martes, noviembre 21, 2006

Puente Colgante 22

 

El correo

 

Mis esperanzas se desvanecieron cuando mi amiga Alejandra dijo que viajaba en clase turista como yo.  Ni modo de pedirle que se llevara una maleta con cosas que ya podían partir. Creo que también compró bastante y la dinámica de los  aeropuertos cada vez se complica más. Tendría que  enviar mis tiliches por correo.

     La mañana que puse en el mismo sitio todo lo que compré: libros, obsequios y algunos objetos para vender, me rasqué la cabeza por media hora. Eso no era una maleta sino dos. No me había dado cuenta: ciega de mí y un poco de la cartera.  Decidí enviar los libros por barco, tardan dos meses en llegar y cuesta una cuarta parte, las cosas más delicadas irían por mensajería aérea. Sabiendo que este país funciona de un modo poco convencional, por ser amable, dediqué una tarde a averiguar de lo que se trataba: dónde  estaban las oficinas, trámites y demás. Pero India nunca deja de sorprender.

   Empecé por los libros. Los paquetes no debían  pesar más de cinco kilos, entendí.  Una mañana salí al correo con  una maleta de libros, papel estraza, cinta canela y tijera para hacer los paquetes allá, una vez pesados los bultos. Me regresé. Cada paquete debe ir envuelto en tela, no lo reciben si no es así, y de preferencia los libros van en  cajas de cartón. Aprendí entonces que el límite no son cinco kilos sino 20. Con que hiciera dos paquetes medianos estaría bien. Conseguí dos cajas, compré la tela más barata que encontré en el mercado,  cera para sellar sobre las costuras. Esas son las instrucciones. Primero puse plástico dentro de la caja, luego los libros,  cerré con cinta canela,  envolví en  tela roja, cosí con la puntada que me enseñó mi abuela,  pegué los rótulos impresos en computadora. Fui a la oficina. La tela tiene que ser blanca, no aceptan otra.  La dirección debe ir rotulada en la  tela con marcador negro. Uta madre, como si fueran suizos estos cabrones.

  Regresé, compré algodón blanco, repetí la faena de la  tela, las costuras, la cera  sobre las puntadas, rotulé las cajas. En el correo tuve que llenar tres formas por caja y luego pegarlas con cinta adhesiva. No tengo,  dije a la señorita con los ojos aguados. Sacó un rollo de su escritorio y me lo prestó. Finalmente envié el paquete,  revisé la nota,  y vi que  al final del recibo dice I love my India. Lo juro.  

   La ropa fue otra aventura porque una vez ahí me dijeron que no aceptan maletas y tienen que revisar toda la mercancía. Saqué pieza por pieza en un puesto de un metro por un metro, con una docena de curiosos y testigos, mientras el señor escribía en un papel: un brasier, tres chales, dos kurtis, entre otras cosas. Me llevó más de hora y media mostrar todas mis pertenencias,  guardarlas en la caja, llenar la forma, pagar en efectivo (con una carrera al cajero automático de por medio), y salir de ahí sudorosa.

     Como me dijo  el poeta australiano que ha sido testigo de mis patoaventuras y que agradece el equipo que le dejé para que haga su envío cuando sea tiempo, creo que lo más difícil para ti en India ha sido el dengue y el correo, y la verdad no sé cuál haya sido peor. Yo tampoco.

 

 

 

lunes, noviembre 20, 2006

Puente Colgante 19

 

 

Literatura India.

 

Llegué a Delhi con un solo libro: El dios de las pequeñas cosas de Arrr Roy, una de las piezas más famosas de la narrativa india contemporánea.  Decidí  que en mi estancia  aquí sólo leería autores locales. Nada mejor que esta tierra para asomarme a las historias que produce.  Saqué de la biblioteca una versión infantil del Mahabarat de 43 capítulos ilustrados, si leía uno por día, al final de mi estancia habría  revisado  el texto épico fundacional de esta literatura. Mi conocimiento de ésta  se reducía a la versión teatral de Brooks del Mahabharta, a Raj de, algo de la poesía de Tagore ,  dos novelas de  Naipaul y una de Salman Rushdie.

    Pedí ayuda a Vijay Misra, estudiante de literatura que trabaja en la oficina de la fundación. Hizo una lista de ocho autores encabezada por Tagore, Ruskhin Bond, R.K Narayan,  Malk Kay Anand, Satyajit Ray,  Kushwand Sing,  Vikram Seth y PremChand. ¿Qué son ocho libros? Así que con ánimo de comprar uno de cada autor me dirigí a la Feria del Libro de Nueva Delhi.  El librero que me atendió, un vendedor de primera, quería  darme  las obras completas de cada escritor. Expliqué que sólo quería conocerlos, que esos libros no llegan a mi país. Malo. Y bueno. Sacó un altero que tenía que leer. Así fue como llegué a  Juhmpa Lahiri y a  Housseni, este último la única excepción que he hecho de un autor no indio y que me ha llevado a recomendar el libro “The kaite runer”, uno de los tres mejores que he leído este año,  a diestra y siniestra. 

      Empecé  con Lahiri, Interpreter of maladies, una colección de cuentos que realmente me gustó. Una autora con nostalgia, ritmo, y anécdotas impredecible pero no en un afán de  sorpresa.  Después fui con Bond, The lamp is lit, un libro con piezas  autobiográficas sobre su trabajo creativo y viajes. Vi a  India y a su proceso de escritura.

    Después conocí a  Lalit Surjan, un poeta mayor y generoso que se convirtió en la puerta a mis amistades y complicidades en esta tierra. Le estoy por siempre agradecida. Dijo, Si buscas a autores contemporáneos tienes que leer  a Baby Halder,  A life less ordinary, y luego ve a verla, vive cerca de aquí, en casa de un amigo querido, Prabord Kumar. Fui a comprar el libro. (Digo nueve volúmenes no son muy difíciles de cargar. No tenía ni un mes aquí.)  Leí una autobiografía tremenda y poderosa, llamé por teléfono, fui a verla.  Tomé té en casa de Prabord, que resulta ser  nada menos que el nieto de PremChand, me enteré después, que si tuviera un equivalente en México sería como Juan Rulfo.  Nos hicimos amigos. Me visitaron cuando me dio dengue, pasé con ellos Diwali, cociné comida mexicana en su casa,   jugué con la hija de Baby y con su perro; conocí a cuatro  escritores más  en Kolkata  gracias a una llamada  de Prabord,  entre ellos a  Alka Saraogi, una  escritora prominente.  Prabord y Baby vienieron a la ofrenda de muertos que hubo aquí,  conocí a Urvashi Butala,  la editora de Baby.    Cuánta dicha los caminos que abre un libro, no sólo a la mente sino al corazón.

       Me recomendaron nuevos autores. Como para esas alturas ya pensaba en dar un curso de literatura india en México, compré los libros que conseguí traducidos al inglés.  Así pasé  por  Anita Desai y su novela corta Where shall We go  This summer. Cuenta muy pocas cosas, en tres partes, tarda en arrancar pero toma ritmo y profundidad. Me dormí con la novela cerca del final. Desperté a las cuatro de la mañana preguntándome qué habría pasado con la historia y la terminé a esas horas.  Anita Desai es la madre de la recién galardonada con el book prize Kiran Desai, The inheritance of Loss, que  espera para el avión de regreso. R.K. Narayan es un clásico de la literatura india, un cuentista de costumbres en narraciones de  lo más particulares dentro de su libro Under the Banyan Tree and other stories.  Satyajit Ray es un cineasta muy reconocido con un libro de cuentos que tuve dos veces, uno porque lo compré y otra porque me lo regló Prabord. Me quedé con el volumen dedicado y a mi vez regalé el otro.  De esta forma  empezaron a llegar a mi librero  Krishna Sobti, The Heart has its reazons; Mulk Raj Anand, Selected short stories; Amitav Ghosh, The glass palace; Manju Kapur, Difficult Daughters; Vikram Seth,  From Heaven Lake; Ambai, A purple sea; PremChand, Godan; y otros más que para hablar pronto y claro se reducen a 23 kilos que envié por barco hace unos días. Nunca la literatura me había pesado tanto.

