domingo, septiembre 17, 2006

Puente Colgante I

 

 

Puente colgante

 

En los módulos de  juegos para niños hay resbaladillas, changueros, columpios,  tubos, escaleras y puentes colgantes. Estos últimos  eran los favoritos de mi infancia: hechos con tablones de madera y mecate, movedizos, frágiles en apariencia; era toda una hazaña cruzarlos. La mayoría  de las veces los niños cooperaban con brincos para que  a las niñas nos pareciera más temeraria la aventura. Los  hábiles lo pasaban corriendo, haciendo equilibrio entre el ritmo de sus pasos y el del movimiento del puente. Los menos afortunados probábamos en varias vueltas ese camino que no llevaba a ningún sitio. La delicia era andarlo con vértigo y prudencia; no el trecho que salvaba, no el sitio donde empezaba o terminaba.

   Estoy por iniciar un viaje de  cinco meses, una travesía  de trabajo y placer que me llevará a India casi cien días, para luego pasear por Laos, Camboya, Vietnam y Myanmar.  Salgo de México en un momento  efervescente  y del que no quiero perder detalle, regresaré a él ignoro en qué condiciones (mías y del país).

  Pensé en cargar una maleta pero a la hora de empacar tuve que usar dos: la mitad de una está ocupada por mis libros que habrán de quedarse en las bibliotecas de universidades indias con departamentos de estudios en español.  Además estaré ahí en tres climas distintos: el fin del monzón, el calor del otoño que va entre los 25 y 35 grados centígrados, y los primeros fríos del invierno que baja a  cinco grados centígrados.  Repasé a detalle qué llevar  de atuendos y afeites personales. Con eso, más la cantidad de artículos electrónicos (cámara digital, aipod, computadora, teléfono celular, agenda electrónica, cámara y micrófono para la computadora, convertidor de voltaje)  llené dos maletas medianas que no exceden 25 kilos cada una, por aquello de las normas de aviación. Además tuve que reflexionar sobre  qué embarcar en mano, que se reduce a la computadora, un libro, un peine y los papeles: imposible echar  galletas, cepillo de dientes,  botella de agua,  tubo de labios o desodorante para 30 horas de viaje. Las restricciones para subir al avión  han aumentado de modo proporcional al miedo de las aerolíneas. Hay un terrorismo que se ejerce  sobre las naciones y otro que humilla a los viajantes.   

    He leído  y me he documentado sobre los sitios a donde voy,  una hojeada en  libros de historia, algún novelista, una película.  He tratado de afinar detalles aquí para que la vida que he construido no se detenga sin mí: un misterio a resolver  para quien no tiene el don de la ubicuidad. Sé que no llevo todo lo que necesitaré y  habrá algo que paseará intacto toda la travesía.

    El objetivo del viaje si hubiera uno como tal es ver el mundo,  respirar un aire desconocido. Como cuando niña, lo que  deseo es cruzar el puente colgante con prudencia y vértigo, en un viaje en el que más que aprender sobre otras  culturas,  lo sabemos los viajeros, se regresa sabiendo nuevas cosas de uno mismo en distintos parajes. 

 

 

 

 

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