mayúscula, con la represión sexual de esta sociedad.  ellos piensan que les tocará una sesión de sexo intensivo como nunca en su vida.   Una amiga nueva  me ofreció la solución. Eres viuda, y eso es de mal agüero  porque quiere decir que eres una es mata maridos. Y pues sí, santo remedio. Funciona como repelente.

   En una reunión conocí a un hombre encantador, guapo, culto, simpático, de mis años.  Pertenece a la realeza, me chupé los labios; es viudo, me enchiné la pestaña; se rumora que fue él quien mató a su mujer aunque nunca pudieron probarle nada. Me dirigí a otro lado.

     Esta es una sociedad patriarcal en donde se adora a las diosas en los templos y a las mujeres de la casa se las trata con los pies, por decir lo menos. Las historias de violencia de género son tan espantosas como en mi país. Qué demonio los habita, me pregunto, cuando los miro tan tranquilos y sonrientes. Hay de todo, me consuelo. He conocido a hombres de primera, el dueño de la fundación en la que estoy, por ejemplo, es un tipo extraordinario pero no es un hombre común.  De cualquier manera no quiero saber mucho más de ellos, me protejo con ropa y mentiras de su cercanía, sólo los observo.

 

lunes, octubre 16, 2006

Puente colgante 8

 

 

 LA CRISIS DEL MES

 

Creo que ya podría empacar, me dije. Justo acababa de cumplir un mes y el sabor de la comida empezó a hartarme, ya no  me reía tanto de todos los gajes del idioma, ni me causaba tanta fascinación este mundo. Además me sentía rara, mal, con una gripa que no acababa de serlo, y de la que tampoco salía. Sudaba  por las noches a modo de mojar la sábana  y en el día el aire del ventilador lastimaba mi piel. Sin ventilador me estaba asando.  Así que afiebrada, con dolor en los ojos, extrañando mucho a mis amados y con una tristeza que no dejaba de crecer pensé que podría regresar  a mi casa y a mis cosas. En eso volví el estómago y me fui a la  cama con el principio de una diarrea sin cólico.  A  la mañana siguiente la febrícula se declaró fiebre y no pude desayunar,  ya no le vi cara de gripa al malestar que me estaba abrazando. Saqué el antibiótico. Pero después de 24 horas todavía tenía fiebre y empezaba a estar débil. Me siento  como la ciudad de Nueva Delhi, dije a mis compañeros, no sabes si la están construyendo o destruyendo.  Hice un par de llamadas y para esta tarde hice cita con una doctora en el mejor hospital de la ciudad que se mira a la altura de cualquiera otro del mundo. No hice cita antes porque cuando te sientes mal no piensas, y como no piensas no te das cuentas que no estás pensando, aunque suena a cantinflazo.  Cuando llegué al consultorio vi que me empezaba una urticaria en la piel.  La doctora me revisó, cambió el medicamento,  mando a hacer  exámenes de sangre.  El resultado fue de leucocitos altos y plaquetas bajas. Otros exámenes: menos plaquetas y positivos los anticuerpos del dengue.   La urticaria de la piel no me dejaba ni descansar sobre la sábana. Me sentía fatal. Hablé a mis papás, estaban por venir si era necesario ya que una opción era internarme un par de días en el hospital  para evitar deshidratación  y quizá para trasfundirme una unidad de sangre porque bajaban constantemente el número de plaquetas. No fue necesario.

    En esos días recibí flores, libros, llamadas y visitas de mis nuevos amigos. Qué regalo de la vida es la amistad que florece en cualquier lado, que hace más alegres los momentos de dicha y  acompaña en las horas tristes.

     Una vez pasados los días peores entré al Internet a buscar sobre dengue. Qué bueno que no supe todo eso mientras me sentía mal. Me enteré que hay dos tipos de dengue:  uno que produce hemorragia interna y quizá la muerte, y otro que no. Por fortuna el mío fue del segundo que entre sus características produce llanto continuo.