    Me han gustado  los autores fieles a su mundo personal, a su india local  aquí o en el exilio, con su modo de ser y pensar.  Me revelan un mundo antes  ignorado. La belleza de la prosa no es tan fácil  porque leo  en la segunda o tercera traducción en un idioma, además, que no es el mío.

       Si entramos al tono académico quiero decir que hablar de literatura india es de lo más complejo, hay 62  lenguas y cada una tienen su propia tradición literaria que se mantiene de forma oral. Además están las lenguas mayores, los 22 idiomas oficiales, que imprime libros sobre todo en inglés,  hindi, Bengali, Malyali, Marati y Tamil.  Once mil años de historia y narraciones que vienen de dos grandes textos épicos: El Mahabahrat y El Ramayana.

    El mismo Lalit Surjan  me envío una lista de los grandes maestros indios  en distintas lenguas para tener el panorama completo: además de Premchand, Muktibodh, Niraalaa en Hindi; Tagore, Mahasweta Devi, Ashaapoornaa, Vibhuti Bhushan en Bengalí; Bindaa Karandikar, Arun Kolatkar, en Marati;, Jaykaantan in Tamil; U.R. Anantmurthi en Kannada; T. Sivasankar Pillai, Vasudevan Nair en Malyali.   Cuando me despedí de él me envió algunos poemas suyos traducidos al inglés: me quedo con la imagen de la amistad que florece los días  de lluvia como la tierra con el mozón.

 

 

Puente Colgante 18

 

Dioses

 

No vine  en busca de Dios ni de iluminaciones, no vine a buscar a ningún gurú ni a vivir en un ashram. Mi país es rico en espíritu: somos Guadalupanos y la sabiduría de los cuatro vientos sigue viva en los chamanes y la gente del pueblo. Mi madre me ha dado uno de los regalos más importantes en mi vida: la fe. Mi padre me ha enseñado una de las muchas maneras  vivirla. Todos los días amanezco con una oración en los labios. A cualquier lugar que viajo lo primero que hago es honrar a las autoridades locales: entro a un templo y desde ese lugar y rito agradezco al gran espíritu la vida que me toca.  En este viaje la cuestión  se complicó  porque en India conviven hinduistas, sikhs, jainistas, budistas,  musulmanes, protestantes, católicos, bahais,  parsis, por mencionar lo más destacado. Y cada quien según su fe es que come, viste,  celebra, trabaja, se casa, educa, ora y tiene su templo. Este es uno de los aspectos más notables,  la pluralidad de credos  en un mismo lugar.  Seguramente por eso coexisten 20 partidos políticos y se  conoce a este país como la democracia más grande del mundo.  Cuando pienso que algunos de mis más queridos amigos estuvieron a punto de agarrarse a cates por  que apoyaban o no a López Obrador, me da risa.  De  cualquier manera no queda lejos 1947, el año de la partición que dio origen a Pakistán y Bangladesh. Están vivos sus sobrevivientes, cuentan el horror que fue, la carnicería entre hindúes y musulmanes.  Todos tienen un tío muerto, vieron las imágenes de vagones llenos de cadáveres, huyeron, se quedaron,  sobrevivieron.

      Es una convivencia nada fácil  pero se logra y es de admirarse. Para lograrlo lo más importante es el respeto y el conocimiento: saber  costumbres y tradiciones propias y ajenas, convivir con ellas. Hay  cantidad de indicadores de lo mismo para no confundirse y cometer errores graves.  Por ejemplo en el nombre: los Janistas usan de apellido  Jain y los Sikhs, Sings. Eso equivaldría a llamarse Edmée Católica, por ejemplo. Los hindus llevan en el apellido la religión y la casta, no se vaya a confundir a un brahman con un intocable. Los musulmanes terminan sus apellidos con ohamed. Por si  esto no fuera  suficiente,  la vestimenta y los accesorios        corroboran el dato:  gorros, turbantes, decoraciones en la frente y en los brazos, collares. Así que de entrada todos presumen a qué Dios rezan y se enteran cómo lo hacen los otros.   A cuál ir, me pregunté, con cuál empezar.

      Tratando de entender este lío un  hombre me explicó en tono de

güerita, con todo respeto: “Mi dios usa ropa, su dios usa ropa, el de ese señor,  cómo confiar en él, no me lo va a creer, no usa ropa.”  Se refería a Mahavira, el fundador del Jainismo, que en efecto se representa en flor de loto, desnudo, como metáfora del no apego.

      El jainismo  es una secta hinduista que se originó casi al mismo tiempo que el budismo. Rechazaba el sistema de castas, el sacrificio ritual, y la autoridad de los vedas.  Los monjes son esos que andan de blanco barriendo el piso frente a sus pies, no vayan a matar algo,  usan tapaboca para ni siquiera  tragar algún germen, sólo comen frutos que caigan de los árboles.  Los gurus andan desnudos y sin zapatos, en peregrinaciones y conferencias. Visité el templo de Shiri Digambra Jain Lal Mandir, el más viejo de Delhi, alucinante en grabados y dorados, toqué la campana en señal de Aquí estoy, Dios.

   El budismo también nació del hinduismo, casi al mismo tiempo que el jainismo, pero como nadie es profeta en su tierra, Sidharta se mudó con todo y seguidores a otros países y su fe crece en Nepal, Tibet, Tailandia, Indonesia y  prolifera por el planeta entero. El budismo es una de las pocas religiones que jamás ha hecho un acto bélico por conquista espiritual y sin embargo ha ganado seguidores en todo el mundo. Me incliné ante el buda  dorado que está en el templo cerca de Gurgaon.

    El hinduismo, que es la religión más socorrida, dividió la sociedad en cuatro castas en un principio con la finalidad de organizar el trabajo: los brahmanes (sacerdotes), kshatriyas (nobles y guerreros), vaisyas (burgueses) y sudras (artesanos). Cada uno de ellos tenía su origen en una parte del cuerpo de Brahma, siendo los brahmanes los más importantes, pues provenían de su cabeza. Hay un grupo de gente que no procede de ninguna parte de su cuerpo: los parias conocidos como intocables, que no tienen casta y han sido discriminados durante miles de años de un modo horrible. Sus dioses son Brama, Siva y Vishnú.  Toda la belleza y complejidad  del hinduismo en cantos y dioses, en mantras y asanas, en sabiduría y filosofía, sirven para muy poco cuando el sistema de castas sigue vigente, justifica y explota la desigualdad y la estaticidad social.  En aras del hinduismo y el sistema de castas  suceden las peores atrocidades.  De cualquier manera le canté a Durga en Agra y ofrecí frutos a Shiva en el templo de Gauri Shankar.

    Si alguna ventaja tiene el hinduismo es que como los dioses reencarnan a cada rato hay versiones nuevas  y actualizadas de ritos y modos. krishna, por ejemplo, reencarnó hace poco (1781-1830) en un avatar llamado Swaminarayan. Uno de los sucesores, Pramukh Swami Maharay, decidió hacer un templo que es impresionantísimo: el Akshardham.  Yo pensé que sólo en  la antigüedad se hacían monumentos así, trabajo a mano, de piedra y mármol labrado como encaje, hecho con siete mil artesanos  y cuatro mil devotos que se concluyó en  cinco años. El templo tiene  un año abierto y en ese lapso 4 millones de personas lo han visitado. Cuenta con una mega pantalla que proyecta la vida del santo, un paseo en barco al estilo de disneylandia donde se  resume la historia de India en 15 minutos, un monumento con esculturas bañadas en oro de los gurus, fuentes musicales, jardines,  un templo donde hay pujas cada media hora. El agua de uno de los monumentos fue recolectada de 151 ríos  y manantiales sagrados. En ese  lugar tardé en rezar porque no podía cerrar la boca de la impresión.

