domingo, septiembre 17, 2006

Puente Colgante II

El idioma.

 

Nada más complejo que hablar, leer y vivir un idioma, pienso mientras trato de explicarme la razón por la que no entiendo nada del hindi que se habla en Nueva Delhi y nadie entiende el poco hindi que aprendo. India tiene más de 200 lenguas vivas, la mayoría derivadas del sánscrito; y 22 idiomas oficiales, hindi,  panjabi, marati, malayalamm, inglés, entre otros.

    Que yo no los entienda cuando los escucho parece lógico en esta diversidad enorme vocablos. Que ellos no comprendan las poquísimas palabras que sé  realmente me sorprende. En primer lugar porque después de practicar yoga 3 veces por semana  supuse que el nombre de las posturas me daría para  saber por lo menos algo de sánscrito. En segundo lugar porque mi lista de 15 palabras básicas para darme a entender en cualquier lugar, y con las que viajo tan bien, no me han servido de nada. 

  Es sabido que Namasté se usa para saludar.  Así que lo primero que hice bajada del avión (34 horas de viaje para llegar) fue pronunciar Namasté al oficial de aduanas quien me vio de modo rarísimo. Días después una chica explicó que Namasté es un modo formalísimo de decir te saludo para los hindúes. Implica que mi espíritu honra al espíritu que hay en el otro. Entendí que el oficial de aduanas temiera que pronunciara el discurso de Yo tuve ensueño de Luther king, y por eso me miró sospechosamente bajo sus cejas pobladísimas y turbante. “Algunas personas usan Namaskar, pero funciona muy bien decir Jélo” (sí, con acento en la e), remató con el acento indio con que habla, dice ella, inglés.

  Quizá por que a mi entender la segunda palabra más importante, después de reconocer al otro y saludarlo (para eso digo hola), es  gracias puse labios y lengua a la obra.  Así que al taxista que me llevó del aeropuerto a la residencia le dije Danyeva, que según mis amplios estudios es gracias. Supuse que  porque eran las tres de la mañana no contestó  “Las que le adornan, mamacita” aunque luego me enteré que Danyeva es sánscrito más que hindi, y como el taxista era sik, a quienes se reconoce por el turbante o en su defecto por la gorra deslavada de Niké que igualmente les cubre el primer chakra y las barbas, tendría que haberle dicho Sukria.

     A los pocos días de mi llegada  fui a presentar honores a los dioses locales al templo de Chattarpur. Al  dejar uno de los muchos altares que hay una señora se dedicó  durante quince largos  minutos a explicarme del festival de Shiva en Calcuta como si yo entendiera, sin el menor asomo de duda, todo lo que me decía en su sabecuál lengua. Una mujer más o menos de mis años tuvo a bien traducir y reducir la perorata a un inglés bastante entendible. Eso sí, pensé,  estos hacen que no  entienden mis saludos  y yo a esta persona de arete en la nariz tengo  entenderle el numerazo de dioses y guerreros sólo por llevar un bindi recién pintado a media frente.

      Estaba a punto de abandonar la empresa idiomática hasta que fui al mercado. Como aquí  conviven siks, janinistas, hindúes y musulmanes y cada quien habla según su milenaria gana,  después de averiguación previa, dije  Namasté a la tendera. Se sonrío tanto que  fue a llamar a sus amigas. Me tomaron  una foto mientras me probaban un  hindi de joyería  y se rieron más cuando me vi al espejo y dije acha acha que quiere decir bien, bien. 

    Amplío mi lista de vocablos: pido el agua por favor, celebro la belleza cuando cambian la bandeja con agua y flores de mi estudio, doy las gracias cuando me sirven de comer o me llevan a algún sitio.  Poco a poco empiezo a andar el puente. Hablar su idioma es la forma en la que  salgo de mí para llegar a ellos y desde ahí honrar el sitio donde estoy.

  

 

 

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