   Con los medicamentos inmediatamente empecé a sentirme bien, de hecho ya no tengo ningún síntoma.  Como la dieta que llevo aquí  es vegetariana y hace un mes que no como proteína animal  ya compré un licuado enriquecido con minerales que bebo dos veces al día, además de que salgo tapizada de repelente de mi cuarto. He suspendido mis caminatas matinales y vespertinas que son las horas de menos sol pero en las que los moscos atacan con fuerza.

     Ahora viene una recuperación  de muchas horas de sueño y agua para que el cuerpo se reestablezca. En 10 días se supone que estaré como nueva. De cualquier manera en la tarde voy a otro examen de sangre para estar monitoreando el avance.  Tomo las cosas con muchísima calma, me ha vuelto el gusto por la comida y aunque extraño estoy contenta aquí, todavía con mucho por hacer, con ganas de quedarme.    

 

Puente colgante VII

Firmelengue.

 

Quería  decir adiós  y dije Namasté. La señora se río.

--No, eso sólo se usa una vez, al principio o al final del día.

-- Sólo quiero despedirme.¿Cómo se dice adiós?

Bajita, delgada, de pelo negro recogido en una cola de caballo que seguramente en otros tiempos fue gruesa, su bindi de terciopelo rojo a media frente, la tez con años, los ojos brillantes. Me tomó del brazo con complicidad.

--Estoy tratando de aprender  -dije justificando mi error.

--En India no hay cosa tal como adiós, no  existe esa palabra.

--¿No?  Entonces.

--Nos vemos mañana o nos vemos después, sería lo apropiado. Uno siempre se vuelve a ver, al rato, en unos años: siempre nos volvemos a ver. Se dice firmelengue.

--Firmelengue –repetí en voz baja.

     Me lo dijo rumbo al coche, a la sombra de un árbol de flores blancas.

    Yo sólo quería decir adiós, así como se usa en México, a un hombre  al que empiezo a considerar amigo  y con quien cenaría esa noche. Y ahí, en esa corrección  de formas, en esa naturalidad de las palabras una parte del mundo adquirió sentido: las reencarnaciones, los ciclos sin cerrar, el permanente proceso en el que está todo, la sensación de que todo fluye y está estancado;  no hay etapas, no hay adiós en el sentido general.

    Subí al carro después que ella, la vi acomodarse  el pantalón de su vestido tradicional, admiré el chal  que combinaba a la perfección,  cadenas de plata asomaban  en sus tobillos. Su hijo iba adelante. Nos entretuvimos él y yo en una conversación de lo que hacemos cada cual en la ciudad en la que vivimos, de la percepción de esa India que se veía tras la ventana del carro: él, la tierra donde nació y a la que vuelve año con año; yo, este sitio que se revela y se esconde por momentos.  Se volvió a ver a su madre, iba ella con los ojos cerrados, dormitando. Sonrío en un gesto entendimiento, su madre con el tiempo se va haciendo mayor: esos viejos que no pueden dormir largo durante la noche pero que dormitan en cualquier momento del día.  No ha llegado ese momento en mi vida, mis padres  están tan activos como yo. No está lejos sin embargo y los miraré dormitar  con una sonrisa también.

    Tomé su mano para bajar del carro, sentí sus dedos frágiles en  mis palmas llenas donde en el anverso empiezan a aparecer pecas cafés, flores del panteón, como supe de niña que les decían: cuando las manos están llenas de ellas es que el panteón está florido y  listo para recibirte.  Mi cultivo en camposanto comienza.

    La mujer me llevó al bufete y me  enseñó a elegir un par de alimentos y a comerlos, me sonrío cuando vio que comía arroz con chapati:

  --Los Indios jamás hacen eso: o arroz o chapati.

   Entendí algo que trataba de dilucidar a la hora de la comida  pero que nadie había explicado con tanta claridad.  Insistió que no dejara de comer lentejas, que probara sólo un poco del dulce favorito.

    Sólo dos días  pasamos juntas.  La abracé al caminar, la miré cuidar a sus hijos y marido, la vi animada por la vida y carcajearse con el cuarto o quinto  segundo whisky de su marido. Él dice que nunca bebe más de dos whiskys pero que el segundo a veces se multiplica. Un chiste viejo, supongo, que ella  celebra todavía.