   Los sikhs son una  secta  reciente del hinduismo, proveniente de la casta los guerreros, los  Kshatrias, que en 1700 se separa de la fuente pues estaban en contra de la idolatría. Ellos no se cortan el pelo,  usan turbante, una pulsera en la mano derecha,  sus templos se llaman Gurudwaras, y siguen las enseñanzas del libro sagrado que se llama  Guru Granth Sahib. Las gurduwaras son los templos que más me gustan, espacios amplios, llenos de movimiento, donde unos cocinan, otros cantan, otros rezan, otros estudian. Fui a la  Sir Ganj Gurudwara, ubicada en Old Delhi, dos veces. Me cubrí la cabeza, lavé pies y manos, comí el dulce que regalan.  Supongo que no es casualidad  que la mayoría de la gente que prefiero sea  sikh, me parecen más cultos  y libres, tienen más respeto por la mujer. Claro que  ese espíritu de guerra los ha llevado a la violencia desmedida y por eso son muy criticados.  

     La conversión al catolicismo se dio sobre todo en el sur, en Goa y zonas aledañas. No fue nada difícil porque según la Biblia todos estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, y en un sistema tan estratificado e injusto, los de las castas más bajas corrieron a las formas católicas con tal de salir de la represión que se encontraban. No fui a ninguna iglesia católica pero fue una sorpresa gratísima cuando encontré en el templo de credos múltiples  de  Baba Sing una imagen de un cristo sonriente de brazos abiertos. Pronuncié un padre nuestro en español y recé  con la religiosa que lleva la plegarias. El mismísimo gurú, en una de las pocas audiencias que da, me  bendijo de lejos.

     Los Parsis son una secta que viene de Persia, Zoroastro o Zaratustra es su profeta y consideran Ahura Mazdaa  como el único creador increado. El rito más destacado de los Parsis es que sus muertos no son enterrados ni cremados ( el cuerpo es demasiado impuro como para ofrecerlo al agua o a la tierra)  sino que los llevan a la Torres del silencio donde los cadáveres son  trozados para que se los coman los buitres. Pero como el número de  buitres se ha reducido, ahora tienen granjas criadoras  de esas aves para que ayuden a realizar el rito. Los parsis sobre todo se ubican en el norte de India, se casas entre ellos, y hay ciertas mutaciones genéticas que presentan por no  ampliar la mezcla de sangre.  Aquí sí, malas noticias, no entré a ningún templo porque la mayoría se ubican al norte de India.

    La religión Bahai, también se originó en Persia, en el siglo XIX por un guru de nombre Bahá-ú-llah, el más reciente de los enviados de Dios, así como Cristo, Buda o Maoma. Tiene como principio la unificación de todos los credos para crear la paz.  Hay 6 millones de seguidores en más de 20 países y aquí han creado un templo en forma de flor de loto muy interesante desde el punto de vista arquitectónico,  donde también honré a mi Dios, aunque creo que es un poco subido llamarle en Tach Majal del siglo XX.

    Los musulmanes adoran a Alá, rezan 5 veces al día, y a diferencia de otros libros sagrados, el suyo, el corán fue dictado por el mismísimo Dios en persona. Por eso son el grupo más radical y fundamentalista.  Los textos sagrados de los católicos, judíos, Sikhs son textos hechos por el hombre y  claramente una interpretación de su dios pero no la palabra de Dios hablada por él.  La manera en como viven y tratan a las mujeres  me impide  acercarme más y querer comprenderlos. De cualquier manera fui a la mezquita de Jama Masjid,  en mero centro, construida en el siglo 17, y dije el nombre de Alá. No pierdo de vista que las tumbas que construyeron son de las obras más importantes para India: el Taj Majal y Fatpur Siri son muestra de ello.  

     Esta peregrinación la hice  de modo interrumpido al cabo de dos meses. En mi cuarto puse un altar con la Virgen de Guadalupe y Ganesh a su lado sobre una lámpara de aceite y una ofrenda floral. Casi todas las mañanas recé a mi ángel de la guarda y viví lo más atenta que pude al momento presente. Esa es mi manera básica de conectarme con lo sagrado: atender la la naturaleza, escuchar  mi cuerpo, ser de utilidad a  otros,  y estar contenta, agradecida.        

 

Puente Colgante 21

Los primos

 

México e India se parecen, comentan varios.  No diría que se parecen si no que están relacionados, tienen cosas en común, como si fueran primos lejanos, explico  para no terminar  con que Chimalhuacán y  el sureste de India son igualitos y aquí la bruta pagando boleto avión y pasando mil hazañas con el idioma, el clima  y el dengue, para estar como en mi casa.

    Pero sí,  es cierto, tenemos mucho en común.

  Somos países de culturas múltiples uniformados por conquistadores.  India conservó sus muchos idiomas y el inglés lo indianizó, conservó sus dioses, su ropa, su comida. Era claro el interés económico de Inglaterra y básicamente a eso se dedicó.  Los españoles, con el pretexto de sacar el diablo que llevábamos dentro, se empeñaron en borrar nuestra cultura: construyeron templos encima de los nuestros y mataron a los que no se convirtieron: muertos los dioses  podía desaparecer  el idioma y todo lo demás. Hubo un  mestizaje promovido por ambos elementos que en India no se dio porque  ni entre  castas se mezclan. 

   Igual que en México cada región tiene su gastronomía, modo de vestir y especificidades de lenguaje y costumbres.  Hay muchas Indias de la misma manera como el  México de la Capital, el de Oaxaca y el de Tabasco son distintos pero uno mismo. La India de la que escribo es básicamente la de Nueva Delhi. Calcuta es una ciudad más cosmopolita y arquitectónicamente atractiva con una gastronomía de primera; Chandigard es una ciudad nueva de calles amplias, zonas verdes y muy pocas vacas en los camellones; Agra es un lugar tan turístico como Teotihuacan.

   Nuestros hábitos alimenticios se parecen: el equivalente  al arroz, tortilla y frijoles es arroz, chapati y lenteja.  Desayunan guisados que pueden servirse de comida o cena, toman  té dulce como nosotros tomamos  café de olla. Nuestras comidas son picantes  y ricas en salsas.  El postre más típico de aquí parece buñuelos individuales.

      Las mujeres son morenas, de pelo largo y negro, visten faldas a los tobillos y se cubren con pachminas. La diferencia es que en México se usa el rebozo.  Los hombres son bigotones y morenos como la mayoría de los hombres mexicanos del campo. Una india puede pasar por mexicana y viceversa.

     La familia es igualmente importante en nuestra vida: la nuclear y la extendida. Las abuelas ayudan con la crianza de los nietos y terminan sus días en casa de los hijos. La religión es central en nuestra vida, aunque yo diría que en India mucho más y de un modo más evidente en la vida práctica. Pero de la misma manera como se encuentran altares a la virgen de Guadalupe en las calles y pasean imágenes de santos en los carros, aquí sucede con autoridades locales.

    A eso se le puede sumar el color de las telas, el trabajo con el barro, el caos en las calles, la contaminación,  el tráfico. Nueva Delhi me recuerda al Distrito Federal hace treinta años.

    Explico que quizá se deba a que estamos en la misma latitud, crecen productos similares, enfrentamos climas parecidos aunque en México no tan extremosos.  También puede ser  que  el error de Colón fuera más una intuición que otra cosa. Supongo que el poder de las palabras algún efecto ha tenido  al nombrar a nuestros antiguos mexicanos como indios.

      Sí, nos parecemos, como primos hermanos, termino aceptando.

 

Puente Colgante 20

 

Empezar a cerrar.

 

Doce días antes de mi partida decidí que era tiempo de empezar a cerrar.  Despedirme de mis amigos indios, revisar los textos faltantes por enviar,   despachar una maleta para no cargar por indochina  aquello que no usaré por allá. Cerrar con cuidado aquello que tan generosamente la vida abrió para mí. Agradecer cada pieza del camino andado.

    Sarika hizo una reunión en su casa y me puso un collar de flores. Nos abrazamos por la amistad que nació en esta tierra. Quién sabe cuándo volvamos a vernos. Prometí venir a su boda si se casa con un indio, como pronostica el astrólogo. Fui al templo de Baba Singh a despedirme de Mary, le regalé la imagen de la virgen de Guadalupe que ocupó mi altar mientras estuve aquí. Recé con ella, di gracias por la fuerza que me llevó a este templo hermoso que es un jardín con la estatua del único cristo sonriente que conozco.  Preparé comida mexicana en casa de dos amigos escritores, compré en el mercado para diplomáticos frijoles negros, aguacate, arroz de morelos, elotes y calabacitas.

         Prometí abrir una cuenta de correo electrónico para mi amigo Shelly de once años, es de los cariños más fuertes por acá:  habla para ver cómo estoy, convida de sus papitas, me presta sus juguetes, a veces acompaña a su papá taxista a recogerme de algún lugar nada más para saludarme. Pospusimos dos veces la cita, una porque estaba lastimado del pie, otra porque su papá no podía llevarme a su casa. Finalmente nos reunimos un domingo a la hora de comer.  Me recibieron él,  su hermana y primos,  con pulseras de la amistad, dibujos, globos y mucha comida. Me hicieron masaje, bailamos, jugué  no sé qué cosa en la televisión, escribimos el cuento del día que nos conocimos. Al final saqué tres cuentas de correo, una para él y otras para  la hermana y el primo.  Le enseñé cómo funciona, escribimos el procedimiento en un cuaderno. Estoy segura que mantendré mi amistad por Internet.

   Organicé  sobres con propina para los trabajadores, rotulé sus nombres y  los adorné con un lazo tricolor y mexicano.  Hice cuentas de dineros,  revisé la hora de salida de mi avión.

    Me despedí de mis piezas de barro, agradecí la enseñanza de la tierra en mis manos. Aprendo  también a dejarla ir. Caminé en silencio por la residencia, desde que me dio dengue no había vuelto a recorrer el lugar.  Su  belleza no deja de maravillarme, aunque ahora lo hace con el aire frío del invierno. Los surcos que apenas labraban hace dos meses ya florecieron,  hay dos estanque más para flores de loto, el museo de textiles se inaugurará en un mes.  Todo eso ha pasado, me dije, todo esto me  he pasado.

  Me quedan 7 días, casi nada, sin embargo  tiempo suficiente para crear el  mundo. Espero no correr el mero día.

 

Puente Colgante 17

 

Obligada a ver

 

India obliga a ver. Creo que eso es lo que más me impresiona de este país, no hay modo de evadirse, tampoco hay maquillajes. Las cosas están ahí, golpeando la mirada: las dolorosas, las íntimas, las bellas.

  El mundo occidental ha procurado hacer de los asuntos personales cuestiones privados. En lo referente al cuerpo: el aseo, la expedición de ruidos bucales, estomacales o anales, la liberación de fluidos, orines y heces, la sexualidad, nadie debe verlos, ni uno mismo en la medida de lo posible: líquidos azules esconden lo que cae en los escusados, corremos  la cortina de la regadera, cerramos la puerta y cubrimos el cuerpo con una toalla al salir del baño, hacemos el amor a media luz. Las cocinas  tienen ventiladores y  aromatizantes. El canon de belleza y la artificialidad nos llevan a tatuajes y cirugías que pretenden esconder los años.

    Programas como El gran hermano (Big brother),  el uso de blogs donde la gente usa el ciberespacio para publicar su vida personal,  el anuncio en los periódicos de Sara di Muro, la norteamericana que pidió ayuda para perder la virginidad en público, pone en entredicho la división entre lo público y lo privado.

     En India  ese dilema no existe,  lo más importante es la colectividad y por tanto la colectividad es testigo de lo que sucede. No hay nada que esconder ni razones para hacerlo.

        El ejemplo  más  evidente  está en la sexualidad antigua, colectiva e intensa,  ilustrada en templos y libros a diestra y siniestra. El kamasutra es el texto indio más conocido en el mundo y el menos comprendido. En ese espíritu,  la gente mea, caga, escupe, se baña, y come en la calle, frente a todos. Sin pudor y sin ánimo de ofender a nadie.  Quienes se sientan a comer en la mesa  eructan en señal de  buen provecho, no se tapan la boca ni se disculpan al hacerlo. Es la reacción normal después de comer. Prefieren detenerse  en la carretera que ir a un escusado. No usan cortinas en los baños. En ese mismo tono, supongo, no  esconden los enchufes de luz ni cables; en algunas ciudades los drenajes son abiertos.  

     Lo mismo sucede con la opulencia desbordada  en palacios,  joyería, sedas, colorido. Es tanta que marea. Por otro lado la pobreza e inmundicia, kilómetros de indigentes y mutilados, de niños sufrientes y suciedad, desfilan en la calle. No hay disimulo, no tiene por qué haberlo.  Está ahí, multiplicado en mil millones de habitantes. Así es la vida y estamos obligados a verla en el esplendor de su abanico y  crudeza. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, noviembre 11, 2006

Puente colgante 16

 

El orden de las cosas

 

--No entiendo por qué insisten en eso de  la ropa impecable, la ropa se mancha con el uso, es lo normal. La vida de las personas se nota en las telas que usan,  si no es como si su vida fuera falsa. Además si aceptamos las lavadoras, qué va a suceder con la casta de quienes lavan  –explicó una mujer a mi madre hace nueve años.

    Fue la primera vez que vine a India. Mes y medio de turismo, lugares hermosos en arquitectura y paisaje,  el ritmo, los olores, los campos de mostaza. Quedé enamorada. Tarde casi una década en volver. Ahora mi relación es de matrimonio: la amo y la odio el mismo día con diferencia de horas. A veces creo que podría vivir aquí, otras que jamás, nunca , ni de loca, me quedaba otro mes más. 

    En India el tiempo es flexible, anda calmo, hay para dar y repartir en esta vida y las que siguen.  La gente no se preocupa por la puntualidad ni por  la prisa. Lo que tiene que suceder sucederá  a su propio ritmo, con o sin reloj. Así, he pasado semanas esperando una cita y una mañana tengo que salir corriendo porque confirmaron una entrevista, o simplemente las cosas se cancelan sin  advertencia para quien llega después de gran esfuerzo. Y como el tiempo no vale, las horas hombre tampoco. Así también,  los objetos  más elaborados cuestan centavos, los planes del día se diluyen,  y los lapsos  transcurren  entre conversaciones y vasos de té.

      El Internet sirve a ratos, en donde vivo y cualquier sitio,  no depende de la línea de teléfono ni de la electricidad. Sencillamente  a veces favorecen los vientos y los dioses, otras deja de funcionar.  ¿Por qué? –dije un día cansada de andar a la caza de un momento de gracia para enviar un correo que debía haber salido un día antes. Nada es fijo en la vida --me dijo el empleado con seriedad. Así es todo, a veces funciona y a veces no. Tiene razón, pensé enfurecida con mi correo trabado.

   ¿Cómo es que te casaste al día siguiente de conocer a tu marido?, pregunto azorada. Su familia  y la mía tenían las mismas costumbres,  no tenía por qué haber una diferencia fuerte entre nosotros, nos caímos bien, ambos estábamos decididos a casarnos, a hacer una familia,  y como en cualquier vínculo los sentimientos vienen con el tiempo.  Las relaciones de pareja nunca me parecieron  tan sencillas.