  Nos despedimos con un abrazo fuerte. En ese momento me di cuenta de el afecto que sentí por ella.  Algo profundo se enlazó entre nosotras.

   La tomé de las manos.

---Firmelengue, estoy segura  -- le dije sabiendo que es muy probable que no la vuelva a ver en mi vida, pero que quizá en la sabiduría de la palabra, la he visto antes, en otra vida, en el corazón de mi madre.

--Firmelengue –dijo ella.

Bajé la vista porque sentí  agua en los ojos. Quise tocar  sus pies a la usanza de aquí, así se honra a los mayores y también así se reciben sus bendiciones. No supe cómo hacerlo.

--Firmelengue –repetí.

.

 

jueves, octubre 05, 2006

Puente colgante VI

 

 

A simple vista

 

A simple vista  India es un  desmadre. Coches, motos, camiones,  rikshos, bicicletas, perros y algún elefante conviven en la calle polvorienta. A medio camellón un grupo de vacas están echadas. En la banqueta, junto a los puestos de verduras que no han pasado por la agroindustria, una familia duerme en el piso,  un niño  desnudo  se baña con agua que saca de una coladera en medio de  basura y tierra.   Atrás se levanta un edificio ultramoderno donde, en medio de la más alta tecnología,   se desarrolla una parte del 8% anual que crece esta economía. Las mujeres visten  sus saris coloridos, ninguno idéntico a otro,  las más jóvenes usan pantalón de mezclilla y una camiseta que señala sus curvas.  Los hombres combinan las kurtas con las camisas occidentales sobre pantalones negros, llevan el bigote con orgullo. Me sorprende la cantidad de gente que usa lentes, explican que la inconstancia de energía eléctrica y  las horas de estudio a la luz de una vela ha gastado los ojos almendrados y suaves  idénticos a los de las estatuas.

   Cierro los ojos: esto es India, trato de acomodarlo en mi corazón. Esta es la tierra que me llama. Abro los párpados y  busco, mis ojos no aciertan sobre algo en específico, me distraigo con la publicidad de la telefonía celular, con esas caras de dicha de todos los anuncios del mundo que venden celulares. Una carreta de collares florales y telas doradas vende lo necesario para la puja a Durga, la fiesta patronal de uno de los miles de dioses que habitan esta  patria. El caos vial es como el de cualquier ciudad, sólo que aquí es más ruidoso y variopinto. De repente aparecen las grandes avenidas, verdes, asfaltadas,  automóviles europeos, los edificios de gobierno, los museos: ciudades que no se parecen a otras,  son ellas mismas  a pesar de esa sucesión  de  colonialismo permanente, civilización milenaria y una Independencia reciente.  Luego siguen las calles menos importantes donde no se sabe si están por arreglar o es una ruina: hay una sensación  de que el tiempo en India va hacia atrás y para adelante  de modo simultáneo. Las mujeres hacen el trabajo pesado, son las obreras  que cargan ladrillos y tierra enredadas en sus vestidos de algodón. Los niños de la calles se multiplican en los semáforos, los voceadores aprovechan la luz roja para vender el periódico: la noticia última es que van a colgar a un malhechor en los días por venir. Atrás venden muñecos  de plástico y peluche, máscaras del hombre araña.  El mundo es un mercado, pienso,  manejado por ese dios oscuro  que nos ha hecho olvidar a los dioses personales.   Esto también es India, me digo. En un  país tan rico y legendario  no hay una sola imagen que la contenga.

    Me divierten los espectaculares sobre cine,  la gran industria nacional.  Un cine que hasta hace diez años censuraba las escenas de los besos,  como en la época de la España de Franco.  Me sorprende la represión sexual que hay: en general  las mujeres no pueden  enseñar debajo de la v del cuello y andar solas en un riesgo,  no se habla de sexo, apenas empiezan a salir anuncios de condones,  el número de  gente con sida es alarmante. Una sociedad que en otros tiempos fue ejemplo de apertura  y divinización de lo sexual,  en esos ciclos a lo que todo está sujeto, hoy vive una época de contención  impresionante. 