    Otra tarde tenía que  regresar a una hora determinada a mi casa, había un tráfico como los que sólo hay acá. ¿Por qué no toma otro camino?, sugirió mi acompañante al taxista. Porque por este me vine, contestó. Pero el otro es más ágil y tenemos prisa. Sí,  pero yo sólo puedo regresar por la ruta por la que vine, no quiero romper el orden.  Me reí  la hora que duró el embotellamiento; de atajos ni hablamos.

    Me gustó una blusa color agua con bordado blanco, me quedaba justa. ¿No tiene la misa en una talla más grande? Sacó otra parecida de color pero no en diseño. No, así como esta. Sacó otra de bordado muy similar de color negro. No, señor, así, igualita, dije en tono sangrón  a ver si entendía. No hay una cosa idéntica a otra, ni en la naturaleza ni en las personas ni en las cosas, contestó. ¿Por qué tendría que haber una blusa idéntica? Tenemos esta otra, parecida. La compré nada más para recordar la lección. 

    La suciedad de algunas avenidas no deja de molestarme.  La gente barre la casa y la basura va a la banqueta, otro barre la banqueta y la mugre va a la calle, otro barre la calle y junta el cochinero ahí en la esquina.   ¿Por qué nadie recoge la basura y la lleva a otro lado?  ¿Para qué pasearla?, preguntan. No respondo.  

       Una mañana pedí té de cardamomo, esa delicia que me abraza con un sorbo cuando cierro los ojos. Lo sirvieron en una taza  de cartón, por un lado tenía impreso la marca del té,  por el otro lado una  frase que no he soltado: “Sin orden nada existiría, sin caos nada evolucionaría.”   

 

 

 

jueves, noviembre 02, 2006

Puente colgante 14

 

 

Oficialmente, La tía Chela

 

 

Todas las familias tienen su Tía Chela: ese personaje que aparece  una vez al año en las fiestas familiares, duerme en el cuarto de los hijos, se le atiende como invitada pero es una mezcla de familiar y desconocido;  se sabe poco de su vida íntima y aunque  los rumores son varios  nadie se atreve a preguntar. Trae regalos,  no tiene hijos ni marido, juega con los niños, platica en voz baja con la dueña de la casa, tiene hábitos muy distintos a los locales (para ser pariente no parece tanto), viste la ropa más extraña  el día de la fiesta. La tía Chela mueve la cabeza y  lleva el ritmo con la mano mientras otros bailan en la pista,  mira el infinito cuando el matrimonio se pelea, consuela al niño  que ha sido regañado por sus padres, toma fotos sin discreción,  aplaude a rabiar en los desfiles escolares.  Está un par de días en casa y finalmente regresa al mundo extraño del que proviene.

 En India  los  niños llaman  a los adultos tío o tía, su obligación es tratarlos con cariño y respeto, la de ellos cuidarlos. No hay señor o señora, maestra, mucho menos se les llama por su nombre.  

     Pasé cuatro días con una familia de la región del Panjab, dormí en  cama de los niños, vi a todos en pijama y me vieron en el mismo atuendo, platicamos en mi cama (aquí así se usa el chisme bueno), traté de cantar una canción  infantil con Riva, la más pequeña;  presencié la pelea entre dos hermanas, llevé los trastes al fregadero, moví la cabeza y las manos al ritmo de la música hindi que sonaba en la fiesta.  Soy la tía Chela, pensé en el camino de regreso mientras ellos bromeaban de sus cosas  y yo reía de mí misma. Qué horror. Basta criticar algo para terminar haciéndolo.

     A los pocos días estuve en contacto con una organización no gubernamental que organiza talleres de narrativa para  niños.  Los enseña a ver como si el mundo se moviera en cámara lenta, a escuchar los sonidos que definen una atmósfera, a contar su historia  la noche que no durmieron, por ejemplo. Después  los ánima inventar el futuro que  desean tener y los ayuda a moverse en esa dirección.  Su vida adquiere un sentido antes no visto.  

  --¿Quieres trabajar de voluntaria con nosotros?

  --Con mucho gusto, pero no hablo hindi. No sé cómo comunicarme con ellos.

  --No te preocupes, algo se te ocurrirá.

     Llegué a la escuelita; dos salones sin bancas ni mesas, todos los zapatos afueran,  alumnos y maestras sentados en el piso en esas posturas  que yo padezco y ellos se acomodan por horas.  Estaban hablando del  zoológico.  Expliqué a mi acompañante que una dinámica que se me ocurría era la de aprender a escuchar el lenguaje de los animales y adivinar que decían.

 --Buenísima idea –me dijo en hindi, claro está— ¿lo hacemos ahora?

 --¿Eh?—contesté en franquísimo español chilango mientras ella se soltó explicando a los chamacos.

   --Ponnos el ejemplo.

   Miré a los ojos a un niño con quién ya había jugado con sonrisas y miradas. Ladré. El  se puso en postura de perro y contestó. Ladré de regreso, y así estuvimos dos minutos. Para esto he estudiado tanto, pensé. Los otros chamacos dijeron que el perro chico le pedía comida al perro grande, y que el perro grande no le quería dar. Escribieron su cuentito al respecto. Platiqué cosas muy interesantes con un gato, un pájaro, un borrego, y con el perico, según los intérpretes, sólo dije tonterías. Todos escribieron sus historias y yo di mi taller.  Al final se despidieron de mí: Adiós tía, Bye, bye, Didi.  Oficialmente la tía Chela, confirmé hacia adentro.   

 

 

 

Puente colgante XV

 

Yoga

 

--Extraño mi cuerpo --expliqué a la maestra cuando preguntó cuál era el interés  que nos movía.

   Los otros miembros de la clase, embarcados por mi entusiasmo y estrenando experiencia,  no entendieron de lo que hablaba. La maestra  dijo, Comprendo.

   Hacía seis semanas que buscaba una manera guiada de hacer yoga pero los centros quedan retirados de donde vivo y apenas conseguí quien viniera  tres veces por semana de 7.30 a 8.30 de la mañana.

     Cuando era niña y dormía en casa de los abuelitos, me maravillaba ver el rito matinal de mi abuelo en sus ejercicios raros, silenciosos, parado de cabeza.  Me agachaba a la altura del piso para encontrarme con sus ojos y mirar cómo veía él el mundo desde esa altura. No tenía entonces energía para seguirlo ni entendía de lo que se trataba, así que sólo lo observaba en unas imágenes que recuerdo con claridad: el tapete con base plástica y cubierta de tela a cuadros que guardaba  el aroma mezclado  de su sudor y colonia, los puños de hule color naranja con que ejercitaba los brazos, los gestos de su cara cuando movía el cuello hacia los lados, el sonido marino de su respiración. Por lo menos cuarenta años de su vida practicó yoga todos los amaneceres.  Lo recuerdo  con tanto cariño. Más ahora que es  el invitado de honor en el altar de muertos que puse en mi corazón.

    A los 19 años  formalmente entré a clases de yoga, de cinco  a siete de la mañana, para de ahí irme a la universidad. Yo era otra mujer, me queda claro, y cuando ganó la pereza lo dejé. Hace  cuatro años por casualidad entré a una clase en el gimnasio en el que estoy y me llené de un gusto que hacía mucho no sentía. Me di cuenta que extrañaba mi cuerpo, que no estaba con él a pesar de vivirlo diario. Una experiencia que sólo así puedo nombrar aunque suene raro. Quise más y me hice alumna regular. Mi entusiasmo creció cuando se convirtió en maestra quien fuera alumna mía  en la preparatoria veinte años atrás, una  adolescente que me dio dolores de cabeza  y  que se convirtió  en la mujer hermosa que me lleva por estas rutas; mis amigos recientes más queridos han salido de esos encuentros de posturas comprometedoras y divertidas;  así que del modo más puntual que puedo  voy a clase. Tres horas, de las 168 que tiene la semana, son las únicas donde mi corazón, cabeza y cuerpo están en lo mismo, unidos. Pequeñas revelaciones vienen de esa experiencia.   

  Cuando llegué a India tenía claro que quería hacer  yoga en la tierra donde nació, con un guía que tuviera la tradición en la sangre. Finalmente conseguí una maestra de estilo Sivananda, con anillo en la nariz que canta una oración al empezar y concluir la clase. Se llama Suprerna. Pienso en  Gabriela, mi alumna-amiga-maestra, celebro nuestro encuentro en momentos tan distintos de la vida, bendigo las letras de su nombre.

   Lo que más  me gusta de esta práctica es la metáfora con la vida:  mientras más flexible el cuerpo, más flexible la mente; mientras más fuerza en los brazos más posibilidad de sostener nuestros hallazgos.  Una mañana la maestra dijo: Ríndete a la postura. Entendí algo que no había visto. No se trata de que yo haga yoga sino permitir que el yoga haga en mí: dejarme  habitar por las posturas y la respiración.  Rendirme a ser  canal y  que fluya  través mío lo que tenga que fluir. Me rindo a India y en ella. Me rindo a mí misma en mí misma, me dejo ir en esta clase, en aquella postura, en este viaje.

 

 

miércoles, noviembre 01, 2006

Puente colgante 13

 

Residencia artística

 

Una residencia  artística es una experiencia de lo más  enriquecedora.

   En primer lugar, por el tiempo y espacio dedicados a la creación. Son días  donde todo está resuelto y hay  condiciones para trabajar,  16 horas al día si se quiere.  Algo que sucede pocas veces en la vida de los artistas.

   En segundo lugar, estar expuesto a otra geografía y otra cultura abre la sensibilidad y afecta no sólo el ánimo del creador sino de su obra. Sólo vivir en un espacio colectivo destinado al arte llena la sangre de movimiento.   En sanskriti  el terreno se compró hace 25 años y  poco a poco se ha ido construyendo como un lugar para encuentros culturales, la residencia  empezó con 6 estudios y ahora hay 13, junto con  tres museos  hechos a partir de colecciones particulares.  La belleza del sitio con más de diez mil árboles plantados,  hacen del lugar un ensueño.

   En tercer lugar, la compañía de otros artistas es estimulantísima: conocerlos, saber sus intereses y formas de trabajo,  ver su obra,  escuchar  nuevas referencias en  pintura,  cine,  literatura,  música;  celebrar hallazgos comunes, abrir horizontes. Nos recomendamos libros, lugares, películas, intercambiamos teléfonos, páginas, correos. Compartimos opiniones en este caso sobre India y nuestras apreciaciones, también   nuevas obsesiones (aquí todos andamos con  temor al dengue así que a cada rato nos vemos untándonos repelente,  vestimos manga larga y comentamos esta sensación  de seguridad y belleza que da dormir protegido por pabellones de tela contra mosquitos). Somos colegas, amigos, guías, cómplices y de algún modo la familia que tenemos  acá. La artista finlandesa una noche nos tuvo como postre las fotos que le habían llegado de su casi recién nacido sobrino. Entre todos  pagamos la clase de yoga que sucede tres veces por semana. Celebramos cuando la conexión a Internet es posible y nos instalamos en el comedor  a saciar la adicción al ciber espacio.

    Durante mi estancia en sanskriti he compartido días  con Luke, un poeta australiano; Stella, una novelista panameña; Florence, una pintora francesa; Felipe, un artista visual mexicano que vive en Brasil (qué gusto la coincidencia); Anja, una artista visual finlandesa que vive en Italia; Bárbara, una escritora australiana;  Vicky, una artista visual australiana que vivió en Brasil; Alicia, una escritora estadounidense; Layma una  pintora lituana. La mayoría somos mujeres, la hipótesis de quienes han estado en otras residencias es que las mujeres tenemos más lazos afectivos y actividades domésticas de los que es  difícil separarse para trabajar.  La necesidad de un cuarto propio, para decirlo con palabras de Virginia Wolf.

     Nos reunimos a la hora de los alimentos  con sobremesas de lo más apasionantes, alguna veces salimos a lugares  y pasamos una tarde de cervezas y chisme en esa especie de domingos que hacemos a media semana.  Una noche dijimos  Buenas noches en cinco idiomas, pero ninguno lo dijo en el propio.  Otra tarde estuvimos haciendo cuentas en reales, dólares americanos, dólares australianos, pesos y euros, pero estábamos hablando de rupias.

     Cuando una residencia se da en un lugar  tan vivo como este, en cultura y personalidades, las horas de trabajo pasan a un segundo lugar: se trata de absorber y vivir esta experiencia  lo más que se puede. Por mi parte escribo cuatro o seis horas al día  tres o cuatro veces por semana, lo demás voy a exposiciones, entrevistas, conferencias,  paseo. 

      Espacios como este hay muchos en el mundo,  oportunidades para vivirlos hay muy pocas.  Soy de lo más afortunada  al estar acá.

 

lunes, octubre 30, 2006

Puente colgante 12

 

 

Ellas

 

   Pongo atención en las mujeres. Viajan en moto, sujetas  a sus hombres que calzan casco y chamarra. Ellas van atrás, sentadas de lado, sin más protección que su  sari. Son las trabajadoras en las construcciones, cargan el material sobre sus cabezas, escarban con las manos. Trabajan como empleadas  domésticas en las casas, escucho el sonido de sus tobilleras de plata. Venden fruta en la calle, se sonríen con mi color de piel, les devuelvo la mirada con un gesto de amistad. La belleza de algunas es  impresionante, pobres o ricas, mendigas u oficinistas, sus rostros son una imagen que quita el aliento.   Se pintan las manos con hena el día de su boda y cuando ayunan por sus maridos. Se arreglan con kajal y un bindi  en el entre cejo. Ahora que empieza el otoño y un círculo naranja y dorado, enorme, ocupa el cielo de las mañanas y los  atardeceres , pienso que el sol es el bindi del universo.  Ellas portan  el centro de su universo a media frente. Quizá por eso son tan hermosas. No importa su pobreza o riqueza usan anillos en los dedos de los pies, collares, tobilleras, pulseras,  aretes en las narices y en los oídos. Una mujer india muestra  su tradición,  estética y  valor social por aquello que porta.

  Con quienes hablo se quejan de lo difícil que es ser mujer en esta sociedad, la violencia en la mirada de los hombres, lo poco protegidas y apreciadas, el no poder andar solas en las calles, el riesgo de ser  atacadas  y violadas si lo hacen. Las solteras se cuidan de declarar su estado: una mujer sin hombre vale muy poco o nada. En zonas rurales  todavía las casan de 10 o 12 años. Tienen 11 hijos a los largo de su vida que no es de ellas sino de sus  padres y luego de sus maridos y luego de sus hijos. De cualquier modo en todas las  clases sociales y tradiciones lo más importante en la vida de una mujer   sigue siendo el matrimonio y los hijos, que no el amor ni la relación de pareja, mucho menos el trabajo. Ese matrimonio, está claro, la mayoría de las veces no trae la dicha sino estatus y a veces violencia. Justo en estos días  acaba de entrar en vigor una ley de protección de a las mujeres  donde se dice que los maridos no tienen derecho a gritarles y que  pueden ser castigados por ello. Nada que en México no sepamos.

    Por supuesto que hay otras mujeres, las que abren camino, una ruta constantemente amenazada con volverse a cerrar. No me sorprende  saber que  la primera mujer médico y  la  primera mujer piloto indias  fueron  sikhs,  la única religión de origen hinduista  que sostiene que hombres y mujeres son iguales.