   India es muchas Indias, cinco siglos están vivos al mismo tiempo, con sus muchas tradiciones  e injusticias, con su belleza. Cuatro religiones  caminan por la banqueta,  yo confío que el motoriksho me lleva a la oficina que le he indicado aunque no estoy segura de eso ni de nada. A simple vista India es un lugar fascinante.  

 

Puente colgante V

 

La última lluvia del monzón.

 

Los Indios aman el monzón: la temporada de  lluvia que pone fin al calor de  hasta 50 grados centígrados, a la sequía de la tierra  y las cosechas, a lengua hinchada de sed.  Cuando vienen las lluvias los árboles, los animales, la gente, lo presienten con una sonrisa. El agua es fiesta y se le da la bienvenida: India toda cambia de color,  viste de verde sus llanuras, aparecen las cascadas, el aroma de las flores llena el aire. La gente recibe  el agua  bajo el cielo, con el rostro hacia arriba, agradecida. Un pájaro abre  el pico y hace de su boca pozo. Se escucha el latido de otra vida que renace con el agua: ranas, insectos, y otros animales salen de su aletargamiento.

  Esa misma lluvia que no se detiene en  60  o 70 días los meses de julio, agosto y septiembre, todo el día y toda la noche, que ayuda a germinar lo que  no había nacido y embellece el panorama, termina por destruir lo que ya estaba. Caseríos de adobe y techo de paja desaparecen,  calles y casas  se inundan (no hay drenaje suficiente que contenga  tanta agua, en ocasiones ni drenaje) y se dañan estructuras;  niños y animales mueren ahogados, todos los objetos resienten el daño de las aguas.

   El monzón es una fiesta que da vida y la  destruye al mismo tiempo. La vida no para  ni con la sequía ni con las inundaciones: en tremendos calores la gente anda descalza por varios kilómetros en busca de agua,  se detiene bajo la sombra de un árbol hasta que pasan las horas más tremendas y siguen su camino. Del mismo modo avanzan con agua hasta la cintura rumbo a sus actividades de todos los días.

    Llegué a Nueva Delhi  el 12 de septiembre, me avisaron que el 15 era el fin del monzón pero que a veces se reducía o alargaba unos días.  El 14 amaneció lloviendo, una lluvia silente, constante. Me cubrí  con una manga de plástico  y salí a la calle: los conductores de moto y bicicleta con una mano sostenían el manubrio y con la otra un paraguas. Los niños caminaban a  la escuela  sin gestos en la cara, las mujeres no trataban de esquivar un charco, tarde o temprano terminarían por mojarse los pies y el sari.  No había rechazo al agua, sino una vida más lenta de nube gris.   Algunos se cubrían con paraguas o periódico, otros traían la camisa pegada a la piel, enlodadas las chanclas de plástico, el cuello en alto.

   Esa noche escuché un concierto de croar  y chirridos, una culebra se asustó con mis pasos y volvió al estanque de donde había salido,  pequeñísimos insectos vedes se posaban en mi piel.  En mi cuarto encontré dos ranas  del tamaño de los pulgares que se esforzaban por subir una  escalera, las observé mientras lograban su hazaña. Recordé a mi padre y su vínculo con estos seres verdes. Lo bendije desde aquí.

   Cuando amanecí quedaba muy poco de la humedad del día anterior, sólo los pájaros bajaban a beber agua de los charcos, la luz de la mañana trajo consigo un calor que exprimió hilos de sudor  de mi espalada. El  día estuvo lleno de tráfico porque el  semáforo se descompuso con las lluvias y había inundaciones,  pitidos y caos  por todos lados.  Esa noche fue más callada, con algunos grillos, en mi cuarto volví a ver a las ranas y cuando me acerqué  la mancha de su orina me alejó.

    Dejé la manga de plástico afuera durante dos semanas más pero  no ha vuelto a llover.  Las   calles están llenas de baches, dicen las noticias que algunos pueblos se deslavaron por  completo. No hay grupos de rescate ni ayuda internacional: No hay tragedia, sólo el ciclo de la vida. No he vuelto a ver ni a escuchar ranas, el calor de los días avanza sin humedad, y los animales  y yo nos escondemos  bajo la sombra.