     Las más modernas y de otra clase social visten  jeans y  gafa oscura, estudiaron en Estados Unidos o  Inglaterra, se atreven con camisas sin mangas. Han roto la tradición: no viven con su familia, no están casadas  y comparten apartamento con otras mujeres de su edad, como se hace en otros lados del mundo. Un nuevo referente en esta cultura. Son pioneras,  tienen la valentía y el dolor que eso significa.  Hace 10 años ninguna vestía de modo occidental. No me gusta que imiten otra moda.  Pero cuando reflexiono pienso en mí, uso jeans y gafa oscura,  mi mexicanidad  no está  en la ropa.  Quizá  a los extranjeros les gustaría verme vestida de huipil y cotona como visten algunas amigas. Ser india no está en las guptas y los panjabis. Vestir de modo occidental implica, entre otras cosas, que  de algún modo se han liberado de sus atavismos.  Pueden trabajar y ganar dinero, tener algo de independencia.

        Jaspreet es el nombre de una de mis amigas.  Tiene  45 años y 20 de casada,  su familia arregló su matrimonio,  se casó el día después de conocer a su marido. Tiene dos hijos,  una buena relación con su hombre y trabaja seis días a la semana. Es la excepción  porque sólo el 1% de las mujeres casadas y con hijos lo hacen. Viste su  ropa tradicional en la oficina  y los fines de semana anda de pantalón y blusa.  Las  veinteañeras con quienes trato son de lo más audaces en su contexto,  apenas en esta generación se  acepta  el desarrollo profesional de las mujeres y no por completo. Las admiro como se admira una planta  a medio desierto, florecer a veces cuesta tanto trabajo.  Una de ellas es Nidhi,   tiene 26 años y  cinco meses de casada, lleva los antebrazos repletos  de pulseras rojas como la hacen las recién casadas durante  medio año después de su boda. Después  se pintará la raya roja en el nacimiento del cabello que indica su estado civil.  Su marido y ella se conocieron en la universidad, los padres de ambos aceptaron. Ella fue a vivir a casa de su suegra, como manda la tradición.  A los pocos días  de conocernos me  regaló  un par de aretes de bienvenida. Entré a esta tierra con su  bendición.

      Dicen que las mujeres somos la identidad de un país, lo que enseñamos, lo que vestimos, lo que pensamos, lo que cocinamos.  Somos el mecanismo que origina y sostiene al mundo.  En nuestro modo de ser y el modo  como somos tratadas se expresa la evolución de una sociedad.  Estoy de acuerdo. De la mayoría de las mujeres indias  sólo se escucha su  silencio debajo de  las telas  coloridas que las envuelven.

 

miércoles, octubre 25, 2006

Puente colgante 11

 

 

 

Los animales

 

El respeto por la vida de los animales en India es un ejemplo para todos aquellos preocupados  por la conservación de las especies. Y sin embargo tienen sus muchos bemoles.

   El  noventa por ciento de la fauna está relacionada con la mitología y por tanto hay que relacionarse con ella como lo que es: una manifestación más de lo sagrado. La   reses son sacras porque sus cuernos  recuerdan al bastón que usa shiva y no  sólo no las comen sino no las matan. Cuando las vacas terminan de producir leche, sus dueños, incapaces de seguirlas manteniendo  y de acabar con ellas, las dejan sueltas en la calle. Viven en los camellones, comen basura, y esperan el fin de sus días. El espectáculo de verlas  en los basureros es tan impresionante que una amiga dice que sospecha que las pronto las usarán como arma biológica.  Cuando mueren, eso sí, a todos les interesa su piel para hacer zapatos.

   Afuera de mi cuarto  había un nido de avispas, ni para qué decir del DDT ni nada parecido. En este mundo cabemos todos  y si llegara el momento de decidir entre  ellos o nosotros la cuestión no sería  fácil: más bien que sobreviva el más fuerte. Finalmente convencí a un empleado que prendiera  una fogata cerca de mi habitación  para que ellas solitas se fueran con el humo. Funcionó.  Hace poco hubo una epidemia de dengue.  Un par de años atrás, en estas situaciones extremas,  pasaban camiones y rociaban contra mosquitos pero ya no sucede más  porque sirve poco y porque ¿qué no son ellos también seres con espíritu?

   La cosa se pone pintoresca cuando en el centro de la ciudad  grandes changos se cuelgan de los cables de teléfono y  brincan de terraza en terraza buscando algo que robar. En la calle los perros  ladran  y hasta las ratas se esconden con  la jauría  que anda tras los  changos. Dentro de la ciudad vuelan halcones, parvadas enormes de pericos y en las afueras se ven  pavo reales  a sus anchas.

    El concepto de mascota no  funciona entre los hinduistas porque cómo saber si el perro que vive en tu casa no es un violador que por castigo reencarnó en perro y uno no va a atender amablemente, o al contrario será tu  próximo marido y ni modo de no darle de comer de tu plato. Así las cosas que mejor cada quien se rasque con sus uñas. Pero si un animal llega al lugar donde vives, eso ya es otra cosa.

   En el centro donde vivo hay un perro  que adoptó el sitio como su casa y le dan de comer a diario. Una de las primeras mañanas encontré sangre en el piso y me dijeron que el animal estaba enfermo y viejo, que se iba a morir pronto. Ojalá así hubiera sido. El perro en efecto está viejo pero tiene una herida en la cola que se convirtió en  gangrena y que ya afecta todo el cuerpo. El perro no puede ni caminar  ni echarse, en su cara hay  mucho dolor.

    --¿Qué no pueden ponerle una inyección?

    -- Sí – me dice la coordinadora con  los ojos aguados. Ella quiere al animal  y  sabe que es mejor ponerlo a dormir.

      Pide a uno de los trabajadores que llame al veterinario y él se niega a hacerlo, siente que sería tanto como él mismo matarlo. Así las cosas ninguno quiere llamar al veterinario, ninguno quiere curarlo, sino dejarlo ahí a que se muera literalmente como lo que es. Yo no tengo ningún afecto por el can y si a nadie le importa yo puedo ayudarlo a morir. Todos están de acuerdo.  Sólo tengo que buscar  teléfonos y llamar. La  coordinadora habla con un veterinario amigo. Dice que tendremos que llevarlo ambas,  nada más  imaginarme subir el perro al coche  me hace sufrir.

  --¿Qué no puede venir el chingado doctor?  --digo en español y nada más traduzco lo del doctor.

     Ella hace más llamadas, finalmente encuentra una agrupación  que ayuda a bien morir a los animales. Pueden venir por el perro, pero será hasta dentro de dos días porque estamos a medio festival y la cosa se complica. Recuerdo la primera vez que sucedió en mi vida: una cachorra callejera simpatiquísima resultó ciega: Samantha. Mamá me explicó que los perros no necesitan sufrir, yo pensé que hablaba de ir a la escuela para ciegos, la llevó al veterinario, volvió con los brazos vacíos. Me explicó cómo sucede pero no quiso que yo estuviera ahí. Muchos años después  puse a   dormir a Nedra, mi perra weimaraner.  Sostuve su cabeza en mis piernas,  recé un padrenuestro,  le di gracias por los  13 años que vivió conmigo, le dije que iba a ir al cielo de los perros y que iba a ser muy feliz persiguiendo gatos y la sombra de las mariposas.  La noche anterior a que llegaran los del servicio soñé con Daria, mi perra que dejé en México, que tenían que dormirla y no se atrevían a decírmelo. He pensado poco en ella, no he querido hacerlo. La extraño sabiendo que está enojada conmigo y que me castigará con el látigo de su desprecio cuando vuelva a México. Sueño que le digo a Daria, Vete con bien , tendrás  mejor vida. Despierto. No sé qué decir a este animal. Finalmente lo veo partir.    

 

domingo, octubre 22, 2006

Puente colgante X

 

Diwali

 

Se pronuncia duvali y es el festival  más importante en India no sólo para los hinduistas sino para  sikhs y jainistas.  Son días de asueto nacional: las casas se llenan de luces de vela y eléctricas, el aire con cohetes, las mujeres se pintan las manos con hena, se dan regalos para promover la prosperidad, se reúne la familia.  Si hubiera un equivalente sería tan importante como el día de gracias en Estados Unidos.

  Diwali se conoce también como la fiesta de las luces en la que se celebra la victoria del bien sobre el mal, una historia salida del Ramayana en la que Rama vence al demonio Ravan y regresa a su casa después de 14 años de exilio. Dura 5 días   durante los meses de octubre y noviembre, la fecha varía de acuerdo con el calendario lunar.  El primer día es bueno para las compras; el segundo se abre una nueva era de luz y conocimiento; el tercero es luna nueva y es el mero Diwali, como se observa completa oscuridad en el cielo se iluminan las casas  y  queman fuegos de artificio; el cuarto día es el primero  de un  ciclo nuevo;  y el quinto día se reúne la familia para celebrar  y fomentar los lazos.

    Hay recetas tradicionales, dulces, cánticos, vestimenta, decoraciones, juegos de cartas, poemas, rezos, velas de varios tipos y formas, y todo lo relativo a la fecha.  Ir de compras es un infierno y las calles se ponen tan tranquilas que la ciudad adopta otra cara. Los que pueden hacen un viaje corto y los que no, celebran en sus casas.

     Para los jainistas es el principio del año fiscal, se cierran los libros contables y se llama a la abundancia.  Las tiendes ofrecen grandes descuentos para  promover el comercio.  Los hinduistas también celebran a la diosa Lakshmi y su entrada al universo en forma de energía, shakti, que dota de luz a todo lo creado.  Los sikhs celebran la liberación de un gurú  que estaba en la cárcel y que salió con 52 compañeros de celda tomados de la punta de su camisa.

   Diwali es también la época que marca el cambio el clima, entra el otoño y las noches empiezan a ser frías.  Se dice después de Diwali los chales salen en las noche y así es. Ya se duerme con cobija y los ventiladores no son necesarios a ninguna hora del día.

      Yo celebré los 5 días como si fuera local. Entre los amigos artistas  extranjeros  y los locales tuvimos agenda llena. En la residencia la noche previa cenamos con luz de vela, y al día siguiente empezamos el desayuno con un pastelillo en la boca para endulzarnos la vida. Nos dijeron Feliz Diwali y regalaron dulces,  para no romper la costumbre fuimos a comprar chocolates para los trabajadores del lugar. Nos invitaron a tres fiestas, un  pre duvali que fue  una reunión de amigos, en una casa decorada con luces eléctricas y velas en el piso dentro de mosaicos rebuscados hechos con flores.   Esa noche jugamos Flush, un pókar de tres cartas. El chiste  es apostar para llamar a la diosa de la fortuna y que acompañe todo el año que comienza, no importa si se gana o pierde. Si no se juega a las cartas la tradición dice que la próxima vida se renacerá burro, ese dato todavía no se lo paso a la pintora francesa que no se animó a apostar algunas rupias.

   Otra de las reuniones fue más familiar y sencilla, pero salimos una hora a la calle a quemar cohetes, encender velitas y  disfrutar de la ciudad iluminada  en sus balcones y terrazas. Otra tarde fuimos a casa de un amiguito de 11 años que nos recibió con un collar de flores, nos llevó a su cuarto y enseñó sus cosas, quemamos cohetes sin temor a la contaminación ni al ruido. La familia invitó chai y nueces, su mamá me regaló  zapatos, y luego fuimos a rezar a un  templo  sikh, hermosísimo, al aire libre, que se llama Gobin Sadan. Hice todos los ritos, me lavé antes de entrar al templo, encendí velas, me levanté y agaché como treinta veces y todas puse la frente en el piso, tomé agua bendita, recé el padrenuestro en español y en voz alta,  con la encargada de las oraciones repetí un mantra para que llegue un milagro a  mi vida.

   Así que nada más para presumir informo que a tono con el Diwali he vencido el mal, que en mi caso incluye dengue y ratones en forma literal y metafórica; estoy llena de luces y luz;  la diosa de la abundancia está conmigo; recibí y di regalos, y estoy listísima para empezar un nuevo ciclo llena de bendiciones indias.

 

viernes, octubre 20, 2006

Puente colgante 9

 

Ellos

 

Extrema precauciones, recomiendan todos.  India no es un lugar seguro para  mujeres locales ni extranjeras. Desde coquetos hasta violentos, en todos los tonos imaginables. Cuido no enseñar brazos, piernas, ni debajo de la v del cuello; no me expongo ni en lugares ni horarios. Los observo. Los actores, los modelos, son de una belleza impresionante: morenos, varoniles, de ojos luminosos de tan negros,  labios de ensueño. No hay bocas más perfectas, qué bruto. Los que conozco son más bien normales, dueños de sus genes, aromas  y acentos, perfectamente indios, amables, sonrientes, coquetos y distantes al mismo tiempo.  Los de  la calle son otra cosa,  la mayoría de bigote, ceja tupida, los muy amigos andan tomados de la mano,   delgadísimos,  usan arete en la nariz y en la oreja,  los mayores echan barriga dura y redonda, como de embarazo,   se pintan las canas con hena  en una estética que nada más no comprendo.  Hay apuestos y muy feos, como  en todas las razas. Si a los guapos se les añade el trapo en la cabeza,  la chancla de plástico, la Kurta  gris de tan sucia, el tinte rojo en los labios por el tabaco que mastican, la belleza masculina se convierte en una cuestión  más bien  abstracta.  Se les ve sentados en la espera de los camiones, acostados en una banca, platicando en los porches, pedaleándole duro al rikshó. Les encanta el cricket y el baile.

       Fui a comprar chales, el dueño era un hombre muy guapo, de Cachemira. Cuando me preguntó si estaba casada  me vi  inventando el cuento chino a lo indio de que mi marido trabajaba en  HSBC y mis hijos entran a la universidad este año.  ¿De verdad protegen las mentiras?   Otra vez la misma pregunta con un taxista. Le dije que estaba casada pero no tenía bebés porque no podía.  Para qué explicarle más detalles.  Hizo cara de Dios nos valga y casi detiene el coche de un enfrenón. En ese mismo momento me explicó del gurú al que  reza, que gente va  de todos lados del mundo porque es mi-la-gro-sí-sí-mo, (eso entendí que dijo en hindi), que si le permitía en ese momento me llevaba a rezarle y que estaba seguro de que en menos de un año yo tendría un bebé en mis manos. No adentro sino afuera. Esas fueron sus palabras.   Al siguiente hombre que me preguntó  generales  opté por decir  la verdad. Malo. El ojito se le puso como de perro de peluche que venden en los semáforos y me invita a todos lados. Las fantasías de los locales con las extranjeras  es mayúscula, con la represión sexual de esta sociedad.  ellos piensan que les tocará una sesión de sexo intensivo como nunca en su vida.   Una amiga nueva  me ofreció la solución. Eres viuda, y eso es de mal agüero  porque quiere decir que eres una es mata maridos. Y pues sí, santo remedio. Funciona como repelente.

   En una reunión conocí a un hombre encantador, guapo, culto, simpático, de mis años.  Pertenece a la realeza, me chupé los labios; es viudo, me enchiné la pestaña; se rumora que fue él quien mató a su mujer aunque nunca pudieron probarle nada. Me dirigí a otro lado.

     Esta es una sociedad patriarcal en donde se adora a las diosas en los templos y a las mujeres de la casa se las trata con los pies, por decir lo menos. Las historias de violencia de género son tan espantosas como en mi país. Qué demonio los habita, me pregunto, cuando los miro tan tranquilos y sonrientes. Hay de todo, me consuelo. He conocido a hombres de primera, el dueño de la fundación en la que estoy, por ejemplo, es un tipo extraordinario pero no es un hombre común.  De cualquier manera no quiero saber mucho más de ellos, me protejo con ropa y mentiras de su cercanía, sólo los observo.